Crítica: La boda (2016), de Stephan Streker

La boda / Noces (Bélgica / Pakistán / Luxemburgo / Francia – 2016)

Dirección y Guion: Stephan Streker / Producción: Michaël Goldberg, Boris Van Gils / Fotografía: Grimm Vandekerckhove / Montaje: Jerome Guiot, Mathilde Muyard / Dirección de arte: Catherine Cosme / Intérpretes: Lina El Arabi, Sébastien Houbani, Nina Kulkarni, Babak Karimi, Alice de Lencquesaing, Olivier Gourmet, Aurora Marion, Zacharie Chasseriaud, Rania Mellouli / Duración: 98 minutos.

LA NOVIA QUE QUERÍA VIVIR

Es muy difícil crear una obra que muestre la injusticia de ciertos preceptos y conductas de religiones o ideologías que uno no comparte y que, a la vez, los haga comprensibles aunque no podamos justificarlos dentro de nuestra cosmovisión. Más aún cuando esas tradiciones que no son las nuestras chocan tan flagrantemente con nuestros ideales. Sin embargo, La Boda logra su cometido.

El relato comienza en pleno conflicto. La protagonista se debate entre rehuir y poder casarse en una boda arreglada por su familia y su autonomía, su libertad de decisión, aunque ella no sepa bien qué es lo que quiere. El conflicto es familiar, en donde todos asumirán su papel fundamental en la confección de un férreo patriarcado justificado por cuestiones no sólo religiosas sino sociales.

La lucha de Zahira no podrá ser propia pues sus decisiones incluso afectan más la vida de su familia que la suya. En esa compleja trama es donde los juicios unívocos se topan con las múltiples vicisitudes del entramado de relaciones que construyen la identidad de determinados grupos. Nadie va a cambiar sus opiniones en esta materia luego de ver el filme, pero seguramente enriquecerá su visión de una cultura que, de tan ajena, puede parecernos por momentos arcaica, cuando no salvaje (y en muchos casos termina siéndolo, así como la tan mentada “cultura occidental”).

La Boda es a todas luces una tragedia en donde la ley quebrantada es clarísima aunque el deseo sólo lo es en su pureza de pulsión vital, sin necesariamente un destinatario. La protagonista se rebela ante el mundo constituido y sobreviene el caos; un caos contenido, pues ese mundo es en verdad un micromundo, un enclave musulmán dentro de un continente judeo/cristiano. Como imaginamos y para cerrar la idea de la tragedia, sobrevendrá la crisis, el castigo y la vuelta al orden, aunque sabemos que esta nunca es gratuita ni tampoco es un viaje al pasado; dejará sus secuelas (y grandes). Dos personajes se sacrificarán para que el orden sea restituido. Las consecuencias de ello debemos imaginarlas, aunque son bien claras.

Es bien claro que el filme refleja una realidad europea en donde la diversidad del choque entre culturas se resuelve muchas veces de forma violenta gracias a la incomprensión ajena, pero también propia. En última instancia, lo que más separa a los colectivos culturales producto de la inmigración es, aquí por lo menos, el hecho de que unos viven en un lugar (en su completa acepción) mientras que otros lo habitan en parte, con un pie en el presente y otro pie en el pasado, representado por su tierra natal. Nunca más refutado el refrán If you are in Rome, do as romans do (Si vas a Roma, actúa como los romanos).

Por Martín Miguel Pereira

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