Crítica: Hasta la muer7 (2019), de Raúl Perrone – FIDBA

Hasta la muer7 (Argentina – 2019)

Dirección, Producción, Guion, Edición, Fotografía: Raúl Perrone / Postproducción de sonido: Lucas Granata / Duración: 68 minutos.

Si hay algo genuino que siempre conmueve del cine de Perrone es que su “cámara estilográfica” (como enunciaba Godard al acto de narrar con la cámara) se posa, ahonda y atraviesa territorios esenciales de nuestra existencia. Para sus ojos oscuros y profundos somos el deseo que nos significa, somos esa lanza arrojada a un mundo sinsentido capaces de darle cuerpo a esa máquina inmesa que llamamos amor, y no solo en el sentido romántico de la palabra, sino el sentido más germinal de su fuerza creadora: deseamos algo imposible y hacemos de ese acto de fe el motor de todas las cosas.

El mundo es absurdo y hostil, pero la máquina del deseo todo lo puede. Para la dimensión filosófico-narrativa del Perro quien ama algo – a un otro, al cine – define con su voto de amor, una convicción de potencia religiosa, aquella que le permite salvarse de esta patética miseria, aun cuando viva en la indigencia y subsista en la carencia más amarga. Perrone viene librando esta batalla estética hace largo tiempo, pues solo hay algo que combate el fin de todas las cosas, y esa es la quimera de un mantra eterno: debemos amar, hasta que la muer7 nos separe.

María y Bonifacio, tienen casi 60 años y son una pareja sin techo que viven con sus pequeños carros de un lado a otro unidos por una sola motivación, el amor al otro y un deseo casi inalcanzable: el de casarse y tener un techo propio. El trabajo de Perrone sobre el mundo de esta pareja es más íntimo que sociológico, ya que aún cuando el proceso de narración se asemeje al de un documental está lejos de toda mirada antropológica o meramente observacional, su lente cerca de estos dos seres irrepetibles los abraza de manera poética, es que el Perro-poeta sabe que el amor es la forma más sublime de la poesía.

El plano lejano y general, con el que el filme abre este ensayo, nos propone durante varios minutos permanecer en nuestras butacas para ser testigos y oyentes de lo que parece más la obertura de una sinfonía que un registro espacial. Una obertura que hace sonar a distancia todos sus instrumentos a la vez, y con distintos matices sonoros nos envuelve en la oscuridad de la noche. Así nos sumergimos en una partitura donde la cámara – quieta por fuera móvil por dentro – nos convoca a observar y a escuchar un retazo de nuestro universo.

La mirada del Perro sigue con cercanía móvil a estos cuerpos nómades por una ciudad indiferente mientras van tras las necesidades del día a día. Vemos sus carencias materiales, la dureza de la calle y la marginalidad que la sociedad les ha designado para vivir, apabullante y cruda en cada cuadro.

Sus rostros tan cerca de la cámara nos intimidan, les hablan a nuestros rostros, nos conminan a escuchar, nos obligan a ver y a pensar dentro de sus miradas, junto a sus palabras. Pero son mucho más que dos seres en estado de supervivencia. Los mueven sus metas, sus historias de vida y el deseo final y esencial de encontrarse en el acto simbólico de unión como un emblema material del amor, porque el amor que no es una promesa a futuro sino un hecho diario, tangible y cotidiano.

“Vamos a estar vos yo hasta la muerte” se miran, se lo prometen sentados en la mesa de un bar. Y bailan un lento solos en la pista. Se abrazan. No hay otra cosa más que decir. Porque el amor es un amparo.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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