Entrevista a Marcelo Goyeneche: “Nos propusimos realizar un juego de capas narrativas”

LA PREGUNTA ETERNA

La euforia previa a la filmación se acrecienta mientras se terminan de disponer las esculturas que aparecerán en cámara, se revisa la posición de Antonio Pujía en cuadro y se verifican las luces, el sonido y las perspectivas de todos los dispositivos. Entonces, Marcelo Goyeneche cierra la claqueta, todo el taller queda en silencio y se escucha un ¡acción! de Bernardo Arias. La escena le rinde un doble homenaje al cineasta: por un lado, a sus inicios como pizarrero y asistente de dirección en grandes estudios y luego como director; por otro, a la forma de trabajo durante esa época, una mezcla de vorágine y mecanismo aceitado de relojería centrado en el proceso. Esa lógica se actualiza con el despliegue del taller del artista y de la casa de Arias convertidos en micro-espacios para compartir charlas, sueños, ideas y valores personales.

Al mismo tiempo, Por amor al arte se construye como una suerte de lenguaje a través de la coexistencia de las miradas de los directores basadas en dos formaciones diferentes sobre el cine y los intereses estéticos con la intención de plasmar los diferentes puntos de vista sobre el arte, las sensaciones, el trabajo colectivo, el homenaje, la transmisión desinteresada de conocimientos, la reciprocidad, la vida cotidiana, el juego, el compartir y la puesta en escena. Porque, a final de cuentas, la pregunta se mantiene intacta y las respuestas se vuelven infinitas.

¿El título lo eligieron en conjunto o fue idea de Bernardo Arias?
Lo escogió él. No se imaginaba otro nombre para el filme, aunque fuese una frase hecha y se prestara a malinterpretaciones o se utilizara para desconocer derechos y condiciones laborales.

Lo conociste a través de su esposa, a quien entrevistaste para Las enfermeras de Evita, y el rodaje duró alrededor de tres años y medio. ¿Cuánto tiempo pasó hasta que comenzaron el proyecto?
A los pocos meses de habernos conocido empezaron los preparativos y en menos de un año ya estábamos grabando. Una vez que nos pusimos de acuerdo con que el registro tendría las dos miradas, todo fue muy fluido. Al principio no le gustaba mucho la idea de estar en cámara pero lo fue aceptando, pesaba más poder concretar su obra que los riesgos que suponía ser protagonista de mi película.

En Por amor al arte conviven dos puntos de vista y dos formatos. Uno más clásico ligado a las preguntas ¿qué es arte? y ¿quién lo legitima? y otro más contemporáneo que se centra en el proceso de preproducción y la cotidianidad del cineasta. ¿Cómo lograste articular ambas perspectivas?
Siempre creí que la película tenía su máximo potencial en el cruce de ambas miradas. Nos propusimos realizar un juego de capas narrativas para que esos registros bien diferenciados del comienzo vayan perdiéndose a medida que avanza el metraje y se fusionen en un todo. También buscamos reflexionar sobre la puesta en escena entre ficción y no ficción ya que algunos pasajes a través del montaje utilizan fragmentos de los dos registros para conformar una sola secuencia.

Los conceptos de amor y arte se resignifican de forma permanente. ¿Fueron planificadas o surgieron durante el rodaje?
Te diría que casi nada fue planificado, sólo la entrevista a Antonio como comienzo de la película de Bernardo. El resto fue surgiendo de manera natural.

Se plantea la conexión entre el cine como una gran familia y en tanto labor donde se ficha ¿Cómo surgió ese lazo?
Creo que la idea de gran familia tiene que ver un poco con la idealización de los recuerdos, la memoria siempre nos juega esa pasada. Por otro lado, la industria del cine producía sin parar durante esa época, los técnicos debían trabajar y existía una continuidad semejante al trabajo de oficina, donde se cumplía horario de lunes a viernes. Esto habla de la magnitud de trabajo y desmitifica a quienes no lo consideran como tal.

Una de las escenas más emotivas es la charla en el taller entre Bernardo, Antonio y los estudiantes de arte porque capta un lazo puro entre maestros y alumnos.
Es un pasaje hermoso, el cruce de distintas generaciones que se nutren de saberes e ideas. Ellos estaban convencidos de que en el encuentro con los jóvenes también incorporaban conocimiento. Hay algo enigmático en la curiosidad del artista, es quizás el ser más alejado de la muerte porque el arte siempre es vida.

La película empieza con Bernardo dibujando en una hoja negra. Más allá de su amor por los crayones holandeses, ¿se lo puede pensar como una alusión a la idea de maestro?
Es una interpretación posible aunque para mí fue un momento único, por eso decidí comenzar y terminar con esa escena. Bernardo nunca dibujaba enfrente mío y menos delante de la cámara pero cuando llegué a su casa ese día lo estaba haciendo y no dijo nada, simplemente siguió. Creo que en ese momento se había dado cuenta de que era protagonista del filme y no tenía sentido seguir negándolo.

¿Las obras que se muestran en las puertas de los armarios fueron realizadas por él?
Sí, son dibujos de los cuales mucho no quería hablar. Quizás porque no era necesario explicarlos o comentarlos. Para él, el arte era fundamentalmente eso, disfrutarlos, conmoverse y dejarse llevar sin preguntarse nada más.

Me pareció muy interesante que incorporaras en la película la pregunta sobre el público. ¿Qué efecto considerás que produce en los espectadores?
Era la forma de involucrarlos, en definitiva a todos nos pasa lo mismo cuando nos preguntamos qué es el arte. Es un disparador de sentimientos y reflexiones que muchas veces no tienen respuesta y, quizás, en esa falta está su razón de ser.

Bernardo no pudo ver el filme terminado pero ¿qué te dijeron Antonio, Félix y Lucy?
Una de las cosas más lindas que me dejó Por amor al arte fue poder verla con ellos. Les gustó mucho en general, Antonio estaba muy emocionado cuando la vimos juntos en una función especial que hicimos en la Muestra DOCA el año pasado. De Lucy también recibí varias críticas. Ella es muy sincera, lo que no le gustaba te lo decía sin vueltas.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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