Crítica: Tres rostros (2018), de Jafar Panahi

Tres rostros / Se rokh (Irán – 2018)
Festival de Cine de Cannes 2018: Premio al Mejor Guion

Dirección y Producción: Jafar Panahi / Guion: Jafar Panahi, Nader Saeivar / Montaje: Mastaneh Mohajer, Panah Panahi / Diseño de Producción: Leila Naghdi Pari / Intervienen: Behnaz Jafari, Jafar Panahi, Marziyeh Rezaei, Maedeh Erteghaei / Duración: 100 minutos.

Conocimos a Jafar Panahi en ese momento de dicha cuando el cine iraní nos deslumbraba en las salas gracias a programadores más interesados por descubrir qué pasaba en todas partes del mundo y no solo en los festivales “prestigiosos”. Fuimos testigos de grandes películas, entre ellas, El globo blanco, El espejo y Crimson Gold. Lamentablemente, en el año 2009, Panahi fue arrestado y sufrió diversas persecuciones de la República Islámica de Irán, hecho que lo obligó a filmar en medio de la clandestinidad. De este modo, sus títulos más recientes (Esto no es un filme, Taxi, Closed Courtain) han llegado a Occidente de manera secreta y mantienen una interesante tensión entre lo que podríamos llamar “un ejercicio” y una película. Contribuyen a esta idea la misma imposibilidad de que un director controle y disponga libremente de los materiales que necesita para plasmar sus ideas y el esfuerzo por potenciar los mínimos recursos. Al mismo tiempo, genera admiración la valentía por desafiar a la censura y, sobre todo, desde un lugar de vitalidad, lejos del resentimiento y bien cerca de la creatividad inagotable. El mismo Panahi nombraría a una de los títulos de esta etapa como Esto no es un filme, una sincera declaración al estilo de “hago lo que puedo” (más allá de la sobrevaloración crítica). No obstante, como todo período, hay un momento culminante y acaso Tres rostros sea la confirmación de un método depurado, más pensado y ligeramente complejo.

En el principio aparece una imagen. Y es una de las tantas imágenes que forman parte de nuestro universo de multipantallas, correspondiente a un celular. Una mujer desesperada envía un mensaje a una actriz. Dice que es su única esperanza para sacarla del tedio y la traición familiar y que la han engañado. Le prometieron que si se casaba podría estudiar en el conservatorio, pero no fue así. Su historia es similar a la de Sor Juana Inés de la Cruz, pero a diferencia de ella, que eligió el convento, la mujer escoge una horca. Corte. Un suicidio, un pedido y un misterio. Inmediatamente pasamos a la interlocutora obligada del video, una actriz conocida de televisión que se siente agobiada por la transferencia. Estamos ahora en un auto (esa especie de sala para el cine iraní) y mientras vemos su rostro (el segundo de los tres rostros en cuestión), escuchamos a Panahi fuera de campo. Ambos conversan. “Todo parece tan real” dicen e introducen con naturalidad uno de los pilares del realizador (y de su admirado colega, Abbas Kiarostami), la vinculación entre puesta en escena y realidad, maginificada en este caso por la mediatización tecnológica cuyos límites imprecisos ponen en jaque nuestra credibilidad. Este será el gancho policial de la trama, paralelo a un discurso metaficcional: qué es lo que vemos y qué tanto de realidad existe en ello (igual que el cine mismo de Panahi, hacedor de engaños en medio del encierro). Ambos miran el video una y otra vez, lo inspeccionan hasta con ojos profesionales, a través de la noche y dispuestos a emprender un viaje para descubrir la verdad. Hasta que se hace de día y entonces vemos por primera vez el cuerpo regordete con anteojos del director, la imagen icónica del gran Panahi. Comienza el viaje y, por ende, la película misma. Viaje y cine son sinónimos para los grandes directores iraníes. A través de la ventana/pantalla desfilan entidades que son recreadas con la cámara, transferidas a nuestra mirada con una lógica especular engañosa y que enriquece las posibilidades mismas del cine como lenguaje y como registro. A medida que los dos recorren ese valle de múltiples villas, con sus rituales y creencias, asistimos a las problemáticas de una región sumida en el olvido, pero también a un feroz orden patriarcal donde la mujer es confinada al ostracismo. El tercer rostro estará ausente. Una mujer mayor, que ha dirigido películas en algún momento pero que ha sufrido el desprecio de sus colegas por ello, vive encerrada en una humilde casita donde lo único que quedan son palabras de resentimiento y tristeza. Es el segmento melancólico de esta road movie, su estado natural pleno, un instante de suspensión temporal propio de los grandes directores: Panahi espera durante la noche en la camioneta mientras vemos en profundidad de campo la tenue luz del espacio de reclusión. Su compañera le pregunta si quiere a algún lado, y él responde “Estoy más seguro aquí que en cualquier otro sitio”. El mismo lugar para dos personas destinadas a padecer la censura. Panahi se reconoce en esa mujer que no ve pero presiente. Momento sublime.

El viaje como movimiento sinfónico que alterna entre solos y pares, se cierra y confirma verdades e imposturas, sin embargo, más allá de la trama, lo que prevalece es el cine en su más alto estado de pureza (tal como lo soñó Bazin), un baño de realidad que evoca a Kiarostami con un último plano que nos devuelve a tantas películas de uno de los directores más entrañables que nos ha dado la historia. Uno no tiene más que agradecer a Panahi por esto. Esto sí es un filme.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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