Crítica: Penélope (2018), de Agustin Adba

Penélope (Argentina – 2018)
BAFICI 20: Competencia Argentina – Premiere mundial

Dirección: Agustin Adba / Guion: Agustin Adba, Piwa La Piwa, Jeronimo Quevedo, Pablo Chelia / Producción: Florencia Incarbone, Agustin Adba / Fotografía: Alico Roviralta / Edición: Manuel Ferrari / Dirección de arte: Casiana Flores Piran / Música: Piwa La Piwa, Tierra De Nadie / Interpretes: Cumelén Sanz, Sergio Pangaro, Juan Barberini, Ailín Zaninovich, Lucas Escariz / Duración: 67 Minutos.

ACTUALIZACIÓN DEL MITO

“Entonando… entonando este Hades sin sentido”, canta con desdicha Víctor y, tras un breve silencio, mira a cámara y la pantalla se funde a negro. Por otro lado, Penélope desciende por la escalera mecánica de lo que parece un shopping en busca de su amigo actor que asistió a la premiere de la obra sobre Orfeo. Allí no sólo conoce a Víctor, sino también a Anton,  productor y un futuro amante. El universo de ambos empieza a amalgamarse, aunque de forma diferida (por escuchas de los llamados telefónicos o comentarios), hasta el momento del clímax en el cual el mito de Orfeo y Eurídice encuentra su reconfiguración contemporánea.

La ópera prima de Agustín Adba trabaja dos grandes aspectos que interactúan de manera permanente a lo largo de la película. El primero tiene que ver con el eros planteado en un desdoblamiento del amor y del sexo. Víctor encarna al romanticismo en su más pura esencia: en la entervista televisa del principio habla de las limitaciones en los gestos, acciones y sentimientos impuestas a los actores cinematográficos, llama constantemente a Anton cuando se siente solo o en crisis personal o concibe como cena ideal una influenciada por el pensamiento de Johann Wolgang von Goethe. Mientras que Penélope puede asociarse a lo pasional, a la seguridad tanto en sí misma como del cuerpo, al empoderamiento de sus actos o a los encuentros dionisíacos en fiestas y relaciones fugaces con ambos sexos.

El segundo aborda la frivolidad del espectáculo mediante el privilegio del valor de la mercancía, la participación de gente en proyectos que desconoce los contenidos o la banalización propia del arte confrontándolo  con el teatro, la música, la pintura (a través del cuadro de la mujer desnuda de espaldas cubierta por una sábana), la literatura y hasta la televisión así como también con la idea de cotidianidad desde los ensayos o la asistencia a la facultad.

En consecuencia, ambas cuestiones conforman un nuevo inframundo en Penélope, en el que la joven adquiere el protagonismo en lugar del hombre enamorado (cambia la acción de tocar la lira por atarse el pelo o cortarlo como rasgo identitario) y es la encargada de vagabundear en una búsqueda por el goce del aquí y ahora; mientras que el valor de la mirada se traslada del mito a la pantalla reforzado en la última escena del filme.

El canto lastimero de Víctor realza su componente romántico central para el personaje que interpreta en la obra pero bastante ajeno para la actualidad efímera e irreverente. La misericordia de los dioses no encuentra respuesta ante semejante panorama y, entonces, se asienta la condición para devolver el espíritu de Eurídice al mundo mortal: no hay que mirar atrás hasta que se bañe completamente por los rayos del sol, de lo contrario, la posibilidad de plenitud quedará extinta para siempre.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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