Crítica: Present Perfect (2019), de Zhu Shengze

Present Perfect / Wan mei xian zai shi (Estados Unidos / Hong Kong – 2019)
IFFR Rotterdam 2019: Premio Tiger a la mejor película de la Competencia Oficial

Dirección y Montaje: Zhu Shengze / Producción: Zhengfan Yang, Wang Yang / Duración: 124 minutos.

Un monstruo grande que pisa fuerte es el escenario elegido para Present Perfect, el documental de Shengze Zhu, ganador del premio mayor en el último Festival de Cine de Rotterdam. Más de 422 millones de chinos compartieron películas transmitidas regularmente en 2017, una forma de espectáculo masiva en la que identidades anónimas se vuelven populares a partir de exhibirse ante una cámara en sus entornos privados, laborales o simplemente cotidianos. En realidad, ya no hay fronteras capaces de delimitar un ámbito de otro para una generación atravesada por la tecnología, capaz de mostrar en vivo cualquier cosa. El presente perfecto del título es el tiempo verbal en el idioma inglés que narra hechos que ya han ocurrido en un momento específico o en el pasado pero que siguen teniendo una relevancia en el presente. Se sabe que este tipo de prácticas han vuelto a ser restringidas por el gobierno chino, sin embargo, el poder del documento se intensifica y se hace eterno, producto del notable trabajo de montaje de la realizadora (más de 800 horas recopiladas) que vuelve a confirmar la posibilidad de concebir al cine como arte del presente ¿Cine? ¿Arte? Una de las cosas que parece dejar en claro una película como ésta es la expansión desenfrenada de las imágenes en nuestra cultura, sobre todo las que involucran registros personales cuyo valor (y hasta puesta en escena) no están pensadas de un modo artístico, ni demandan un espectador que pueda interpretar demasiado más allá de lo que ve. Allí está entonces el cineasta que organiza esos archivos y les confiere una lógica narrativa y un contenido político. Desde esta perspectiva, cada una de las historias da cuenta de un sistema colectivo donde la alienación, la explotación laboral, el control y la soledad quedan en evidencia. El estatuto mismo de nuestra mirada como espectadores de cine queda en suspenso. Una bailarina callejera con un pésimo sentido del ritmo, una niña paralítica, una travesti de mediana edad, un conductor de grúa aburrido, comparten una misma forma de contacto, la transmisión en vivo mientras miles de usuarios les responden en unas pequeñas ventanas en las que también pueden donar dinero ¿Teatro de la desaparición, circo exhibicionista? ¿Democracia artística o anulación deliberada del arte? ¿Libertad de expresión o dependencia tirana de tecnologías promovidas por un capitalismo feroz? Todos los interrogantes son pertinentes, y lo bueno es que no son explícitos en el documental. En todo caso, más allá del principio de lo que se muestra, el monstruo siempre está fuera de campo, ese poder invisible que promueve la necesidad del espectáculo como única manera posible de subsistencia ¿Cómo evaluar sino la imagen de una joven empleada en una fábrica que produce a un ritmo desenfrenado con sus manos mientras chatea con sus seguidores? La pantalla simula restituir una identidad extraviada en un mundo de ruidos industriales, pensamientos automatizados y rutinas inalterables. O por lo menos crea una ilusión. En el pasado ir al cine significaba un refugio en los géneros; hoy filmarse despierta a la estrella que siempre quisimos ser. De modo tal que, en este desfile de cuerpos virtuales, no hace falta leer a Nietzsche para enterarse de la muerte de Dios, solo hace falta escuchar a un usuario con el rostro quemado expresar una idea similar por unas monedas. La perplejidad está a la vuelta de la esquina. Los freaks de Tod Browning no son ya atracciones de feria para burgueses; hoy se muestran en la calle y se filman para alimentar la perversidad de sus seguidores. Una burla ha mutado en otra con fachada de democracia.

El montaje como operatoria se basa en la habilidad para seleccionar todo el material y es un mérito significativo de la directora. El discurso no se construye con movimientos de cámara, sino con la misma elección de los materiales y su posterior organización. Lo que se ve es lo que hay, el sueño de la continuidad realista que soñara Bazin, lavada y pasada por la plancha creadora de imágenes electrónicas. Y el tiempo, que vuelve a ser un dilema. Por un lado, el tiempo del acto de enunciación (presente perfecto), un residuo de lo que fue y que parece eterno; por otro, el del tiempo mismo de la película, cuyo procedimiento podría ser acortado o estirado hasta el hartazgo, uno de los dilemas del cine de nuestro tiempo: cómo resistir el corte justo.

Más allá de los reparos anteriores, hay una inquietud que permite pensar en la supuesta falta de carácter político de esta clase de documentales porque, si bien la transmisión en vivo simula ser completamente apolítica, las vidas que se presentan dicen mucho sobre la sociedad china y el gobierno, tal vez más que varios panfletos que andan dando vuelta como papeletas movidas por el viento del progresismo.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail