Crítica: One shot (2018), de Sergio Mazza

One shot (Argentina – 2018)

Dirección, Guion y Montaje: Sergio Mazza / Producción Ejecutiva: Paula Mastellone / Dirección de Fotografía: Daniel Anguiano Zuñiga / Diseño de Sonido: Maxi Gorriti / Intérpretes: Maria Laura Aleman, Esther Goris, Belén Blanco, Hugo La Barba / Duración: 84 Minutos.

EXPERIENCIAS EVAPORADAS

Una semana después del estreno de Vergara, el director presenta su nueva propuesta que busca articular dos temáticas complejas como la transexualidad y la inmigración a través de una serie de tópicos comunes como la soledad, la discriminación, la condena social, la burla así como también mediante un nexo forzado entre Marita y Sensei, los protagonistas de cada relato. Si bien podrían encontrarse denominadores semejantes en la vida de ambos –sobre todo, las aspiraciones de vivir de acuerdo a las elecciones personales y los sentimientos de incomprensión de los demás–, todos los intentos resultan fallidos y ellos lucen como caricaturas ligeras y distantes de aquellas recriminaciones que ansían evidenciar.

El inconveniente principal tiene que ver con un escaso e infortunado desarrollo narrativo que se preocupa más por trazar lazos fortuitos entre ellos que por profundizar en las problemáticas propiamente dichas. El momento cumbre es la masturbación de ambos expuesta una después de la otra como si fuera en simultáneo: ella acostada en la cama mirando unas imágenes y él sobre el lavabo en el baño, luego de fotografiar a una prostituta para un book. Más allá de esto, no se conectan, ni siquiera hacia el final cuando conversan en la casa de Marita. Esto sucede porque tampoco están bien construidos los personajes, se muestran lejanos, rígidos, en una ambigüedad que les impide conformarse como tales, mostrar matices y encarnar sus conflictos. Por el contrario, se limitan a comentar situaciones que padecen de manera superficial y sin relacionarse entre sí.

A pesar de estos, hay dos momentos – uno en cada historia – que apelan a visibilizar la transexualidad y la inmigración pero que quedan desdibujados. El primero sucede en la casa de Mercedes, ex esposa de Marita, cuando ambas hablan sobre la decisión de ésta última de convertirse en mujer y de cómo lo vivió su pareja. En lugar de apropiarse de esas sensaciones, pensamientos o contradicciones, Sergio Mazza lo interrumpe con la inserción de la hora o una suerte de intertítulos con el número y nombre de capítulos, totalmente innecesarios. En el otro se sinceran Sensei y la joven del supermercado sobre la vida en China, las posibilidades en otros países, la resignación y la necesidad de trabajar sin parar.

El segundo problema se asocia con la incorporación arbitraria de datos o textos en pantalla que pretenden actuar como paratextos o elementos propios de los guiones pero que se vuelven inservibles y entorpecen las tramas como las horas, la transcripción de mails o cartas (de hecho una se lee en voz alta y difieren las palabras), la indicación de que un personaje no se desarrollará, estadísticas que apuestan a complementar la seriedad de los temas y los capítulos. Este despliegue no sólo no aporta en absoluto, sino que hasta termina subestimando la inteligencia de los espectadores pues subraya lo que deben pensar o guían las miradas. El caso más significativo es la segunda conversación entre Marita y Company donde aparece la frase “La trans, el patriarcado y de cómo evoluciono la charla”. La misma resulta inncesaria porque se entiende que él busca dominarla mostrándole la escopeta y apuntando de forma aleatoria.

Por último y en relación con lo anterior, el abuso del zoom in y out convertidos en recursos (anti) narrativos que atentan contra el espacio- tiempo. La cámara se mueve abruptamente pero, en lugar de producir dramatismo o autenticidad, se torna como una burla desprolija y repetitiva. One shot, entonces, desaprovecha todas las herramientas para ahondar en temáticas actuales y complejas y se vuelve una parodia de lo que busca visibilizar.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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