Crítica: El proxeneta. Paso corto, mala leche (2018), de Mabel Lozano – Espanoramas

El proxeneta. Paso corto, mala leche (España – 2018)

Dirección: Mabel Lozano / Guion: Alicia Luna, Mabel Lozano / Producción: Atlantia Media Producciones, Mafalda Entertainment, S.L. / Interviene: Miguel el “músico” / Duración: 79 minutos.

GRITOS AMORDAZADOS

Se dice que una imagen vale más que mil palabras. Este documental le hace honor al refrán porque si bien el relato en primera persona resulta impresionante, lo es aún más el rostro del interlocutor; una cara que se muestra recortada, de espaldas o sumergida en las sombras pero que, de repente, se exhibe en todo su esplendor dentro de un puticlub y ya no se ocultará más. Allí, bañado por luces rojas, blancas y violáceas, Miguel el “músico” se vuelve visible ante el mundo y con él, los inicios y la evolución de la trata en España. En definitiva, la forma encarnada de un negocio consolidado a través de códigos internos inquebrantables –con severos castigos hacia los infractores– así como de la carencia de leyes para regirlo y que implica secuestros, violencia, extorsión, lavado de dinero, connivencia de instituciones sociopolíticas, muertes y sexo.

La directora Mabel Lozano explica en los créditos que habían acordado no exponerlo pero que, una semana después del rodaje, él cambió de idea. Y es esa revelación la que le otorga un toque de intensidad y urgencia que acompaña el crescendo narrativo planteado en tres grandes capítulos. El primero vinculado con su infancia en orfanatos –aunque para él eso no sea condicionante de la delincuencia–, el aprendizaje para desenvolverse con picardía y maldad, el descubrimiento de la fascinación por la noche y el primer eslabón de la cadena del proxenetismo: los macarras, es decir, los dueños de las mujeres a las que seducen para luego “romperles la voluntad y los sueños”.

El segundo tiene que ver con las redes de captación, la amplitud hacia “mercancías” latinoamericanas (dominicanas y colombianas) y el surgimiento de la trata en la década del 90. Para ello se producen varios cambios significativos como la atracción hacia jóvenes o menores de edad, en lugar de mujeres maduras o la trampa del sistema de deuda, donde los montos a pagar se vuelven imposibles y crean un círculo de dependencia eterna. Por último, nuevas formas de promoción disfrazando los clubes en tanto discotecas con bebida barata, eventos temáticos u ofrecimientos sexuales como el “sorteo de un polvo con la chica que quiera” y el nacimiento de la asociación ANELA para legalizar la prostitución y difundir sus beneficios, por ejemplo, revisaciones médicas, papeles en regla para las chicas y todo tipo de normas de cuidado hacia quienes ejercen el “trabajo más antiguo del mundo”. Por supuesto, una pantalla mediática y corporativa, según afirma el “músico”, para lavar dinero, extender las deudas y fomentar una buena imagen de todos los clubes del país.

Más allá de la potencia por la crudeza del relato, hay dos momentos que llaman la atención en El proxeneta. Paso corto, mala leche. Por un lado, cuando asegura que durante los tres años que estuvo en la cárcel –de una condena de 27 por prostitución coactiva y trata de personas– descubrió que su delito no era mal visto por los presos como sí lo era la violación o el maltrato hacia los niños, incluso, se lo percibía normal. Él, por su parte, lo considera más dañino por el nivel de degradación y abuso de las mujeres. Por otro, la acentuación de un solo caso, el de Lucía. Una joven delicada con facciones tristes, reclamada por varios clientes hasta que termina cortándose las venas en el baño de un club. Su muerte parece pesar en la consciencia del ex proxeneta, en ese duelo singular entre baile sensual y recuerdo perturbador.

El rostro termina de darle identidad a una voz participante de un sistema corrupto e inescrupuloso diseñado como una maquinaria de relojería; una red sostenida directa o disimuladamente por numerosas instituciones, poderes y asociaciones para perpetuar y expandir el negocio de la explotación y la trata a nivel mundial.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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