Crítica: Sueño Florianópolis (2018), de Ana Katz

Sueño Florianópolis (Argentina / Brasil – 2018)

Dirección: Ana Katz / Guion: Ana Katz, Daniel Katz / Producción: Nicolás Avruj, Diego Lerman, Ana Katz, Beto Gauss, Camila Groch, Francesco Civita, Dominique Barneaud, Adrien Oumhani / Fotografía: Gustavo Biazzi / Intérpretes: Gustavo Garzón, Mercedes Morán, Andrea Beltrão, Marco Ricca / Duración: 103 minutos.

MODO VIAJE

Los viajes poseen una fuerza inquietante, un magnetismo otorgado por varias promesas: relax, alejamiento de la rutina, contacto con un paisaje diferente, tiempo libre y la suspensión temporal de los problemas cotidianos. Una suerte de paraíso fugaz para renovar energías y retornar a las obligaciones con una mirada modificada. Tantos ofrecimientos desnudan a los viajeros, quienes dejan de esconder sus características más singulares para revelarse en los vínculos con los acompañantes, en la forma de lidiar con los problemas, en la convivencia con esa realidad diversa, en el autoencuentro y en hasta dónde ceden las voluntades y deseos propios en pos de los demás. Porque pareciera que el cuerpo conocido se queda en la casa y otro se embarca en la aventura de capturar sensaciones o experiencias nuevas hasta el regreso.

Eso sucede en Sueño Florianópolis. Lucrecia y Pedro deciden irse de vacaciones con sus hijos adolescentes, a pesar de estar separados “evaluando la situación”, hacia la playa brasilera que conocieron años atrás y celebrar el cumpleaños de la mujer en familia. Si bien la intención es disfrutar del paisaje y compartirlo juntos, los recuerdos se confunden en aquellas casas de alquiler (la primera visita fugaz y luego la reservada), en el camino con charco que hay que atravesar cargados de bultos, en los cuerpos en la arena, en las cenas o en la convivencia con el dueño y demás inquilinos en una suerte de barrio cerrado. Es que ese sitio ya no existe como creían porque ellos tampoco son los mismos, más bien una alternancia entre la idealización de lo que fue tanto el matrimonio como Florianópolis con un presente dudoso entre el interés y la costumbre. Entonces, madre e hija duermen en la cama doble y los hombres en cuchetas, ellos tienen sexo frío en el baño, se divierten revolcándose en el mar, se dejan seducir por la mirada de un extraño, destacan el trabajo del otro hacia algún paciente (ambos son psicólogos) o aprovechan ese tiempo para cumplir un deseo.

Los lazos también cambian aunque de manera gradual. Desde aquella familia que, a pesar de las diferencias, compartía varios momentos y se la veía unida, como le comentan a Lucrecia una noche en el bar o las pretensiones de festejar su cumpleaños juntos hasta la vivencia individual de cada uno, en la que Florencia se deslumbra con César, Julián se va a Bombas y Bombinhas, Pedro realiza caminatas solo o se encuentra con Larisa y ella se debate entre disfrutar de la aventura con Marco y cierta angustia interna que le impide permitirse cosas. Un recorrido profundo de la mujer que la habilita a romper con la necesidad para descubrir su propio goce. O, al menos, intentarlo.

Por otra parte, se destaca la rigurosidad del nivel de detalle que trabaja Ana Katz puesto que no sólo le otorga verosimilitud y color al relato, sino que constituye la identidad argentina a través de lo minucioso o trivial, captura la esencia más pura y propone un reconocimiento en los gestos, diálogos, pensamientos y costumbres. Lo más sobresaliente es el tratamiento del portuñol y las constantes variables desde agregar el “inho/inha” para camuflar el castellano, el invento de palabras o el uso de otras de diferentes idiomas en un rico collage lingüístico pero también el robo de objetos como si fueran souvenirs (incluso en casas de hospedaje), el regateo, el termo con jugo y las reposeras para ir a la playa, las fotos a rollo (se desarrolla en 1992), la escapada a otra playa, el recorrido gasolero, las críticas a costumbres ajenas, guardar la plata en lugares insólitos (acá en vinilos), entre otros.

Al planificar una travesía, los viajeros se preocupan por una serie de cuestiones y dejan otras libradas al azar, a la espera de ese encuentro con el lugar, las tradiciones, el descanso, lo novedoso, las sensaciones y hasta con lo imprevisible. Cada uno toma prestado un estado de ánimo y se lo apropia durante el tiempo en cuestión en un recorrido de autodescubrimiento tal que hasta se permite hacer o sentir cosas que en la cotidianidad se prohíbe por el solo hecho de encontrarse en otra realidad. Los viajes brindan una libertad e independencia tan fuertes, que uno nunca retorna de la misma forma, ni siquiera cuando la promesa se acaba y se devuelve aquel estado anímico para colocarse, una vez más, la vieja carga habitual.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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