Locarno: Dead Horse Nebula (2018), de Tarık Aktaş

Dead Horse Nebula (Turquía – 2018)
Locarno 2018: Concorso Cineasti del presente – Premio al mejor director emergente

Dirección y Guion: Tarık Aktaş / Producción: Güneş Şekeroğlu / Fotografía: Necmettin Akdeniz / Montaje: Osman Bayraktaroğlu / Intérpretes: Barış Bilgi, Ali Beyazit, Ömer Bora, Serkan Aydın, Dilara Topuklular, Hasan Türker, Mümin Süren / Duración: 73 minutos.

NIÑEZ EXTRAVIADA

¿El mal que aqueja al cine contemporáneo es la dispersión? ¿O en lugar de un mal (que suena a impericia narrativa) podría pensarse en un síntoma? Los festivales son un refugio ineludible pero al mismo tiempo la constatación de una evidencia: hay muchas películas iguales, con momentos que confirman el talento de los realizadores, aunque signadas por la repetición de una mecánica tendiente a la arbitrariedad de su estructura, como si las partes estuvieran concebidas a partir de retazos.

Dead Horse Nebula del director turco Tank Aktas es un buen ejemplo de lo anterior sin que ello desmerezca su propuesta. El tramo inicial nos presenta la mejor secuencia. Dos hombres en una camioneta con un niño detrás atraviesan un camino y deben parar en medio de un paraje solitario. El pequeño descubre un caballo muerto. Intrigado, lo penetra con una rama y la carne agusanada se desprende ante su perplejo rostro. El plano detalle de esa masa putrefacta aparenta meternos en el debate de si es posible unir lo poético a “lo feo”, y a juzgar por la imagen, nada hay que objetar a esa idea.

Como si se tratara de una versión despojada de aquel filme de Alfred Hitchcock, Pero…¿quién mató a Harry? (1955), también aquí un chico se topa con un cuerpo en un día soleado y los personajes no saben bien qué hacer con el cadáver. Sin embargo, a diferencia del maestro, aquí no se abren opciones narrativas sino psicológicas, dado que esta escena será determinante para la identidad del protagonista. La armonía de ese ambiente idílico es entorpecida por la exacerbación del sonido de las moscas que pululan alrededor del animal, mientras llega cada vez más gente para ver cómo lo sacan de allí. Finalmente, queman al caballo durante la noche. Mientras los hombres resuelven fácticamente, la cámara se posiciona desde el punto de vista del niño cuya mirada se eleva hacia un cielo estrellado (donde lógicamente asociamos la nube estelar del título). No habla ni sabemos qué piensa, sin embargo podemos inferir algún misterio no develado. La secuencia finaliza con los créditos iniciales y contiene una clase de belleza que se resiste a ser descubierta fácilmente.

La elipsis, una herramienta que el director utiliza por sobremanera, nos lleva al mismo personaje crecido y a punto de sacrificar a una cabra, hecho que concluye con un accidente en su pierna y una internación. Algo de lo que ocurrió a sus siete años transformó su ser. A partir de aquí la historia se arma con retazos, con pequeñas unidades cuya continuidad parece antojadiza, a no ser por un hilo semántico conductor vinculado con la inminente llegada de la muerte, del contacto con ella a través de otros cuerpos y otras situaciones que se añaden,  y que despiertan aquella traumática escena fundacional. El ritmo es moroso, aletargado, como si hubiera un padecimiento en tanto y en cuanto no se sabe cómo cerrar el asunto. Ciertos planos logrados visualmente quieren compensar la dispersión narrativa. Y la escena final, más allá de su efectismo y de su ambigüedad, no logra salvar esta instancia de indecisión en la que está sumido el relato.

Si se prescinde de los problemas narrativos, Dead Horse Nebula puede ofrecernos momentos nada desdeñables visualmente.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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