Crítica: Azougue Nazaré (2018), de Tiago Melo

Azougue Nazaré (Brasil – 2018)
IFFR Rotterdam 2018 – Bright Future (Premiere Mundial) – Premio de la sección Bright Future
BAFICI 20 – Competencia Internacional (Premiere Latinoamericana) – Premio al Mejor director

Dirección: Tiago Melo / Guion: Tiago Melo, Jeronimo Lemos / Dirección de fotografía: Gustavo Pessoa / Sonido: Gustavo S. Rocha / Edición: André Sampaio / Dirección de arte: Ananias de Caldas / Música: Tomaz Alves Souza, Mestre Anderson / Producción: Leonardo Sette, Vanessa Barbosa / Interpretes: Valmir do Côco, Joana Gatis, Mestre Barachinha, Mohana Uchôa / Duración: 80 minutos.

Alguna vez, más específicamente en el año 2000, Sergio Bianchi -uno de los cineastas brasileños más revulsivos e interesantes de este país- escandalizó a las buenas conciencias y a los estómagos sensibles con una película cuyo título debería figurar en una antología de los mejores. Crónicamente inviable es un ensayo demoledor sobre el carácter problemático de un país gigante donde confluyen tantas aristas que parece, en principio, una empresa imposible dar cuenta de ello. Bianchi ofrece polémicamente sus argumentos a través de imágenes y situaciones cuya provocación no está exenta de saludable radicalidad. Azougue Nazaré puede verse en consonancia con lo anterior. No solo es un objeto extraño, incómodo, sino que apunta a materializar ese carácter heterogéneo, carnavalesco, en el que conviven y se tensionan aspectos culturales y religiosos cotidianamente en regiones que nada tienen que ver con la tarjeta postal. En este caso, en un pequeño pueblo de Recife en el estado brasileño de Pernambuco, donde los rituales afro-brasileños del maracatu, un espectáculo de danza y música con raíces en la esclavitud, confrontan con la religión evangélica.

Los planos que conforman la secuencia inicial introducen signos capaces de penetrar en el espacio recortado, desde brebajes preparados hasta duelos de samba entre jóvenes. Desde el comienzo se manifiesta una voluntad por dejar en claro que aquí la cosa no va por los carriles de una historia convencional sino por retazos que apuntan a configurar un ámbito particular, un núcleo desde donde sea posible pensar el funcionamiento colectivo a partir de una comunidad. En este camino que va desde lo individual a lo general, hay un hogar en el cual las dos fuerzas discursivas principales entran en colisión. La pareja está formada por Tiao y Darlene, uno abocado a los ancestros y la otra al dogma. En el medio, el pastor de la iglesia que quiere exorcizar la casa. Por momentos, Melo adopta un registro observacional cuando documenta los comportamientos rituales de los dos bandos y en otros tramos, que se incrustan lateralmente, busca la potencia expresiva de un misterioso acecho con ribetes sobrenaturales que atormenta a los lugareños (figuras del imaginario lyncheano que no necesariamente funcionan siempre).

Los personajes se cruzan entre ellos clandestinamente y esos encuentros transgreden el mandato familiar, un orden de apariencias donde la fidelidad es un elemento a demoler, ya sea en las relaciones amorosas como paterno/filiales. Por ello hay un estado de sensación previa al estallido que el director sostiene bien en un estiramiento continuo. Dentro de este esquema de máscaras, el travestismo de Tiao, devenido en Catita Daiana en medio de los festejos paganos, se constituye como uno de los segmentos más interesantes. La cámara en mano, los planos cerrados y los movimientos perpetuos, otorgan color, movimiento y caos en sintonía con la naturaleza del ritual, una especie de perpetua posesión. El carácter no profesional de los actores contribuye a darle fuerza a la cuestión. Y la decisión de focalizar más la atención en ese alter ego desquiciado de Tiao no es arbitraria: el revolcarse en la tierra y jugar como un niño en medio de la danza se opone a los anquilosados y manipuladores mandatos del pastor. Teniendo en cuenta el peso que en Brasil tiene esta religión no es un dato menor.

El avance discontinuo de la película niega su propio centro. Se trata de una ida y vuelta por diversos cuadros de una galería laberíntica, que aguarda un saber progresivamente irracional donde nada tiene por qué resolverse y, en todo caso, lo que prevalece es la necesidad de preservar a toda costa las creencias más allá de las confrontaciones. Si es imposible dar cuenta de una identidad cuyo signo es la hibridez, tampoco puede haber una historia orgánica, convencional. Frente a ello, las subtramas que aparecen, encuentran el destino de cabos sueltos. Aún con el riesgo de que el encanto formal se imponga por sobre la humanidad de los personajes, Azougue Nazaré posee una energía estimulante.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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