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Crítica: Un hombre perfecto (2015), de Yann Gozlan

Un hombre perfecto / Un homme idéal (Francia – 2015)

Dirección: Yann Gozlan / Guión: Yann Gozlan, Guillaume Lemans, Grégoire Vigneron / Fotografía: Antoine Roch / Edición: Grégoire Sivan / Música: Cyrille Aufort / Intérpretes: Pierre Niney, Ana Girardot, André Marcon, Valeria Cavalli, Thibault Vinçon, Marc Barbé, Sacha Mijovic / Duración: 104 minutos.

COLAPSO DE SUERTE

Un camino sinuoso, un hombre enceguecido y al borde del colapso maneja a una velocidad descomunal y la noche devora la solitaria ruta enmarcada por árboles. Esos elementos se combinan en una variación de la mirada subjetiva y la distancia de la cámara, que bien podría tratarse del estilo indirecto libre concebido por Pier Paolo Pasolini, es decir, pasajes de interferencias entre los sentimientos de un personaje y el narrador que lo enuncia en tercera persona. La aceleración de la alternancia cada vez es mayor hasta la llegada del “ansiado” clímax: un pequeño muro de piedra y la oscuridad total.

La tensión de los primeros minutos de Un hombre perfecto es una característica inherente del filme, cuyas oscilaciones rítmicas están puestas a prueba de forma constante. El espectador queda en vilo dentro del juego de la sugerencia y lo manifiesto, del entrecruzamiento entre el mundo de lo posible y el mundo de lo efectivo trazado por el director Yann Gozlan.

Uno de los ejemplos más claros se aprecia cuando Mathieu –el protagonista que aspira a convertirse en un escritor exitoso, a pesar de los rechazos de las editoriales y de trabajar en mudanzas– debe vaciar la casa de un anciano recientemente fallecido. La escena del descubrimiento del diario íntimo del veterano de la guerra argelina está plagada de incertidumbre: primero el joven se detiene en las pilas de diarios antiguos, luego en fotos –una en particular–, más tarde en los cajones y, por último, en el diario. En todo momento Gozlan propone un estado de alerta y duda, objetos que pueden ser determinantes o que carecen de valor.

Sin embargo, Gozlan abusa de su propio juego de vacilación transformándolo en algo inverosímil: la tensión queda relegada a un segundo plano y, en su lugar, prima la figura absurdamente imbatible de Mathieu, quien logra contrarrestar cada escasa complicación con pocos inconvenientes y nulos cuestionamientos del entorno pequeño y “distraído”. Los hechos victoriosos del protagonista se suceden hasta en las situaciones más insólitas, como las olvidadas muestras de ADN, y este exceso de suerte castiga la credibilidad del personaje y de la película, al punto de presentar un final contradictorio y sin sentido si se toma en cuenta que Mathieu vivió durante tres años como persona pública y famosa.

Gozlan peca de imprudente al desdibujar el interesante trabajo de la tensión y la incertidumbre para focalizarse en un protagonista invencible y exitoso a la hora de sortear pequeñas molestias. Mathieu se motivaba con una frase de Stephen King que postula la escritura de 2500 caracteres por día; el director lejos de celebrar su propio guiño lo transforma en su arma letal, sin salir airoso de él.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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