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BAFICI: Atrás hay relámpagos (2017), de Julio Hernández Cordón

Atrás hay relámpagos (Costa Rica / México – 2017)

Dirección y Guion: Julio Hernández Cordón / Fotografía: Nicolás Wong Díaz / Producción: Amaya Izquierdo / Intérpretes: Adriana Álvarez, Natalia Arias, Francisco Matamoros, Lou Uba, Francisco Ortíz / Duración: 88 minutos.

En la película anterior de Hernández Cordón, Te prometo anarquía (2015), la promesa del título quedaba supeditada a pocos momentos de libertad donde la cámara acompañaba los recorridos de los jóvenes skaters, con la felicidad de sus rostros cuando atravesaban las nocturnas calles de la ciudad. Uno podía ver que apenas se manifestaba una curiosa observación frente a tanto discurso trillado pero era solo un amague personal. Parece advertirse una maduración en el tratamiento de la trama pero fundamentalmente de los personajes en Atrás hay relámpagos, atada a una necesidad de captar parte de la realidad costarricense mediante las historias de dos jóvenes, Sole y Ana, cuyo pacto las mantiene unidas en un destino abierto al juego, al azar y el tránsito libre frente a las reglas sociales.

El inicio del filme plantea ese aire de transgresión. Las dos chicas se divierten engañando a un guardia en el supermercado. No sabemos ni de dónde vienen ni a dónde van, no hay historias previas,  como si el presente absoluto gobernara sus corridas y sus rituales. Esta libertad de vivir en un mundo a la deriva es un motivo de felicidad, pero todo tiene un precio. Un macabro hallazgo pondrá a prueba la simbiosis que han armado con sus voluntades. En uno de los autos del jardín de la abuela se esconde un cadáver en descomposición, hecho que origina un debate moral sobre qué pasos seguir y una confrontación de puntos de vista. El fantasma de Hitchcock sobrevuela solo unos minutos en ese grotesco escenario dramático en el que los personajes dirimen acerca de qué hacer con un cuerpo, matices que Hernández Cordón trabaja con pinceladas de humor negro. Sin embargo, inmediatamente se corre de los lugares comunes. Primero, porque si bien maneja la atmósfera propicia para la tensión enseguida la contrapone con la desdramatización de la situación. Luego, a la hora de continuar el carril lógico del crimen en cuestión, elige una mirada dispersa, focalizada en las andanzas de las chicas y sus amigos, integrantes todos de una tribu urbana consagrada a mantenerse lejos de cualquier sistema de reglas impuesto. Hay en este sentido una exploración de las formas en que hablan (las dos actrices colaboraron en los diálogos) y gesticulan, de sus divertimentos, pero no es la visión fría de quien observa a la distancia. Todo lo contrario: la cámara se posiciona como uno más e intenta contagiar el impulso lúdico de sus actos, entre ellos consagrarse a los recorridos en bicicletas (por eso el quiebre se presenta cuando piensan usar uno de los autos como taxi).

Ahora bien, esta lógica por no vivir condicionados a cierta idea de educación y de trabajo (ninis los llaman en Costa Rica), excede los estratos sociales en la medida en que Sole pertenece a una familia pudiente y sin embargo decide orientar su juventud a disfrutar con sus amigos. Despojada de la posible trama policial, las imágenes están destinadas a hacernos partícipes del grupo conviviendo en el jardín, entre los autos, en una celebración eterna del tiempo libre. Es como si el mismo director renegara de los mandatos narrativos y abordara el camino de la dispersión, no por desconocimiento sino por convicción. No obstante, todo gesto humano conlleva un peligro inminente, aun aquellos que pretendan darle la espalda a una civilización enferma. Por ello, si el juego que abría la película era exitoso, hacia el final asomarán algunos nubarrones. Nadie tiene garantizada la eterna diversión. Mientras tanto, la vida sigue. Así lo demuestra el abrupto corte que clausura esta historia descentrada.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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