Crítica: El agente secreto (2025), de Kleber Mendonça Filho

El Agente Secreto / O Agente Secreto (Brasil / Francia / México / Alemania / Países Bajos – 2025)

Dirección y Guion: Kleber Mendonça Filho / Producción: Kleber Mendonça Filho, Emilie Lesclaux / Música original: Mateus Alves, Tomaz Alves Souza / Fotografía: Evgenia Alexandrova / Montaje: Matheus Farias, Eduardo Serrano / Intérpretes: Wagner Moura, Laura Lufési, Udo Kier, Hermila Guedes, Thomás Aquino, Alice Carvalho / Duración: 161 minutos.

Comienza la película y vemos un cadáver en una estación de servicio en medio de la nada. Lleva días pudriéndose. La policía no llega porque es carnaval. En esa primera escena está todo: el Brasil de 1977 como un país donde la muerte es burocrática, donde la fiesta funciona como anestesia y donde el horror se normaliza hasta volverse paisaje. La trama sigue a Marcelo, un hombre que regresa a Recife para reunirse con su hijo. Lo que se presenta como un nuevo comienzo revela pronto que la ciudad no es el refugio que imaginaba: los fantasmas del pasado no esperan, llegan antes que él.

Recife como cuerpo político. Brasil como herida que no cierra. Mendonça Filho construye una atmósfera de sospecha permanente donde la identidad bajo clandestinidad se asocia naturalmente al carnaval: todos usan máscara, todos interpretan un rol y la violencia se disfraza de celebración. Más que las escenas de acción, al director le interesan los efectos psicológicos, la dinámica social, las negaciones de muchos y las formas de resistencia de pocos en tiempos tenebrosos.

La narración se divide en capítulos que se entrecruzan: el pasado del protagonista y su huida a Recife —perseguido por dos mercenarios— convive con un presente donde una estudiante universitaria intenta reconstruir sus pasos a través de cintas de casete. Ese dispositivo transforma la película en su propio comentario: El agente secreto es una película sobre el acto de recordar, sobre la fragilidad del archivo, sobre lo que un país decide conservar y lo que prefiere perder. El rostro del general Geisel colgado en distintas paredes a lo largo del filme no es un detalle menor. Nunca comentado, nunca dramatizado. Solo presente. Como un papel tapiz del terror.

Mendonça Filho se aproxima a este período desde un lugar distante, cerebral, consciente de su gravedad histórica. Esa frialdad no es una falla es una postura, quiere que pensemos mientras la incomodidad se instala, logrando transmitir un trauma colectivo de manera casi imperceptible. Va más lejos que el diagnóstico, sugiere que el olvido no es accidental y que los resabios de la dictadura se perciben en otras instituciones, otros hábitos, otras formas de mirar para otro lado.


Pendulando entre el cine de género, el ensayo político y el drama familiar, El agente secreto es una película sobre lo que queda cuando la dictadura se va y nadie la juzga. Sobre el lugar que ocupa el silencio donde debería haber memoria. Filma la herida que la historia dejó abierta y que Brasil —como tantos países— prefiere tapar con olvido administrado.

Puntaje: 9.0

Por María Paula Rios
@rios_mariapaula

Estrenada en CINÉPOLIS ARGENTINA

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