Crítica: Enamorado de mi mujer (2018), de Daniel Auteuil

Enamorado de mi mujer / Amoureux de ma femme (Francia / Bélgica – 2018)

Dirección: Daniel Auteuil / Guion: Florian Zeller, basado en su propia obra teatral / Producción: Olivier Delbosc / Música original: Thomas Dutronc / Fotografía: Jean-François Robin / Montaje: Joëlle Hache / Diseño de Producción: Herald Najar /
Intérpretes: Sandrine Kiberlain, Adriana Ugarte, Gérard Depardieu, Daniel Auteuil, Eva Chico / Duración: 84 minutos.

Este intento de comedia protagonizado y dirigido por reconocido actor francés Daniel Auteuil sustenta sus bases en la obra de teatro escrita por Florian Zeller, también responsable del guion cinematográfico pero con resultados muy poco efectivos.

La obra de Zeller se estrenó este año en Buenos Aires con el nombre “Sin filtro” una pieza comercial protagonizada por el Puma Goity y Carola Reyna en los papeles que en el filme encarnan Auteuil y Sandrine Kiberlain. La obra teatral presentaba un recurso bastante efectivo para lo hilarante de las situaciones y para sostener el conflicto de los personajes recurso que el filme no utiliza en ningún caso. Los personajes de la obra enunciaban en voz alta sus pensamientos, como si nos leyeran el subtexto de sus diálogos, poniendo a la luz las maniobras de ocultamiento, sus pequeños engaños, y jugando con cierta parafernalia de la hipocresía socialmente habilitada, esa con la que tantas veces nos manejamos en la vida. En el filme este recurso no existe como tal por lo que el doble discurso de todos los participantes queda diluido a su mínima expresión y no hay sustituciones que lo validen de manera eficiente y cinematográfica.

La trama es nuclearmente la misma en ambos formatos: un amigo (Gerard Depardieu) reaparece un poco por azar luego de haberse separado de su esposa, íntima amiga de la pareja de Auteuil / Kiberlain, y se auto invita a cenar a la casa de sus amigos con su nueva “novia”, una treinteañera joven y sensual que será la piedra fundamental de las fantasías que abruman a Daniel durante todo el evento.

Así es que las situaciones que la cena dispara y en especial la inquietante belleza y juventud de Emma (Adriana Ugarte) la joven novia de Depardieu, se crisitalizan en una serie de secuencias tan solo imaginadas por Auteuil que “ratonea” toda la progresión de un vínculo imaginario con ella, desde la seducción hasta la crisis, donde la idea de la aventura, el deseo y la novedad son el factor común.

No funciona este elemento para todos los participantes ya que solo entramos al imaginario del protagonista y sus desvaríos, cuadros fantasiosos que son muy obvios, clichés, poco cómicos y absolutamente previsibles. Lo que llamamos el “lugar común” y la falta de ingenio es lo que define la propuesta de esta película que no logra remontar ni siquiera con la talla de sus actores.

Si la meta es poner en cuestión los temas de pareja en la mediana edad y esa dualidad que puede darse al imaginarnos atrapados entre los vínculos ya conocidos y la fantasiosa necesidad de lo nuevo como lo revelador, no hay puesta en cuestión, ya que en términos de drama el tema queda sobrevolado sin hacer pie en ninguna arista reflexiva de estos recovecos de la psiquis humana.

Las actuaciones son débiles sobre un texto fallido que tampoco logra una comicidad de salón por más liviana que sea. La apuesta teatral fue claramente más efectiva, aún sin las estrellas del cine francés y sin la música de jazz que envuelve todo este filme difícilmente recordable.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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