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Crítica: The first lap (2017), de Kim Dae-hwan

The first lap (Corea del Sur – 2017)
MDQFEST32: Mejor Guion

Dirección, Guion, Montaje: Kim Dae-hwan / Fotografía: Son Jin-young / Sonido: Yoon Sang-il, Na Jun-tek / Producción: Jang Woo-jin, Lee Im-gul / Intérpretes: Cho Hyun-chul , Kim Sae-byuk / Duración: 101 minutos.

Pongámoslo en estos términos: hay un veinte por ciento de películas en los festivales que tienen venas a punto de explotar, sangre, que irradian energía y euforia, que no le temen a la incorrección estética y política; luego, hay un ochenta por ciento de las otras, aquellas que se refugian en lugares seguros, que repiten fórmulas con resultados más o menos decorosos. Esta película coreana tiene cierto encanto,  pero está condenada a la segunda categoría. De hecho, sus planos fijos encapsulados y sus unidades escénicas podrían confundirse tranquilamente con cada entrega anual de Hong Sang-soo.  Los conflictos generacionales, el carácter infantil masculino y algunas decisiones en torno a los encuadres recuerdan al gran Ozu, sin embargo, la trillada máxima de personajes que “permanecen y transcurren” convierte a la película en una de las tantas historias mínimas que circulan por los festivales.

Tras una primera secuencia sencilla, intimista, donde se configuran los perfiles de los jóvenes personajes (él, de espíritu lúdico, disperso, más ligado al placer material; ella, más sensible a las presiones y los cambios) todo se concentra luego en el devenir de una pareja que termina de confirmar su crisis con la noticia de un embarazo. Los planos fijos y los encuadres presagian austeridad para concentrar el drama en detalles.

La inestabilidad emocional se traslada a la laboral. El mundo interior es un vehículo para incorporar paulatinamente el contexto social y político del país en un movimiento narrativo coreográfico que se apoya en los diálogos que sostienen los protagonistas con sus familiares.

Los traslados de la pareja hacia el universo familiar de cada uno acrecientan los inconvenientes. Los padres de la chica intentan poner su futuro en un molde de estabilidad institucional; los del muchacho no pueden resolver sus propios dilemas internos. En medio del malestar familiar, fuera de campo está el malestar político que se cuela a cuentagotas a través de aisladas referencias o de conductas individuales que trazan incomodidad (en varios segmentos los personajes parecen lidiar con imprevistos tales como objetos que se rompen, multan que encuentran pegadas en su auto, diminutas luchas privadas que podrían extrapolarse a la situación del país). Y si bien la pareja se desplaza de un lado a otro, lo que prevalece es un estatismo alarmante. El verdadero momento de gracia y de vitalidad se da cuando logran despegarse de las presiones y caminan por las calles donde se produce una protesta. Por suerte, esta hermosa secuencia parece devolverlos (nos) a la vida.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

60%
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