Locarno: Sophia Antipolis (2018), de Virgil Vernier

Sophia Antipolis (Francia – 2018)
Locarno 2018: Concorso Cineasti del presente

Dirección: Virgil Vernier / Producción: Jean-Christophe Reymond / Fotografía: Simon Roca, Tom Harari / Música: James Ferarro / Sonido: Jean Collot, Olivier Vieillefond, Simon Apostolou / Montaje: Charlotte Cherici / Intérpretes: Dewi Kunetz, Sandra Poitoux, Hugues Njiba-Mukuna, Bruck, Lilith Grasmug / Duración: 98 minutos.

La película de Virgil Venier lleva el nombre de un lugar, Sophia Antipolis, un polo tecnológico ubicado en el territorio de los Alpes Marítimos, un espacio enrarecido por la aparente calma. Parece tener en claro el director francés ese lema lyncheano que tanto queremos: apenas se levanta una piedra y asoman todos los bichos en un microcosmos social que simula estar alejado del resto del planeta. Pero claro, Lynch es Lynch y Vernier está más cerca de Haneke.

Desde el principio, el estatismo y el cruce de registros entre documental y ficción (si es que tal cosa existe aún) nos internan progresivamente en un muestrario de conductas vinculadas a diversos ámbitos. Un cirujano plástico evalúa cómo y de qué manera opera a las jóvenes dispuestas a hacerse implantes de pechos. Un fundido en negro (que omite mostrar el proceso quirúrgico) nos lleva a la historia de una mujer vietnamita viuda con su nieto que se involucra luego en propagar un curso de hipnosis nacido en el seno de un gurú yuppie. Las dos situaciones sugieren una oposición cuerpo/espíritu, pero en realidad comparten una misma naturaleza: son dos formas de comercio. Más adelante, ingresaremos en el mundo de la seguridad privada creada sospechosamente por una comunidad de vecinos, con otros protagonistas. La telaraña que construye Venier comienza lentamente a develar sutiles mecanismos de conexión a partir de un hecho que une a todos los personajes, una desaparición.

Ahora bien, más que una invitación a jugar a las asociaciones se trata de una pose. Lejos de privilegiar la cuestión narrativa, el énfasis está puesto en la cadente exploración de un universo donde el entramado siniestro del tejido social francés aflora de modo paulatino. El joven director forma parte de la prestigiosa galería de realizadores cuya mirada se encarga de ofrecer un mundo en descomposición. Lo suyo es la dispersión y los fragmentos que se suceden intentan romper cualquier sentido de organicidad del lenguaje cinematográfico en sí mismo. De allí su carácter de objeto extraño, capaz de transitar por un consultorio y viajar por el mediterráneo antojadizamente. Y esta sopa de conductas se vuelve cada vez más espesa en la sugerencia de conflictos raciales y sociales, con una combinación de sordidez y lirismo que por momentos funciona, pero que deja entrever su principal pecado: siempre el mensaje corre por delante de las imágenes.  Tiene momentos admirables cuando muestra sin mostrar y otros bastante feos cuando asoma la recurrente metáfora de la civilización enferma del primer mundo. Entre los primeros se encuentra una bellísima escena aislada en el tiempo en la que dos mujeres miran las estrellas, en medio de una comunión que nunca se explicita; entre los segundos, un entrenamiento facho que invita al juego alegórico sin necesidad, ya propuesto en el contenido semántico del título.

Más allá de estos reparos, no deja de ser una película inquietante a pesar de su arrogancia.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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