Crítica: The Seen and Unseen (2017), de Kamila Andini

Lo visto y lo oculto / The Seen and Unseen (Indonesia / Holanda / Australia / Qatar – 2017)
TIFF Toronto 2017: Platform – Premiere mundial
Berlinale 2018: Generation Kplus
20 BAFICI: Competencia Vanguardia y Género

Dirección y Guion: Kamila Andini / Fotografía: Anggi Frisca / Edición: Dinda Amanda / Dirección de Arte: Vida Sylvia / Sonido y música: Yasuhiro Morinaga / Producción: Gita Fara, Ifa Isfansyah, Kamila Andini / Intérpretes: Ni Kadek, Thaly Titi Kasih, Ida Bagus, Putu Radithya Mahijasena, Ayu Laksmi, I Ketut Rina / Duración: 86 minutos.

La cultura asiática tiene claramente un mundo estético – narrativo singular, con un relato simbólico propio y una interpretación diferente de ciertos temas universales. Así lo podemos apreciar en este filme de la joven directora indonesia Kamila Andini que aborda un gran paradigma de la vida: la muerte.

El relato se ubica en el marco una familia de clase humilde, trabajadora de los campos de arroz, que tiene dos hijos mellizos: una niña y un niño. Un día tan imprevisto, como el azar se impone sobre nuestras vidas, el pequeño enferma gravemente y el relato gira radicalmente en torno a este hecho trágico. Internado en un hospital, vive junto a su familia, el padecimiento de un tumor cerebral que lo ha dejado casi inerte. Su hermana, a partir de este momento, comienza a construir en su mundo interior otra realidad, la de los sueños donde suceden cosas solo hechas de la materia de lo imposible.

Apegada al vínculo con su mellizo, la pequeña fábrica en su insomnio encuentros con su hermano donde él juego, las canciones, los momentos cotidianos y las conversaciones infantiles llenan ese vacío que va dejando la separación que precede a la muerte.

La progresión de la historia se desarrolla sobre los retazos de realidad familiar apagada por la desgracia, sumida en silencio y los llantos a escondidas. Desde allí se desprenden, como hilos que tejen otro universo, los sueños de la niña que comienzan a complejizar cada vez más en su dimensión simbólica.

Las primeras irrupciones oníricas mantienen cierta estética realista, recreando los encuentros con su hermano en situaciones imitativamente reales. Pero con la evolución del dolor y de la ausencia otros elementos entran en acción en la puesta en escena de estas fantasías.

Las escenas oníricas se hacen plásticamente más bellas y lo irreal cobra una dimensión de tanta relevancia que esos momentos serán la fuerza central del filme.

Hay algunas escenas que nos quedan impregnadas en la retina por su fuerte carga simbólica y su cuidada estética en la imagen, la luz, el encuadre, la puesta en escena. La luna y los pájaros serán dos símbolos reiterativos en el mundo de lo “invisible” que construye la niña.

En una de estas escenas vinculadas a los sueños, la pequeña está vestida como lo hacen en su país las novias (flores en el cabello y una tela blanca que envuelve su cuerpo), a la que vemos subida a un enorme pedestal en la noche profunda rindiéndole culto a la luna. Otra, en este caso con un corte más teatral es la de los hermanos disfrazados de pájaros jugando una suerte de riña que se la ve coreografiada como una danza.

En otros pasajes que tienen un tinte más pesadillezco se suman varias figuras infantiles que no hablan, ni interactúan, no parecen reales por su accionar. Ruedan, aletean como aves, rodean al enfermo y danzan junto a su hermana, nos remiten a imaginarlos como dulces ángeles de la muerte.

El filme tiene estos atractivos destellos construidos según la poética de los sueños y es tal vez lo más disfrutable de todo el relato.

Los pasajes planteados en la llamada realidad pecan de falencias actorales, o de una falta de riqueza en el desarrollo dramático en torno a la familia y la muerte. El relato centrado en el punto de vista de la niña no es suficiente sostén para profundizar en un tema tan complejo a través de toda la trama.

Por Victoria Leven
@VictoriaLeven

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