Crítica: Te quiero tanto que no sé (2018), de Lautaro García Candela

Te quiero tanto que no sé (Argentina – 2018)
20 BAFICI: Competencia Vanguardia y Género – Premiere mundial

Dirección y Guion: Lautaro García Candela / Director de fotografía: Héctor Ruiz Cárdenas / Sonido: Elías Giumelli / Montaje: Andrés Medina, Miguel de Zuviría / Dirección de arte: Sofía Marramá / Musica original: Franco Guareschi, Bruno Rivas / Productor: Juan Segundo Alamos, Tomás Guiñazú / Interpretes: Matías Marra, Shira Nevo, Guillermo Masse, Jazmín Carballo, Rocío Muñoz / Duración: 70 minutos.

Una película primera en la carrera de un cineasta es siempre un momento de definiciones claves. Y esta ópera prima de Lautaro García Candela es un amable acercamiento al universo cinematográfico, a su lenguaje, a sus géneros y a su particular magia hipnótica.

La trama, o al menos el acto que la dispara es tan simple como la oración que puedo redactar: Francisco busca a Paula. Así de simple.

Francisco viaja a través de la noche porteña manejando su auto y recorriendo las calles de nuestra ciudad, los personajes y las situaciones que “lo encuentran”, o que él encuentra van llenando su tiempo y su deseo en búsqueda. Así es su derrotero, como un romántico vagabundeo en el que su anhelo de hallar a la joven rubia de quien sabemos nada, no es ni más ni menos que una gran excusa para que el resto de la coreografía narrativa se despliegue.

En esta noche errática, nuestro personaje no va por la vida como el oficinista de Después de hora (Martin Scorsese, 1985) de peligro en peligro hasta que la luz del día lo encuentre hecho trizas, todo lo contrario, en su viaje no lineal quienes conoce y con quienes se engancha a compartir un momento de su viaje parecen llenarle la vida más que el mismo objetivo que enuncia estar buscando.

El variopinto mundo de la noche se hace ver en distintos submundos: los chicos que juegan al fútbol, la joven del paseo urbano en el Nacional Buenos Aires, la lata de película obtenida por azar y su extraña amiga en La Boca, el triste pibe de la estación de servicio, y ante todo y por sobre todo la música que tiñe el relato de punta a punta. Sin duda ese es el hallazgo más noble, la musicalidad incrustada en las escenas de las historias, usando las canciones como una evocación a su mismo género y al de la comedia románica.

De una manera muy fresca es que aparecen los personajes en escena con la lógica del azar y lo imprevisto, e invaden el espacio del relato con su canción. Lo más peculiar es que se imbrican en lo que sucede como si fuera totalmente natural y todos siguen el juego, el juego del juego y así sucesivamente.

Lo más acertado de los pasajes musicales es la elección del repertorio, a pura guitarra y voz en cuello, con letras de Sui Géneris, Leonardo Favio y las primeras épocas de Fito Páez, entre otros. La sensación que produce la propuesta fuera de moda es que ese tiempo de antaño es eternamente joven, lo que da una sensación liberadora la posibilidad de pensar que “nada muere” . Y es vívido tanto para el espectador de aquellos tiempos como para el veinteañero que evoca ese tiempo con un romanticismo seudo melancólico pero despojado de melodrama.

El juego de ir hacia Paula está sustentado por otra meta, la de dispersarse de ese deseo, la de tomar otro camino con estos personajes que aparecen por fragmentos en esa ruta muy contemporánea con su estilo disgresivo, donde no mandan los actos heroicos, y no hay que correr locamente por “amor”.

La película respira un aire que habla de pertenecer a un estudiante, tanto por sus homenajes al cine de ese amor juvenil que tenemos cuando estudiamos- que hasta parecen dar señales de algunos de los livianos personajes de Rohmer- como por ciertos desajustes de realización y/o actuación que son parte del mismo proceso de estar haciéndose “cineastas”.

Pero el filme es transparente y muestra lo que puede ofrecer, frescura, esa brisa de juventud post moderna y fugaz, un nuevo orden del romanticismo y mucho amor al cine.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

65%
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