Crítica: Vrzel (2018), de Ana Trebše – Muestra de Cine Europeo

Vrzel (Eslovenia – 2018)

Dirección y guion: Ana Trebše / Producción: Darej Somen / Fotografía: Lev Predan Kowarski / Montaje: Andrej Avanzo / Vestuario: Mateja Fajt / Intérpretes: Marusa Majer, Primoz Bezjak, Miranda Trnjanin, Eva Jesenovec, Ivanka Mezan, Tamara Avgustin / Duración: 24 minutos.

CICLOS

De forma acabada y paradójica, el encuadre de la habitación deja en evidencia los estados que atraviesan los protagonistas: la proximidad y la distancia. Una mixtura que los vuelve parcos o extraños compartiendo un mismo espacio, pero, a la vez, anhelantes de cualquier contacto. Durante los minutos iniciales Klara juega con su perro mientras Jure aparece en el fondo, casi perdido. Cuando Kiki se esconde debajo de la cama sin responder a los llamados de ella, él se acerca para ayudarla. Sin darse cuenta, ambos quedan arrodillados a escasos centímetros y, al advertir la situación, se miran como redescubriéndose. Con movimientos bastante torpes se juntan hasta besarse. Un beso corto, de despedida o de falso encuentro. Entonces, cada uno retoma su puesto, como si aquel instante perteneciera a otro tiempo, a un recuerdo borroso.

Lo cierto es que la joven directora, Ana Trebše, juega con las apariencias y el tiempo. Si bien Vrzel se plantea como un diario íntimo audiovisual sobre el punto de vista de Klara, gracias a los intertítulos y los recortes de sus vivencias durante cada mes, el comienzo y final reencuentra a los protagonistas hasta el punto de trazar un círculo perfecto, tal vez demasiado, a través de las duplicaciones, sombras, suposiciones y de cierto flujo armonioso donde uno se convierte en el centro desdibujando al otro y viceversa. El ejemplo más claro es la desaparición corporal del hombre para adquirir un nuevo status mediante los cambios en el tono de voz durante las llamadas u otras maneras directas o mediadas o planteos del inconsciente de ella. Este desdoblamiento se apoya también en lo no dicho, en las acciones y en la fortaleza de las miradas. De igual modo que ambos se contemplaron hasta besarse en el living de la casa donde vivían juntos, Klara se detiene en una foto en la web o comprende cierta información sin necesidad de palabras.

Por otra parte, Trebše parece establecer una analogía entre ese recorte temporal y las diversas etapas por las que atraviesa una pareja, incluso, en un relato cuyos protagonistas se encuentran al borde de la separación. Las breves charlas, las inflexiones en los tonos de voz y la incertidumbre permiten construir una síntesis de la historia de ambos, mientras que los fragmentos del presente no hacen más que subrayar que Klara y Jure no son los mismos ni del pasado ni de abril o julio. Por el contrario, los dos transitan un estado de cambio permanente, muchas veces imperceptible. Semejante corte no sólo permite crear un contexto del vínculo, sino también anclarlo en un momento específico del año. En este sentido, el cortometraje instaura lazos con las estaciones, más específicamente, la primavera –de acuerdo al país de origen, Eslovenia–  y el otoño – su opuesto en el hemisferio sur. Dos períodos de trasformaciones plenas que abarcan la pérdida y el florecimiento como instancias indispensables para el surgimiento de un nuevo comienzo.

Si bien el desenlace responde a la lógica propuesta durante todo el cortometraje –sobre todo, con una nueva mirada que describe los acontecimientos–, éste se percibe aplacado y un tanto previsible atenuando un poco todo el trabajo anterior. Una toma de consciencia – fuerte o forzada– que mantiene la fluctuación temporal en pos del pasaje de un ciclo a otro.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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