Crítica: Cronofobia (2018), de Francesco Rizzi – BAFICI

Cronofobia (Suiza – 2018)

Dirección: Francesco Rizzi / Guion: Francesco Rizzi, Daniela Gambaro / Producción: Villi Hermann / Fotografía: Simon Guy Faessler / Montaje: Giuseppe Trepiccione / Arte: Georg Bringolf / Música: Zeno Gabaglio / Intérpretes: Vinicio Marchioni, Sabine Timoteo, Leonardo Nigro, Giorgia Salari, Jun Ichikawa / Duración: 93 minutos.

Una de las cosas más lindas que tienen los documentales de esta edición del Bafici, más allá de ciertos mecanismos convencionales, es que nos devuelven al mundo, a las pasiones y a los personajes que admiramos. También nos ponen en foco para que no nos sintamos tan solos a la hora de decepcionarnos con una película, sobre todo si forma parte de la competencia. Uno de ellos está consagrado a la figura de Pauline Kael. En un momento ella habla de las películas de Antonioni y le critica la repetición como recurso para subrayar una característica que ya está dada desde el comienzo en los personajes. Se puede estar de acuerdo o no, pero la manera en que lo dice y cuándo lo dice potencia su discurso. Me acordé de ese segmento luego de ver Cronofobia de Francesco Rizzi, una mala copia del universo lyncheano fusionada con una larga fila de cineastas existenciales. El carácter pretencioso y la afectación son los principales inconvenientes de este mundo críptico donde una pareja se conoce en extrañas circunstancias. Una historia simple es elevada a los cielos de la suntuosidad psicológica y contiene baches narrativos que no solo enmarañan el desarrollo sino que alejan al espectador. No se trata de elipsis, se trata de algo mal contado.

La frialdad y el despojamiento son dos mecanismos consagrados en gran parte del cine contemporáneo tendiente a la sordidez. Una imperiosa necesidad de mostrar personajes en situación de soledad o atravesando crisis de identidad parecen ser moneda corriente. Es cierto, motivos no faltan en el mundo para que los vínculos se destruyan. El problema aquí es la impericia para sostenerlo de un modo narrativo coherente, privilegiando ciertas poses fotográficas de cuerpos angustiados y apoyándose en la repetición (Kael se haría un festín), recurso que se agota rápidamente. En efecto, uno se pregunta qué necesidad hay de jugar a las adivinanzas con los protagonistas acerca de los traumas del pasado o robotizarlos con esos juegos de autómatas. Ante la falta de vida, colocamos un poema de Bukowski y añadimos solidez técnica innegable, dos señales que parecen garantizar la inclusión en los circuitos de festivales.

Michael es un tipo en una camioneta impresionante y su apariencia es la de un sicario. Entre los trabajos que hace (y que tardaremos en comprender) se toma un tiempo para espiar a Anna, una joven viuda. No sabemos el móvil, pero el contacto se produce de manera arbitraria y casi inverosímilmente la relación entre ambos avanza en un juego de secretos y sustituciones. Ella logra dormir solo en la camioneta y él conduce por las noches de Tesino. De este modo, con más confusión que claridad, se irán activando paulatinamente algunas luces sin iluminar demasiado, porque la intención de Rizzi es hablarnos de lo mal que está el mundo, de que los seres humanos son cada vez más máquinas y entonces refuerza todas las ideas (importantes) con efectos sonoros, planos cerrados y extraños angulares, para que sepamos que Suiza no es solo el país de los paisajes, los chocolates y los relojes. A este ritmo, si Rizzi se da una vuelta por Latinoamérica termina filmando el apocalipsis bíblico.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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