Crítica: Blue velvet revisited (2016), de Peter Braatz

Blue velvet revisited (Alemania / Eslovenia / Estados Unidos – 2016)

Guión, edición, fotografía y dirección: Peter Braatz / Música: Tuxedomoon, Cult With No Name, John Foxx / Duración: 86 minutos.

VIAJE A LA SEMILLA 

Horacio Quiroga fue un genio, hoy olvidado por las manías académicas que relegan el panorama para cultivar el arte de la fragmentación. Sus escritos sobre cine contienen verdaderas perlas que anticiparon varios de los escritos teóricos que poblaron revistas y libros posteriores. En 1920, antes de que la sombra de la poética autoral comenzara a levantarse, era capaz de afirmar lo siguiente: “Pero aun así, la mina no es inagotable, y el asunto del autor cinematográfico va cobrando angustiosa importancia.” Fue un visionario con respecto al poder alucinatorio y fantasmal del cine; tanto El espectro como El puritano son cuentos que trabajan sobre los poderes alucinatorios del cine combinados con las fantasmagorías de un amor prohibido por la muerte.

Es sabida la fascinación de Quiroga por lo maravilloso técnico que define, entre otras cosas, su pasión por el cine, del que hará permanentemente un culto y al que utilizará como espacio de reunión, de un tipo especial de fantasmas: las estrellas famosas que regresan a su ámbito, en busca del único sentimiento que fundamenta su existencia, a saber, el amor más allá del inexcusable paso del tiempo.

El notable trabajo documental de Peter Braatz, Blue Velvet Revisited, es, entre otras cosas, una regresión espectral al hermoso y terrible mundo de Lumberton, y su sintaxis es la de los sueños, como no podía ser de otro modo. No hay estrellas, en todo caso embriones de futuras estrellas y jóvenes viejos que regresan a nuestras mentes después de treinta años para volver a amarlos. El efecto que producen las imágenes es un puente hacia una realidad donde la convivencia entre fotos y audios, durante la filmación de la legendaria película de Lynch, hace que el tiempo adquiera características peculiares por su carácter simultáneo y su borrosidad.

Con respecto a esta idea el filósofo Jacques Derrida, en una entrevista llamada El cine y sus fantasmas, habla de la fascinación hipnótica del cine y del encuentro con los fantasmas en la sala oscura: “La experiencia cinematográfica pertenece de cabo a cabo a la espectralidad, que yo relaciono con todo lo que se puede decir del espectro en el psicoanálisis. El cine puede poner en escena esa fantasmalidad. Todo espectador, durante una función, se pone en contacto con el trabajo del inconsciente. La percepción cinematográfica es la única que puede hacer comprender por experiencia lo que es una práctica psicoanalítica: hipnosis, fascinación, identificación. El cine permite así cultivar lo que podríamos llamar “injertos” de espectralidad, inscribe rostros de fantasmas sobre una trama general, la película proyectada, que es ella misma un fantasma.”

Cuando uno se sumerge en la materia fílmica que propone Braatz (que tuvo el privilegio de acompañar a un joven director inmerso en la posibilidad de realizar su propio filme sin condicionamientos, luego del fiasco de Duna) comprueba que el armado quebradizo con los archivos que quedaron de esa experiencia, tiende a la misma lógica lyncheana cuyo sentido aparece en el montaje fragmentado y las elipsis narrativas. En este caso no vemos imágenes de Terciopelo azul, sino que recorremos sus bordes, los ecos fantasmales, como si desempolváramos una caja de fotos. Braatz realiza un maravilloso trabajo de posproducción con los materiales del arcón y su tono nunca es lastimoso por lo que se fue, sino que celebra un espíritu de independencia cuyos resultados apenas podían prever los protagonistas involucrados, incluido el propio Lynch que a veces parece ante la cámara sonriendo, contento por lo que está haciendo y esgrimiendo argumentos sobre lo que le gustaría hacer a futuro (en uno de los testimonios se refiere a los beneficios que traerá la tecnología al cine; en el año 2007 lo demostraría con Imperio).

Dentro de este espíritu de celebración, hay pequeños gestos de amor hacia la profesión como aquel que muestra al propio Lynch pegando con obsesiva prolijidad una cinta para armar el cartel de Lumberton sobre un camión. Si algo se vislumbra dentro del juego onírico maravillosamente musicalizado, es la idea de familia y con integrantes especiales, como el caso de Dennis Hooper, cuyas palabras dan cuenta de un saber diferente pero que da en el clavo cuando describe la formación pictórica y la inteligencia un director joven que tiene en claro a dónde apunta.

La cámara lúdica de Braatz no pierde de vista tampoco a la dupla protagónica ni a la increíble Isabella Rossellini. Son semblantes y voces también espectrales bajo el yugo del súper 8. El realizador alemán arma las estaciones de su viaje de manera poética y obviando el camino convencional del simple backstage. Expone los límites y los permisos de su estadía en el set de modo fragmentado, visto a la distancia, como una meditación. Y de eso se trata, a juzgar por la recepción que plantea desde la materia misma del cine, la de los sueños. Como los espectros de Quiroga nos asomamos a la sala para salvar una vez más a los seres que queremos, los que están en pantalla.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

 

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