Crítica: Madres jóvenes (2025), de Jean-Pierre y Luc Dardenne

Madres jóvenes / Jeunes Mères (Bélgica / Francia – 2025)
Cannes 2025
: Mejor Guion y Premio del jurado ecuménico
Shangai 2025
Varsovia 2025
Sao Paulo 2025

Dirección y Guion: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne / Producción: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne, Denis Freyd, Delphine Tomson / Fotografía: Benoît Dervaux / Montaje: Marie-Hélène Dozo / Diseño de producción: Igor Gabriel / Intérpretes: Babette Verbeek, Elsa Houben, Janaina Halloy, Lucie Laruelle, Samia Hilmi, Jef Jacobs, Günter Duret, India Hair / Duración: 105 minutos.

Mientras ciertas películas gozan de prolongados aplausos en diversos festivales que continúan legitimando despiadadas formas de misantropía, hay otras que pasan desapercibidas o son desatendidas debido a la urgencia crítica por hablar de aquello que más ruido hace. Con el cuestionable argumento del fantasma de la repetición, los hermanos Dardenne han caído en la misma trampa que les ha tendido a tantos cineastas, acusándolos de utilizar fórmulas gastadas. Parece que la utilización de un método y la eficacia que produce -sin descuidar la emoción- ya no son materia de análisis en estos tiempos de exhibición de atrocidades. Claro está: pese al dolor y la crudeza de tantas situaciones representadas por los hermanos belgas, nunca saciarán el gusto de quienes se deleitan con cabezas reventadas en primer plano o niños cayendo de precipicios.

La primera media hora de Madres jóvenes (2025) confirma el perfecto timing para el drama, un movimiento coreográfico/narrativo que desarrolla cuatro momentos de cuatro chicas menores de dieciocho años. Todas ellas lidian con adversidades sociales y familiares, y deben tomar una decisión con respecto a las criaturas recién nacidas o que están por nacer. Se trata de duros compases de realismo a través de los cuales la necesidad de afecto y la búsqueda de un lugar en el mundo son las constantes, aunque cada historia y cada personaje posean sus propios matices. Mientras sobreviven a la precariedad económica y material, mientras chocan contra la indiferencia y la enfermedad de los adultos, encuentran apoyo en una institución estatal que les ofrece un hogar provisorio. Allí, un grupo de trabajadoras las ayudan a cuidar a sus bebés y las acompañan en la decisión que deban tomar: si desean quedárselos o cederlos en adopción. Todo es narrado con un ritmo perfecto. Como suele ocurrir en la mayor parte de la filmografía de los hermanos, fuera de campo está el trabajo documental de base, la investigación del caso y el ensayo con las actrices. Que no se note es parte de la magia.

La película contiene en su trama una serie de momentos de alto impacto emocional, pero compensa con aquellos que muestran la dinámica colectiva en el lugar, habitada por pequeños gestos de solidaridad y comprensión, despojados de moralina y de mensajes reparadores. Los personajes están muy solos, no forman parte de un mundo que se rige por las ilusiones del éxito individual y financiero a corto plazo. De allí esos momentos de deshumanización retratados sin concesiones en películas como Rosetta (1999) y El niño (2006), cuyos protagonistas toman decisiones en un marco de desclasamiento, al límite de lo que un ser humano puede aguantar. De igual modo, las jóvenes de esta historia tienen que crecer de golpe, armarse de una coraza que les permita sobrellevar cada itinerario de vida circunstancial y resolver sus propios dilemas antes de decidir qué hacer con sus criaturas. Jessica ha sido abandonada y persigue a su madre para entender qué ha pasado; Angéle no cuenta con su novio, más preocupado por evitar la cárcel y la responsabilidad de ser padre; Julie sí cuenta con su pareja, quien la apoya incondicionalmente para que no recaiga en sus adicciones; Ariane tiene en claro que la adopción es la mejor forma de darle a su hija un futuro, aunque deba enfrentar a una madre impulsiva y con problemas psiquiátricos. La cámara escruta las experiencias cotidianas de sus protagonistas, sosteniendo el arte de la concisión y el magistral manejo de las elipsis. Tal precisión ahuyenta los fantasmas del melodrama barato en todas sus formas.

La honestidad y la sabiduría de los Dardenne se fundan en una mirada que no se restringe a ninguna militancia partidaria ni a un sesgo político declamatorio. Por el contrario, la verdadera resistencia -en el estado actual del mundo- radica en la ayuda de los pares, de los seres anónimos que trabajan incansablemente para cambiarle la vida a los demás. Basta una persona que se fije en otra para que algo comience. Y eso excede a cualquier gobierno. Da la impresión de que este énfasis en cierto sesgo humanista es también una demanda: para que vuelvan a haber cambios impulsados por movimientos colectivos, primero debe existir una revolución moral en los pequeños espacios. Madres jóvenes es un eslabón en la cadena de futuras posibilidades.

8.5 puntos

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant / @el_curso_del_cine

Estrenada en CINEPOLIS ARGENTINA

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