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Crítica: Zama (2017), de Lucrecia Martel

Zama (Argentina / España / Estados Unidos / Brasil / Francia / Holanda / Portugal / México – 2017)

Dirección: Lucrecia Martel / Guion: Lucrecia Martel sobre la novela homónima de Antonio di Benedetto / Fotografía: Rui Pocas / Diseño de sonido: Guido Beremblun / Montaje: Miguel Schverdfinger, Karen Harley. Dirección de arte: Renata Pinheiro / Intérpretes: Daniel Giménez Cacho, Lola Dueñas, Daniel Veronese, Rafael Spregelbud, Juan Minujin, Mariana Nunes, Nahuel Cano, Matheus Nachtergaele / Duración: 115 minutos

EL MONO EN EL REMOLINO

“Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría.
Llegué hasta el muelle viejo, esa construcción inexplicable, puesto que la ciudad y su puerto siempre estuvieron donde están, un cuarto de legua arriba.
Entreverada entre sus palos, se menea la porción de agua del río que entre ellos recae.

Con su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono.  El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó en los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.

Ahí estábamos por irnos y no”

“ZAMA” Antonio de Benedetto (1956).

Para muchos espectadores Zama no es simplemente un nuevo filme argentino, sino el reencuentro después de una larga espera con Lucrecia Martel y su cine.

Casi diez años pasaron desde el estreno de su tercera y última película La mujer sin cabeza (2008), controvertida en su recepción internacional, amada para unos, incomprendida por otros, pero sin duda alguna con el sello de su voz narrativa y la mirada única de esta directora irrepetible. Brillante en su dominio discursivo, intelectualmente profunda, estéticamente sólida y audaz en cada una de sus propuestas (La Ciénaga 1998, La niña santa 2004), trajo desde su primer filme fuertes vientos de un cine de puro lenguaje contemporáneo despegándose de todo clasicismo local.

En esta década de silencio cinematográfico, Martel pasó por tantos proyectos posibles como no realizados. Desde la potencial transposición de la gran historieta argentina “El Eternauta” de Oesterheld jamás producida, a otros varios proyectos no concluidos. Finalmente viajamos hasta arribar a las aguas de Antonio Di Benedetto y la adaptación de su novela homónima (“Zama” 1956) a través de la mirada de Martel.

Ella leyó esta novela navegando un mes y medio por el río Paraná, allá por el año 2010, y quedó embuída por la obra en un estado febril. El texto la atrapó físicamente y la empujó tiempo después a una lucha de varios años para conseguir los recursos que hicieran de esta experiencia literaria una película.

”La forma de escritura de Di Benedetto te obliga al remolino. El comienzo –el mono que gira en el remolino en el río– está en su prosa. A veces te obliga físicamente a leer una cosa, unas sentencias, y a veces sencillamente el pensamiento es espiralado. Eso que produce es como la fiebre, te modifica”

El estilo de la novela –que leí atentamente antes de ver el filme – es fuertemente instrospectivo y descriptivo. Los acontecimientos son pocos y todos atravesados por la fuerza subjetiva del narrador que desde la acción de “la espera” activa algo mayor a la aparente inacción misma, hay una suerte de reflexión existencial permanente donde cuestiona valores como la esperanza, la memoria, la pertenencia y la identidad, dejando ver al sesgo consideraciones filosóficas que anuncian la llegada de nuevos pensadores: los existencialistas de la modernidad.

El argumento podría resumirse drásticamente en pocas líneas si nos centramos en el núcleo duro del relato: Allí por el siglo XVIII Don Diego de Zama, un corregidor de la corona española, habita en tierras lejanas y extranjeras a la espera de una carta del rey que permita su traslado a España. Pero la espera es en vano y en su derrotero desesperado va perdiendo su prestigio, su autoridad y su cordura.

La osada adaptación que hace Martel de la obra habla muy bien del trabajo libre y reflexivo que implica esta tarea lejana de cánones rígidos sobre lo que cuenta la obra literaria, en términos más modernos la de no respetar necesariamente la literalidad del argumento sino ir en busca de una interpretación genuina y caminar hacia el alma de la obra, que Martel la encontró en una palabra motivacional: “la mutación de la identidad”.

El personaje en el filme pasa por “tres estadíos narrativos” sin hiatos de enlace. Martel no se preocupa porque podamos sentir el crescendo organizado hacia cada una de sus etapas. Es un viaje estético donde cada fragmento brilla por distintas razones.

Las dos primeras etapas parecen más relacionadas a un argumento más minimalista “la acción más abstracta de la espera”. En la que nuestro protagonista desde lo formal hace contrapunto con un tipo de imagen más bien obscena y cargada de elementos en un mismo plano, donde todo sucede a la vez como si no hubiera censura compositiva y todo fuera posible.

Al mismo tiempo el sonido deja una huella en cada plano: la huella que crea los climas. Expresiva y sintética, hace de cada sonoridad una descripción y a su vez una subjetivación. Un mecanismo muy representativo del universo auditivo Marteliano.

En la tercer etapa del filme hay dos aspectos distintivos: la imagen parece organizarse y dar una perspectiva pictórica de los espacios, los personajes, y los planos se hacen pintorescos, algo totalmente ajeno a lo que conocemos como su mirada vanguardista; por otra parte hay una intención argumental más cargada de acciones y situaciones a partir de que el personaje de Don Diego Zama comienza a soltar lo que lo aferra a su lugar y su espera. Es realmente diferente a los estadíos anteriores y, sin duda alguna, para nada audaz ni renovador. Sino que más bien es bello a la vista y distante en todo sentido narrativo.

Es inquietante a lo largo de toda la película la imposibilidad por parte del espectador de detectar los espacios reales, no es Paraguay como en la novela, no es solo la Mesopotamia, es Brasil pero no es, parece la selva chaqueña, pero tampoco se filmó en ese lugar. Un logro extraño e incómodo a la vez.

El trabajo de los actores es preciso y transparente en algunos casos (Daniel Giménez Cacho, Lola Dueñas, Mariana Nunes) y en otros en cambio la diferencia de tonos y estilos genera una fisura en la sinergia escénica.  El contraste del mundo pseudo hispano frente al mundo aborigen sufre desequilibrios o por exceso de textos o por una intención actoral muy distinta al resto del elenco, como el caso de Daniel Veronese como Gobernador de Buenos Aires. Zama, la cuarta obra de Lucrecia Martel, es una interesante búsqueda atravesada por 10 años de silencio, pero, no por eso es su obra más lograda. Creo que Martel ha sido la imaginaria figura a la que Di Benedetto dedica la novela: “A las víctimas de la espera”. Esperamos que filme a la brevedad.

“Lucrecia Martel viste ropas claras. Una camisa de mangas largas con los puños enrollados hasta el codo, que deja ver las manos huesudas, las muñecas finas y los brazos pecosos. Un pantalón cargo todo embarrado y botas de caucho, de caña alta. Un sombrero de paja le echa un poco de sombra en la cara, sobre los anteojos, sobre el pelo suelto, ondulado, rubión y largo. Nunca levanta la voz, pero cuando habla todos la escuchan. De a ratos prende un cigarro y fuma, soltando un humo espeso que tarda en terminar de salir de la boca y perderse en el aire. Los qom la respetan. El equipo técnico y los actores la aman. Ella se mueve en ese arco de amor y respeto con delicadeza y cuidado. Parece una exploradora del siglo XIX. O un ave rara del siglo XXI”

“El mono en el remolino” (Diario del rodaje de Zama) Selva Almada 2017.

Por Victoria Leven
@victorialeven

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