Crítica: La belle et la belle (2018), de Sophie Fillières – Les Avant-Premières

La belle et la belle (Francia – 2018)

Dirección y Guion: Sophie Fillières / Producción: Julie Salvador / Fotografía: Emmanuelle Collinot / Montaje: Valérie Loiseleux / Intérpretes: Sandrine Kiberlain, Agathe Bonitzer, Melvil Poupaud, Lucie Desclozeaux / Duración: 97 minutos.

ESPEJOS UN POCO EMPAÑADOS

¿Qué pasaría si uno se topara con su yo del pasado o del futuro? ¿Se reconocería en los gestos, en la forma de concebir al mundo, en la mirada, en los sentimientos o en el cuerpo? ¿Buscaría cambiar alguna decisión importante o las ratificaría? ¿Cuál sería su vínculo con lo más íntimo? ¿Investigaría sobre los años venideros? Sophie Fillières propone un aquí y ahora en el que convergen dos momentos de la vida de Margaux –a los 20 y a los 45 años– junto con los vínculos con su mejor amiga Esther y con el amante/ex Marc. Un encuentro casual en el baño de una fiesta que subraya la idea de juego de espejos ya que la cámara toma los reflejos de ambas mientras comentan el mismo viaje de tren que harán al día siguiente y que se vuelve un replanteo débil acerca del tipo de vida que llevan, de los deseos y de las sensaciones.

Para eso, la directora enfatiza dos aspectos: el más evidente tiene que ver con la réplica desde la manera en que se tocan la cara, la cara lavada sin maquillaje, cierta semejanza en el pelo suelto, el gusto por la leche separada del café, la admiración por una bailarina, el disgusto por no haber agarrado nunca la sortija de la calesita y hasta esa suerte de pantalla partida del principio en la que se presenta cada una después de una situación de cambio: la adulta va a un funeral, la joven abandona el trabajo. El otro se apoya en los colores del vestuario. Mientras que la Margaux de 45 usa vestidos con flores o lisos en tonos bordó o rojos apagados con un tapado rojo fuerte, la de 20 hace lo propio en la gama de los azules ya sea camisas, sweaters o camperas. Sin embargo, cuando van a esquiar invierten los tonos: la primera usa una campera azul marino con un gorro de lana rojo y la segunda un abrigo rojo estridente con gorro azul en una suerte de simbiosis tan fuerte que desdibuja la brecha etaria hasta que un suceso imprevisto altera ese estado.

A pesar de la cuestión lúdica que coquetea con la idea del doble y de las articulaciones que se plantean en La belle et la belle, la construcción de las protagonistas resulta un tanto reservada y tenue quitándole bastante fuerza al relato así como a la conexión especial entre ellas. Si bien se sorprenden porque se llaman igual, por el viaje en tren o porque la mayor le avisa lo qué sucederá si se va con ese chico, no termina de desarrollarse ningún conflicto, extrañeza o reflexión al respecto. Ambas lo aceptan en mayor o menor medida, hablan sobre algunos temas delicados sin profundizar en ninguno y, por consiguiente, la historia pierde interés, comicidad, frescura y sorpresa.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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