Crítica: Mario on tour (2017), de Pablo Stigliani

Mario On Tour (Argentina – 2017)

Guion y dirección: Pablo Stigliani / Intérpretes: Mike Amigorena, Iair Said, Román Almaraz, Leonora Balcarce, Rafael Spregelburd y Ale Sergi / Fotografía: Javier Guevara / Edición: Sebastián Polze / Duración: 105 minutos.

Con las mejores intenciones no se hace necesariamente una buena película. Mario On Tour, de Pablo Stigliani, recurre a un campo trillado de temas y situaciones desde el momento en que nos internamos en la historia del protagonista: un padre que intenta recomponer el vínculo con su hijo en medio de una desordenada vida como músico. Apenas tiene par de canciones propias y suele ser contratado para hacer un número en el que imita a Sandro. Frente a este cuadro de lugares comunes, y luego de una secuencia inicial  descriptiva (bastante esquemática en la continuidad de los planos), la esperanza se refugia en algunos toques distintivos y simpáticos. El hecho de ver en una película argentina en la que un personaje se sienta en un bar de barrio a tomar una cerveza y no transita esas zonas de confort burgués de jóvenes angustiados, ya es un aliciente. Por ello, si hay que destacar méritos, son esos instantes fugaces en los que ciertos espacios y actitudes (gestuales como verbales) se potencian, sobre todo, cuando Mike Amigorena no hace de sí mismo.

Es fácil tener empatía con Mario. El tipo no desborda, no grita, tiene buenos sentimientos y hace lo que puede. Stigliani acierta en no recurrir a los excesos dramáticos, pero cae en una pose televisiva que le resta fuerza a la construcción de su (anti)héroe. Me refiero a la imperiosa necesidad de que deba imitar a Sandro como si eso sumara puntos y aplausos. El efecto de las canciones y de los movimientos de Amigorena no son ni siquiera bizarros, sino anodinos. Todo parece indicar que el objetivo era meter esa canción final, propia de su repertorio, una maniobra de tinte publicitario. A propósito de la música, y más allá de ser agradable, nunca se desprende de una omnipresencia que deriva en exceso.

Salvando el trío de hombres (los dos amigos y el hijo), la figura femenina de la madre deja bastante que desear, ya que obedece a un estereotipo narrativo de bruja cotidiana más propio de una novela que de una historia sencilla y modesta como la que se nos ofrece. De igual manera, el tránsito por el interior será una oportunidad para repetir miradas uniformes y prejuiciosas en torno a sus habitantes. El Oso dirá “Yo pensaba que la gente de pueblo era buena gente”.

Hay situaciones propias de la comedia que van por buen camino, incluso cuando incurren en un genuino costumbrismo, sin embargo, la falta de ritmo y una extensión temporal poco propicia del filme, atentan contra los pequeños logros. De este modo, Mario On Tour, sin hacer ruido, corre el peligro de que la modestia se transforme en indiferencia.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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