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Crítica: Rey (2017), de Niles Atallah

Rey (Chile / Francia / Holanda / Alemania / Qatar – 2017)
Festival de Cine de Rotterdam: Premio especial del jurado
Cinélatino, Rencontres de Toulouse: Premio de la Crítica
MDQ32: Competencia latinoamericana

Dirección y Guion: Niles Atallah / Producción: Lucie Kalmar / Fotografía: Benjamín Echazarreta / Edición: Benjamín Mirguet / Diseño de Producción: Natalia Geisse / Diseño de Sonido: Roberto Espinoza / Música: Sebastián Jatz / Intérpetes: Claudio Riveros, Rodrigo Lisboa / Duración: 90 minutos.

La fuente de la película de Atallah es histórica pero se inscribe más en el territorio de la leyenda que en las páginas oficiales. Hacia 1860, un abogado francés llamado Orllie-Antoine de Tonnens es declarado Rey de Araucanía y Patagonia por los mapuches, una empresa que a priori aparece como imposible. El carácter delirante y fantasmagórico del hecho es representado febrilmente a través de una particular puesta en escena que alterna dos niveles de enunciación. Por un lado, la reconstrucción histórica en función de las principales acciones acaecidas; por el otro, el juicio que le hacen posteriormente al protagonista por rebelarse ante las autoridades militares. Este segundo eje discursivo es el que dota al filme de un tinte particular ya que los personajes aparecen con máscaras, un recurso que no solo confirma la experiencia del realizador en las técnicas de animación y de videoarte, sino la impronta del teatro del absurdo en tanto y en cuanto apuesta a un distanciamiento reflexivo por parte del espectador. En este sentido, es interesante la resonancia del presente a partir de la lectura del pasado. No solo porque el periplo del personaje, que actualiza las discusiones territoriales en zonas fronterizas y el reclamo de tierras por parte de los nativos, sino porque el modo en que ejercen el interrogatorio los militares de esa época pueden extrapolarse a los modos dictatoriales de tiempos recientes. De esta manera, la película forma parte de las tantas ficciones históricas cuyas imágenes abren el debate para evaluar los procesos históricos y sus consecuencias en el presente. Al tocar cierta fibra sensible que compromete la evaluación de determinados comportamientos pretéritos, la indiferencia surge como respuesta lógica. “Nunca conseguí fondo alguno. La cinta fue totalmente ignorada en Chile” declaró el joven director.

Hay que reconocer el mérito en la composición de los planos, siempre más en una senda de búsqueda y de interrogantes que de certezas acerca de lo que vemos, de lo que creemos y poniendo en cuestión en todo momento la idea de fidelidad. Atallah traslada esta cuestión al plano formal y ensucia la imagen, distorsiona el sonido, para enfatizar justamente los inconvenientes que asoman cuando se pone en funcionamiento la memoria. El primer travelling  que nos aproxima lentamente al perfil del protagonista, atravesado por una cortina de niebla, nos lleva al territorio del sueño e introduce ya el registro que poco tendrá que ver exclusivamente con un seguimiento documental, mientras dice “Soy el rey del agua”. El escenario es un bosque que no disimula los efectos digitales y que pretende constituirse en un marco feérico. Es apenas un prólogo onírico que antecede a una estructura dividida en capítulos donde se verá la alternancia discursiva mencionada más arriba.

La película, que tuvo una gestación de siete años, apuesta a nuevas técnicas que confirman un estado del cine actual donde los múltiples caminos del universo audiovisual parecen desterrar progresivamente los sueños de la era fílmica. Los resultados son dispares y en todo caso lo que prevalece en la mirada de Atallah es un espíritu lúdico (no confundir con banal) que es bienvenido para contrarrestar la crónica ambiciosa que supuestamente amerita el tema elegido. En ese riesgo se juega gran parte de Rey y es su seña particular.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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