Crítica: La mula (2018), de Clint Eastwood

La mula / The mule (Estados Unidos – 2018)

Dirección: Clint Eastwood / Guión: Nick Schenk y Sam Dolnick / Fotografía: Yves Bélanger / Música: Arturo Sandoval / Intérpretes: Clint Eastwood, Bradley Cooper, Michael Peña, Taissa Farmiga, Laurence Fishburne, Ignacio Serricchio, Alison Eastwood, Dianne Wiest, Andy García y Clifton Collins Jr. / Duración: 116 minutos.

Revisando toda la historia del cine americano son contados con los dedos de las manos los directores en plena producción creativa casi a los 90 años, y “Clint” el clásico americano sobreviviente hace una marca en la historia, pues hoy con 88 años aún tiene muchas cosas por decir.

Con casi 40 películas dirigidas desde Play misty for me (1971) él se convirtió en una figura singularísima que habiendo comenzado su carrera como actor abrió su faceta de realizador, donde actúa en muchos de sus propios filmes sin dejar ninguna de sus pasiones en el cajón de los recuerdos.

Lo recordamos como actor por ser “el bueno” en los westerns de Sergio Leone, el despiadado Harry el sucio, y también, ya entre los filmes de su autoría, Robert el amante imprevisto en el drama romántico Los puentes de Madison (1995), o el perturbado Will Munny del crepuscular western Los imperdonables (1992), que es y será una obra maestra del género. Es una evocación citar estos filmes o personajes, y no un intento de sintetizar la carrera de Eastwood en solo dos líneas.

Lo que si vemos en esta referencia es como se yuxtaponen sus dos roles, dirigiendo y protagonizando sus filmes más icónicos, y no es de extrañar que La mula, una película testamentaria, repita este esquema de director y protagonista al mismo tiempo. Su imagen estilizada, su andar, su mirada y su forma de hablar siguen siendo intensamente cinematográficas.

En cuanto al argumento de este estreno, y como en otras ocasiones ha sucedido, una historia real es la herramienta disparadora del relato: Leo Sharp, un octogenario americano ex combatiente de Vietnam se convierte por azar en el traficante de un Cartel Mexicano.

La trama tiene dos líneas que avanzan en paralelo: la historia policial y la trama vincular. Mientras que Earl (Clint Eastwood) habiendo quedado en la quiebra, se involucra llevando “algo” en su camioneta a una dirección desconocida e inicia de manera progresiva su vínculo con el tráfico de drogas queda expuesta la subtrama familiar, la relación con su ex mujer, su hija, y su nieta. Una historia llena de cuentas pendientes afectivas, de ausencias y de necesidad de reparación.

Por otro lado, la historia policial que está encabezada por Bradley Cooper como el agente encargado de atrapar al traficante anónimo, su jefe Laurence Fishburne y su ayudante. Esta línea narrativa tiene mucho menos despliegue dramático y mucha menos potencia que la trama que pone en juego los temas vinculares, y el drama del filme. En este caso el policial sirve para organizar el relato a partir de la idea de perseguir y atrapar al delincuente, recurso que permite generar urgencias en la trama.

El tema de la película está puesto en el embrollo afectivo que Earl carga de toda su vida pasada, esa “deuda” que no se paga ni con todos los billetes de los narcos del mundo, es sin duda la que el protagonista busca saldar. Su apuesta más grande es “reparar” antes de no estar más en esta tierra. Da lo mismo si no estar más es ir a la cárcel o morir, la metáfora es idéntica y está puesta en la deuda amorosa. El punto es ser testigos de como Earl busca su redención. Aquel viejo que había dedicado su vida a poner el amor fuera de su hogar, en ese mundo llamado “el deber social del mandato masculino”, ahora pide a gritos plegarse sobre aquellos que llamamos “familia” y redimir esa culpa.

El aspecto más significativo de esta película es que la fuerza de su narración radica en mostrar esas preocupaciones duales (deseo/deber) netamente claves del mundo más tradicional masculino, contadas de manera genuina, casi personalísima. Es para Eastwood, o al menos eso nos transmite, una reflexión íntima esta preocupación moral sobre la “deuda afectiva”, algo que deja a la luz en estos filmes últimos de su carrera. No es nada azaroso que el papel de su hija en el filme lo encarne su hija verdadera, este detalle de corte autobiográfico podría pasar como invisible, pero no es un accidente narrativo, sino más bien una huella de su propia historia.

El guion estuvo a cargo del mismo escritor de Gran Torino (2008), Nick Schenk, que acierta en varios aspectos del personaje y la fluidez de la trama, pero que cae en lugares de sobre explicación de ciertos acentos en acciones o diálogos que pecan de redundantes.

La actuación de Eastwood es tan emotiva y tan creíble que nos olvidamos que es tan solo un personaje de ficción. Acompañan muy a tono Dianne Weist como su exesposa, Alison Eastwood como su hija, y sorprende en su pequeña intervención un destacado Andy García como jefe narco desplegando todo su encanto.

Clint fue el creador de filmes mejores, pero perdernos sus últimas películas sería realmente un pecado imperdonable.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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