Nuestra Tierra (Argentina / EEUU / México / Francia / Holanda / Dinamarca – 2026)
BFI Londres 2025: Mejor película
San Sebastián 2025: Horizontes Latinos
Venecia 2025
TIFF Toronto 2025
Dirección: Lucrecia Martel / Guion: Lucrecia Martel, María Alché / Producción: Joslyn Barnes, Julio Chavezmontes, Benjamín Domenech, Santiago Gallelli, Javier Leoz, Matias Roveda / Fotografía: Ernesto de Carvalho, Federico Lastra / Montaje: Jerónimo Pérez Rioja, Miguel Schverdfinger / Interviene: Comunidad Chuschagasta / Duración: 124 minutos.
Si tomamos como punto de partida el título de la última película de Lucrecia Martel, Nuestra tierra, existen ya algunas claves de lectura que pronto se confirman a medida que avanzan las imágenes del documental. El primer gesto es de orden estético y excede al caso social y político por develar. Salir del planeta y proponer un registro que bien podría pertenecer a cámaras satelitales parece un recurso meramente expositivo; sin embargo, se trata de la composición de un punto de vista que comienza un recorrido desde lo general y que pronto desciende a un marco específico. Hasta que entendemos esto pasan apenas unos minutos, pero la dialéctica entre lo abstracto y lo concreto está planteada: por más testimonio que haya, su carga será más significativa si se la asocia a un tratamiento diletante, misterioso y poético. En este sentido, el tan mentado uso de drones se despega de la usual mirada relacionada con la vigilancia y absorbe la fisonomía de un pájaro que recorre el mundo descripto, capaz de planear sobre la tierra inconmensurable. El efecto es inquietante.
A continuación, el trabajo de montaje nos introduce en el teatro judicial. Allí hay un caso de resonancia mediática y social para la comunidad y para el país. El líder indígena y activista Javier Chocobar ha sido asesinado por tres policías tucumanos retirados, quienes obedecían a los terratenientes de la zona. El hecho ha quedado registrado a través de un celular y de fotos que los propios integrantes de la comunidad han tomado. Luego de años de omisión y gracias a las movilizaciones de los nativos afectados, se realiza el proceso. Martel alterna hábilmente, in situ, partes del juicio con las historias personales de quienes han padecido la constante amenaza de abandonar sus tierras. A esta altura, el posesivo nuestra del título abre un espectro de significaciones proporcional a los involucrados en la disputa dialéctica, incluidos los espectadores. A medida que avanza el litigio quedan en evidencia las diversas batallas y la desigualdad de condiciones para afrontarlas. Quienes ostentan el poder de la palabra envuelven con maniobras oscuras a los comuneros, detentan solapadas formas de encubrimiento y pretenden anular legalmente su existencia. La carta de Martel frente a los verdugos es devolver la identidad con un acto de justicia poética y simbólica. La viuda de Chocobar saca infinidad de fotos y reconstruye una historia que se quiere silenciar. Entonces, la palabra y el documento legal que pretenden ahogar en un pantano el pasado de los pueblos originarios, justificando crímenes que aún hoy quieren quedar impunes, son rebatidos desde una tradición que se sostiene en imágenes y rituales sagrados. Mientras tanto, la religión -ese tema tan caro al cine de Martel, sobre todo en lo que tiene de institución reguladora y que alberga conductas hipócritas- atraviesa ambos discursos. Los verdugos juran por Dios y la familia; los comuneros invocan a Dios e intentan comprender su destino. En el medio, Martel escucha y observa.
En Nuestra tierra hay un tapiz de voces y una certeza que paraliza: el problema de la tierra y de los pueblos originarios es complejo y arrastra siglos de desidia. Hay una cuestión moral que parece insalvable, a menos que se piense en la posibilidad de enviar una ambulancia epistemológica y cargar allí a todos los responsables de las peores atrocidades en la época de la conquista. El problema indígena, como tantos dilemas de Occidente, está planteado en general desde una mirada parcelada, incluso dejando fuera de campo las atrocidades que cometieron gobiernos elegidos democráticamente, haciendo desaparecer comunidades enteras. Luego, la película deja entrever el laberinto del asunto, en tanto y en cuanto, desde que existe la Argentina, se creó un sistema legal que no contempló la cuestión de los indígenas. Por último, ninguna política en la actualidad va a fondo con el problema de las tierras ni ofrece una solución que incluya a gente cada vez más desplazada y violentada. Por ende, lo ocurrido con Chocobar es el lugar por donde la cadena de responsables se corta: el más vulnerable. Y si no hubiera habido registro -otra forma de disputa que se proyecta en abismo en la película-y reclamos colectivos, el caso habría quedado impune.
La honestidad de Martel es no sesgar la mirada ni desligar responsabilidades. No necesita gritarlas. No es un documental realizado en función de la urgencia ni del imperativo del reality. A la negación verbal de las instituciones ensuciadas de corrupción y de maniobras de aniquilamiento, le opone las imágenes y los hermosos primeros planos de los comuneros. A las múltiples maneras de usurpación territorial, lingüística y verbal (de decretos, medios periodísticos engañosos y papers académicos) las enfrenta con la belleza de una tierra y de sus ancestros, pero no desde la tramposa evocación de tiempos inalcanzables, sino desde un presente y una actualidad que interpelan, que buscan el diálogo e invitan a la discusión sin el disfraz de la paráfrasis ni de los lugares comunes.
Pero, más allá de lo ético, hay una forma que replica ciertos contenidos vistos en su trilogía inicial. La actitud de encubrimiento social que bien podía advertirse en La ciénaga, La niña santa y La mujer sin cabeza, como red de complicidades, en este documental se abre a un lugar más visible, más popular, porque, en definitiva, se trata justamente de nuestra tierra.
8.0 puntos
Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant / @el_curso_del_cine
Estrenada en CINEPOLIS ARGENTINA