Critica: Self Portrait: Sphinx in 47 Kms (2018) – FIDBA 2018

Self Portrait: Sphinx in 47 Kms (China – 2018)
FIDBA 2018: Competencia Internacional – Mención especial del jurado

Dirección, Guion, Montaje, Fotografía y Sonido: Zhang Mengqi / Producción: Wenguang Wu / Duración: 94 minutos.

Cuando pensamos en un “auto retrato” se nos impone la idea de un personaje, de retratar a un hombre en el medio de la nada o en el centro del mundo. Aquí en cambio el auto retrato es el de un pequeño pueblo en China hoy, en los años que corren de patrones tecnológicos e hiper población, acá vemos lo opuesto a esos tópicos: una niña dibuja con tiza un paredón, un hombre se dedica a su huerta, una casita de ladrillos frente al camino, sobre una pequeña ladera y su dueño que habla desde la puerta, que narra, no sabemos bien cuánto a la vida, cuanto a nosotros.

Self Portrait pertenece a una serie de documentales de la misma realizadora, esta es la séptima entrega y se instala totalmente en este pueblo ubicado a 47 kilómetros de la ciudad de Suizhou, pueblo natal del padre de la documentalista. Este detalle no es menor porque la observación sobre la infancia y la vejez son centrales en el filme.

El camino de tierra va surcado por los pasos de quien arrastra en su espalda un carro viejo, un perro de ladero, el cielo gris y un silencio singular, el de la naturaleza que gime. El agua en un estanque, el sonido del agua y el tiempo que discurre pero a su vez parece detenido.

Los dibujos de bellos colores hechos por la niña que pinta en toda la narración y estudia inglés a la vez, como si viviera en otro mundo del mismo mundo. Universos que contrastan con el cielo plomizo y agrisado que los rodean, en ese cotidiano solitario, hecho de cosas arrumbadas, y apiladas, que se acumula en un mismo lugar como el tiempo que se superpone instante tras instante.

La cámara los observa, en este relato de técnica puramente observacional, que mantiene siempre una atinada distancia con los personajes que pone frente a la lente.

Los planos generales dominan el documental, pero aún en aquellos más cercanos no deja de mantener una distancia narrativa prudencial entre el ojo de la cámara y el mundo circundante: el pueblo y sus personajes.

El pueblo es muy humilde, de una pobreza que no es la occidental y es obvio que el filme quiere hablar de la China actual en su totalidad. Allí, en los frentes de las casas algunos espacios están casi derrumbados, horadados por el clima, la miseria y los años. En otras imágenes sus habitantes dormitan frente al fuego en el interior de sus casas. Duermen, habitan ahí sentados, en el silencio de un espacio propio abierto ante nuestros ojos, pleno de soledad y a su vez de identidad, nadie podría pensar que eso no es China.

Un espantapájaros se bambolea en la cima de una colina y el viento lo hace temblar como en un cuento para niños. Vemos el día y la noche, los niños y los ancianos, así el retrato pone en el cuadro los dos polos de todos los ciclos: en la aridez o la vastedad, habitan la vida y la muerte.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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