Crítica: Una mujer, una vida (2016), de Stéphane Brizé

Una mujer, una vida / Une vie (Francia – 2016)

Dirección: Stéphane Brizé / Guion: Stéphane Brizé y Florence Vignon, sobre la novela de Guy de Maupassant / Fotografía: Antoine Héberlé / Edición: Anne Klotz / Intérpretes: Judith Chemla, Jean-Pierre Darroussin, Yolande Moreau, Swann Arlaud, Nina Meurisse / Duración: 119 minutos.

LA VIDA QUE NO HE VIVIDO

 Jeanne, habiendo terminado sus maletas, se apoya sobre la ventana pero la lluvia no cesa. La tormenta, cada noche, había sonado contra los cristales de las ventanas y los tejados. El cielo, bajo y cargado de agua, parecía pinchado, vaciándose sobre la tierra, diluyéndose como hirviente, fundiéndose como azúcar. Las ráfagas pasan, llenas de un calor pesado. El rugido de los arroyos desbordados colman las calles desiertas donde las casas como esponjas, beben la humedad que penetra en el  interior y hace sudar los muros del sótano y el granero.”

Estas son las primeras líneas de la novela Une vie (1883) de Guy de Maupassant. Primera novela de este icónico escritor francés, un inquietante texto disparador que con audacia, eficacia y emotividad Stéphane Brizé logra llevar a la pantalla grande.

Esta introducción breve, ya pone a la vista tres claves de la narración de Maupassant y de la transposición de Brizé: una mujer es el centro de todo el relato, el acto de observar funciona como un espejo del mundo interior del personaje proyectado hacia afuera, y a su vez la naturaleza es la expresión sublimada de los sentimientos del observador.

La historia nos cuenta 30 años en la vida de Jeanne, una joven francesa de fines del siglo XIX, cuando con tan solo 16 años sale del colegio pupila para volver al pueblo y a su casa familiar. Es una joven niña llena de sueños y fantasías de amor, deseos de felicidad… deseos de una libertad jamás vivida. Pero su futuro está lleno de desamor, soledad, pérdidas, ausencias y engaños. El desasosiego que la lleva a la locura, será su tormento. A pesar de esto, la historia no es trágica y apuesta a dejar una huella en la continuidad de la vida y la esperanza.

Brizé y Mauppasant comparten algunas preocupaciones esenciales sobre la existencia humana: la soledad como condición inalienable, el contexto como condicionante del sujeto y su identidad, el mecanismo de observación para revelar el alma humana y una enorme preocupación por las múltiples formas en las que el mundo emocional estalla de manera silenciosa en el interior de cada individuo.

Siendo el sexto filme del director francés, es el primero en el que una figura femenina lleva adelante el protagonismo de la narración de punta a punta.

Los textos de Mauppasant, desde sus inigualables cuentos y relatos hasta su breve novelística, fueron  reiteradamente adaptados al cine, incluyendo dos transposiciones de la novela Une vie: una en formato televisivo y otra en el encuadre de un filme. Siendo la primera novela escrita por el maestro francés y de claro corte naturalista (cuya figura literaria central de la época era Emile Zola),  no se había logrado en adaptaciones anteriores al cine, tal fidelidad y profundidad del universo de esas páginas.

Este es el gran logro destacable de Brizé que nace desde el trabajo en el guion, pues respeta con transparencia los núcleos dramáticos de la obra, como los cambios emocionales del personaje reflejando su mundo interior a través del uso del recuerdo evocado; tomando el arco de la vida de la protagonista condensados en 30 años, aun cuando entre nudo y nudo del relato se toma grandes libertades, y a la hora de construir las distintas escenas produce un efecto de fidelidad incuestionable.

El trabajo visual bello y preciso es la conjunción de dos ejes en armonía: la fotografía y la cámara. La iluminación nos recuerda a los grandes fotógrafos naturalistas de los 60, donde la luz natural parece envolver a los espacios y los personajes, desde el brillo dorado del sol veraniego enamorado, al plomizo gris de la lluvia y el frío invierno solitario. Y la cámara que elige, un formato 1.33 (o sea, casi un cuadrado), que no deja escapar a nuestra protagonista mucho más lejos de ese encuadre limitado, cerrado como su realidad que se va haciendo cada vez más asfixiante y vacía entre esos cuatro lados del cuadro cinematográfico. Ese formato clásico va acompañado de una cámara que en muchos momentos es móvil, ágil y moderna, en especial cuando Jeanne se recuerda libre, feliz, plena o sino tiende a lo estático y fijo, contrapunto de su realidad esquemática y opresiva. Pero como siempre la cámara no suelta su personaje ni un instante en todo el filme, un sello del más puro Brizé.

Una apuesta totalmente original es el uso de lo que podríamos llamar los flashbacks, que jamás sabremos si son evocaciones de pasados imaginarios, pues se ven tan idealizados y perfectos que no parecieran ser posibles, pero a la vez son tan vívidos y sensoriales que se nos pegan a la retina como si no pudiéramos dudar de su veracidad. Y Jeanne sostiene ese hilo de vida con sus memorias falsas o reales, y su hilo de vida no se corta porque alguna felicidad vivida (o no vivida) existe en su mente. Y eso es suficiente para que la muerte no nos lleve para siempre.

“En algunos días, entre tanto, un bienestar vital la penetra, volver a soñar, a confiar, a esperar; pues… ¿se puede, a pesar del rigor encarnizado de la suerte, no esperar, cuando hay bonanza? Ella avanza, avanza hacia adelante, en tanto pasan horas y horas, como fustigadas por la excitación de su alma. De tanto en tanto de pronto ella se detiene, se sienta en el borde de la ruta para reflexionar cosas tristes. ¿Por qué ella no ha sido amada como otros? ¿Por qué no ha conocido las simples alegrías de una existencia calma?”

Por Victoria Leven
@victorialeven

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