Crítica: Village Rockstars (2017), de Rima Das

Village Rockstars (India – 2017)
BAFICI 20: Competencia Internacional (Premiere Latinoamericana)
Toronto 2017: Discovery (Premiere mundial)

Dirección, Fotografía, Montaje, Guion y Producción: Rima Das / Sonido: Amrit Pritam / Música: Nilotpal Bora / Intérpretes: Bhanita Das, Basanti Das / Duración: 87 minutos.

Los sueños, sueños son, sin embargo, en la adversidad se hacen gigantes, sobre todo en una remota región del noreste de India donde una niña de diez años quiere tener una guitarra para formar una banda luego de quedar fascinada al ver a unos chicos tocando instrumentos de pluma de poliestireno. El primer plano ya manifiesta la voluntad por recortar su silueta y por focalizar la atención de su presencia en medio del paisaje. Posteriormente, en forma progresiva, conoceremos las dificultades del entorno familiar y comunitario. En este sentido, la película avanza sin evidenciar una planificación exhaustiva, sino más bien a partir de descripciones que nunca contienen ni la música ni los rasgos estilísticos de la pornomiseria. Hay un saludable despojamiento dramático en el tono y en el registro que imprime Rima Das y se fundamenta en el hecho de que no hace falta exacerbar nada cuando los problemas están a la vista. Además, los personajes nunca son manipulados. Por el contrario, conviven frente a la cámara sin que ningún tipo de oratoria interfiera en sus acciones: caminan y resisten las inclemencias de la naturaleza, juegan con lo que tienen, tocan instrumentos inventados y forman una pequeña comunidad. No es para que nos pongamos contentos, pero tampoco se nos ofrece un tratado de sociología que se imponga sobre las imágenes, lo cual se constituye en un acierto de la directora.

El seguimiento se da a través de una continuidad de planos fijos que arman el mundo de estos chicos en la realidad que les toca, con una iluminación natural que recuerda por momentos a las películas de Apichatpong Weerasethakul. El conflicto, apenas perceptible, es la posibilidad de obtener una guitarra, un objeto que adquiere tanta importancia como la bicicleta en De Sica. Al igual que en las películas neorrealistas, son las pequeñas cosas las que surgen como indispensables y están arraigadas al presente de los personajes. El sueño de Dhunu, la niña protagonista, es ese. Sin embargo, a diferencia del sentimentalismo imperante en esa etapa del cine italiano, acá las emociones están escondidas y la cámara, con buen tino, jamás sobrepasa la importancia de lo que está mostrando ni transforma la historia en un ascenso al mundo del espectáculo acorde a las convenciones de la industria y de ciertas formas exhibicionistas de vedetismo imperante. Este rasgo, si se quiere, de autenticidad, va acompañado por un acercamiento que tensiona permanentemente el documental con la ficción.

Por otro lado, la elección del punto de vista es un factor más de respeto hacia los chicos. En una escena en la que se trasladan en un bote, la cámara está puesta con ellos, nunca por encima (me hizo acordar a una entrañable película argentina de 2011, Yatasto, dirigida por Hermes Paralluelo, donde se sigue la rutina de tres niños carreros y la cámara se coloca desde la mirada de estos en la carreta). Estos signos, a primera vista desapercibidos, dan cuenta de una mirada solidaria y de una ética de posicionamiento con respecto a quiénes se retrata y de qué modo.

Pero hay una batalla importante que también debe sostener Dhunu y que es la discriminación, la segregación social por juntarse con los varones. En un tramo de la película, varias vecinas le reprochan su conducta y es ahí donde la madre, que hasta ese momento aparecía como una leona durmiente, saca a relucir el coraje suficiente para dejar que su hija sea ella misma. No es el único indicio que hace prevalecer una defensa festiva en torno a la mujer. La niña siempre está más predispuesta a tomar la iniciativa frente a su perezoso hermano y sus amigos. No obstante, cuando tiene su primer período y ante la voluntad separatista de una comunidad arraigada a creencias patriarcales, una vez más la cámara se detiene en lo verdaderamente importante: su rostro desafiante. Este paso de la infancia a la adolescencia/adultez está contenido en un gesto. La energía que irradia Village Rockstars pasa por estos carriles y parece suficiente como para que, al igual que su protagonista, crezca con el tiempo.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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