Crítica: Memoria de la sangre (2017), de Marcelo Charras

Memoria de la sangre (Argentina – 2017)

Dirección, Guion, Producción y Montaje: Marcelo Charras / Fotografía: Santiago Troccoli / Intervienen: José Luis González, Xavier De Mahieu, Antonio Las Heras, Miguel Ávila / Duración: 90 minutos.

Sería muy fácil reducir Memoria de la sangre a su contenido más visible: la vida de Jacques de Mahieu. También sería más cómodo relegar el documental al procedimiento más discutible, la dramatización de un proceso de investigación. Sin embargo, se cometería una gran injusticia. La película de Marcelo Charras es un objeto fascinante que encierra varias capas. La primera, por supuesto, se vincula con el personaje en cuestión. “De su vida en la Argentina, solo quedan pocos rasgos” dice la voz en off que guía este viaje hacia el pasado entre las sombras de bibliotecas y archivos fílmicos diversos. A partir de la búsqueda, nos vamos enterando de quién fue Mahieu, desde su adhesión al nazismo hasta su llegada a la Argentina con Perón en el gobierno, pasando por su proscripción a partir de 1955, motivo por el cual realiza diferentes viajes por países latinoamericanos. De esa experiencia nacerá gran parte de sus tesis. Una de ellas cobra fuerza, a saber, que las culturas precolombinas tienen un origen en común con las nórdicas, trabajada en uno sus libros más famosos, Vikingos en América. De este modo, se justificaría la cantidad de leyendas indígenas que hablan de “hombres blancos con cabellera de sol”. La vida del pensador avanza según los tiempos mismos que trabaja Charras a partir de un montaje notable, capaz de encerrar el núcleo expositivo-ideológico del francés paralelamente a la puesta en escena de la misma investigación.

Y es en esta atmósfera de misterio que se teje el relato. Al principio vemos a la dupla ficcionalizada del librero y el detective. El primero le habla de mantener ciertos códigos con respecto a develar las fuentes: “Nunca se cuenta el origen de un libro”. Ese marco será fundamental, la piedra fundacional de un itinerario de paradas intrigantes donde aguardamos siempre un dato más para el asombro. La principal será en Ciudad Evita, el lugar donde vive Xavier, el hijo de Mahieu ,con su mujer. A partir de este momento, el fantasma del padre parece utilizar como vehículo el cuerpo del hijo y los testimonios de uno abren aristas impensables para comprender varias cosas. La primera gira en torno al meollo de un sistema de pensamiento cuya elegancia de enunciación no puede evadir las implicancias que genera. En palabras más concretas, estamos hablando de un adherente al partido nazi encastrado en el peronismo, no solo porque fue amigo del general sino porque estaba convencido de que el justicialismo podía ser la versión del nacional socialismo contra las corporaciones capitalistas. La superación llegaría para Mahieu en la figura de Evita, la verdadera revolucionaria, capaz de integrar estas ideas con el pueblo. Dentro de este orden de conjeturas que dejaría perplejo a más de uno, se suma la teoría de que Ciudad Evita se construyó a partir del rostro de su líder y que parte del mapa devela un saludo nazi hecho con el brazo. No es una novedad que Argentina es un crisol de mitos, idolatrías y odios, pero sí que aún continuemos sumando relatos que no hacen más que añadir aristas al teatro del dolor que es nuestra historia. Esta tensión ideológica entre lo que se muestra y se escucha la deja en evidencia Xavier de Mahieu cuando dice frente a cámara que su sueño es que el padre sea conocido como pensador, escritor y científico y que no se queden los espectadores con el hecho de haber participado en la Segunda Guerra Mundial apoyando a las potencias del Eje. El tema es cómo disociar una cosa de la otra. Memoria de la sangre es también un documental acerca de cómo un hijo debe lidiar con el fantasma paterno y de cómo un documentalista debe poner distancia frente a la moral que encierra su objeto de estudio.

Si hay un aspecto sobresaliente es que, al igual que en el Film Noir, todo se cocina entre las sombras, solo que aquí no hay solemnidad alguna en la construcción ni de quien investiga como de quien es investigado. Por eso, podemos ver al protagonista preparándose unos fideos mientras observa los videos que preparó Mahieu para la posteridad. Por otro lado, la búsqueda se despoja de todo indicio de modernidad berreta (tipos googleando o consultando por internet). Al contrario, parte de un método entrañable: internarse en librerías, perderse en bibliotecas, estar librado al azar. Los libros son protagonistas y especialmente uno que forma parte de la trama secreta que da origen al título, el último eslabón del pensamiento de Mahieu, el indicio culminante de un viaje cuya pasión, pese al tono desangelado, se contagia. Así como el mito es más fácil para movilizar a la gente, en el cine lo será para sacudir a los espectadores, quienes podrán lidiar con la historia de un hombre que, además de nazi, era un pensador libre. Y su destino no podía ser otro que la Argentina, el reino de los oxímoros.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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