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BAFICI: Out There (2016), de Takehiro Ito

Out There (Japón / Taiwán – 2016)

Dirección, producción y montaje: Ito Takehiro / Guion: Ito Takehiro, Ma Chun Chih / Fotografía: Sasaki Yasuyuki / Sonido: Fujiguchi Ryota / Música: Alexandra Barkovskaya / Intérpretes: Ma Chun Chih, Kobayashi Haruo, Kitaura Ayu, Hattori Ryuzaburo, Seto Natsumi / Duración: 142 minutos.

Hay documentales que nacen con un horizonte de referencia pero en el camino se encuentran con problemas que obligan a tomar decisiones. Es un desafío que, si no conduce a la desesperación, funciona como aliciente para fomentar la creatividad. Existe una multiplicidad de películas al respecto con resultados diversos. Y este parece haber sido el derrotero de Out There, primigeniamente concebida como un filme sobre el director Edward Yang y cuyo resultado es un ensayo, un híbrido, una estructura abierta al tránsito reflexivo y metadiscursivo sobre el hecho de hacer una película o, al menos, de buscarla. Toda la primera parte transcurre entre anotaciones, bosquejos argumentales y bocetos, acompañados de suaves golpes de un piano melancólico.

Las fronteras difusas desde el punto de vista genérico se corresponden con los desplazamientos topográficos entre dos ciudades (Tokio y Taipei) y varios ambientes. Ito traza (a veces con subrayados) una analogía entre ser y filmar. Y el puente vinculante es un joven y sus patines en busca de un sentido de pertenencia, a la deriva, el actor que están buscando e interrogan para la nueva película. En ese intercambio verbal que sostienen con el director, ambos comparten una sensación de estar afuera de algo, hecho que Ito se encargará de mostrar con los permanentes cambios de color a blanco y negro, o con la utilización de formatos que alternan de 16mm a Widescreen digital. Al principio de la audiencia el joven manifiesta su duda ante la existencia; terminada la película pareciera que el mismo Ito le regala la posibilidad de “ser” en una pantalla.

Hay líneas que si bien se plantean como esbozos, tienen su potencial encanto (nada es definitivo aquí). Una de ellas es la historia de amor, también abierta a la incertidumbre; otra transcurre en la segunda parte titulada “Tierra de las sombras” donde el joven Ma replica la idea de entrevista pero a sus padres, interpelándolos sobre su estadía en Taiwán y confesando su sentimiento de no pertenencia. A continuación se da uno de los mejores pasajes, en una sala de cine en ruinas cuyo valor expresivo es notable: es lo que queda de una cultura, es la nostalgia por un paraíso que no se llegó a conocer y es el momento en el que el protagonista se desdibuja conjuntamente con el espacio que circunda, como si fuera un espectro. El recorrido instala una idea de derrumbe multiplicada por tres: la cultura, el cine como ritual y la propia identidad.

El tiempo de enunciación trabaja en estado suspendido, de manera tal que en esa búsqueda constante de un centro que nunca aparece, hay momentos interesantes desde el punto de vista visual, ya sea cuando el protagonista recorre las calles con los patines o cuando explora lugares Pero también, dentro del riesgo a la dispersión y a la arbitrariedad, queda la impresión de que muchas veces el gesto formalista se impone y deriva en un ejercicio autorreferencial sin alma donde sobran unos cuantos minutos. Estiramiento que podría perpetuarse en su estructura espiralada.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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