Crítica: Bixa Travesty (2018), de Cláudia Priscilla y Kiko Goifman

Bixa Travesty (Brasil – 2018)
MDQFest33: Competencia Latinoamericana

Dirección: Cláudia Priscilla, Kiko Goifman / Producción: Evelyn Mab / Guion: Claudia Priscilla, Linn da Quebrada, Kiko Goifman / Fotografía: Karla da Costa / Montaje: Olívia Brenga / Sonido: Tomás Franco / Duración: 75 minutos.

Una de las marcas fuertes de este festival (más allá de algunos gestos de sobreactuación) es la voluntad por incorporar películas asociadas a la identidad de género, varias de ellas con interesantes elecciones de personajes y de puesta en escena. Bixa Travesty de Cláudia Priscilla, Kiko Goifman va por ese camino, con decisión y con entrega hacia su protagonista, una bailarina, cantante y activista trans (“una marica transexual”) llamada Linn da Quebrada, conocida por sus actuaciones en favelas, por sus letras contestatarias y por desarmar la lógica de ciertos estilos. La música es un arma y cuando Linn no está en el escenario, nos interpela desde un programa de radio junto con amigos con quienes establece divertidos diálogos, siempre demoliendo los esquemas binarios y los prejuicios.

El documental alterna el recorrido entre las actuaciones y el ámbito privado, como si fueran dos caras (Jekyll y Hyde) de la misma moneda. Todo el huracán intempestivo del arte en vivo contrasta con el reposo cotidiano como si un pinchazo de heroína planchara la energía demoledora de las palabras. Siempre es más importante lo que se dice que lo que se ve en la película. No obstante, hay momentos conmovedores y uno de ellos es cuando la joven se baña con su madre. Que la secuencia funcione obedece al mérito de los directores que en su condición de documentalistas logran acercarse a ese verdadero lapso de intimidad con cuidado y buen gusto, sin alterarlo, con la sensación de que está perfectamente consensuado.

El cuerpo es un eje central en varios sentidos. El más visible es el posicionamiento genérico y la defensa a ultranza de la identidad sexual. Luego, la posibilidad de concebirlo como expresión política, como discurso que pueda ser móvil de pensamiento. Por último, toda libertad enunciativa en este mundo parece tener un precio y en el caso de Linn es el cáncer, que asoma como problema aunque nunca como impedimento para la causa a favor de las minorías.

El cine brasileño redobla la apuesta en estos últimos años enfrentando los embates de la derecha. Frente a la opresión, varias de las películas que recorren festivales por el mundo asumen gestos vanguardistas capaces de reaccionar contra el conservadurismo, no solo del arte cinematográfico, sino de una sociedad anestesiada por los medios. Habrá que ver el alcance de este fenómeno.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant
*Publicada originalmente como parte de la cobertura del 33 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

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