Crítica: Destrucción (2018), de Katryn Kusama

Destrucción / Destroyer (Estados Unidos – 2018)

Dirección: Karyn Kusama / Guion: Phil Hay, Matt Manfredi / Producción: Fred Berger, Phil Hay, Matt Manfredi / Música: Theodore Shapiro / Fotografía: Julie Kirkwood / Montaje: Plummy Tucker / Intérpretes: Nicole Kidman, Toby Kebbell, Tatiana Maslany, Sebastian Stan, Jade Pettyjohn, Scoot McNairy, Natalia Cordova-Buckley / Duración: 121 minutos.

Las primeras imágenes que circularon de Destrucción mostraban a una Nicole Kidman irreconocible, avejentada, con la mirada cansina y la piel agrietada, imágenes que parecían justificar de antemano su interpretación y homologaban su transformación con aquella vez que supo meterse en el cuerpo de Virgina Woolf, en la película Las horas (Stephen Daldry, 2002). Pero hablar del maquillaje de un personaje o de que tan rápido e inhumano logró un actor adelgazar o engordar antes de un rodaje no deja de ser cuestiones periféricas a la obra. En última instancia lo que hace una buena actuación es, entre muchas otras cosas, el modo en que esos rasgos faciales, los propios, los del actor, son utilizados, estén maquillados o no. En el caso puntual de esta nueva entrega de la realizadora Katryn Kusama con guion del dúo Phil Hay y Matt Manfredi, el rostro de Kidman de tan ampuloso y exagerado se vuelve más una máscara, una caricatura de una teniente mala que tras la reaparición de Silas, un antiguo criminal, se propone saldar cuentas que quedaron pendientes hace más 15 años. En ese entonces Bell se había infiltrado, junto a otro agente del FBI, en una banda delictiva integrada por un puñado de jóvenes stoners y white-thrash con sede en el desierto californiano. Silas entonces es el líder de esta pequeña fracción salida de algún capítulo de True Detective. De hecho, el ingreso ralentizado de los agentes al búnker de estos delincuentes es un calco de una escena de la serie: humo en el ambiente, camperas de cuero y de fondo una canción de Kyuss suena en lugar de una de The Melvins.

Lo que viene a hacer la protagonista es actuar como la fuerza centrípeta del filme. Ella teje y mueve los hilos, y todo lo hace sola. Destrucción ocurre en dos tiempos: uno difuso y tramposo, que ocurre en el pasado y se nos va despejando a cuentagotas, el otro ocurre en el presente, es el recorrido que toma la detective Bell para cazar a su ratón. Un recorrido tomado del policial más básico, lineal y esquemático. Así, entre recuerdos que reaparecen, el personaje de Kidman va pensado posibles personas que sepan algo del paradero de este asaltante de bancos de poca monta. Ella llega, pregunta, si no contestan se arma un conflicto de intereses que finaliza con algún tipo de favor que ella otorga, a los golpes o como última opción, a los tiros. Pero lo claro acá es que Bell nunca pierde y su temperamento iracundo y chato tampoco se va a permitir.

En una de sus entradas y salidas por uno de los flashbacks, Bell y Silas están bajo la noche, solos, frente a una fogata. Aparentemente él desconoce que sentada a su lado tiene un agente del FBI, cuando le dice serio y con la mirada fija que tiene una buena y una mala noticia y es que nadie los está mirando. La frase prefija de algún modo cómo será la venganza: individual, personal y a espaldas de la ley. Uno contra otro como en el western. Porque el personaje de Nicole Kidman, si bien guarda su placa en el bolsillo, actúa más como un bandido del desierto, que avanza tras los pasos de su enemigo de forma recta y sin ayuda. Su comportamiento inclaudicable y por momentos violento, lejos está del paradigmático Harvey Kietel de Un maldito policía (Abel Ferrara, 1992). Mientras el personaje de Abel Ferrara conseguía la redención después de asumir -epifanía mediante- su comportamiento inmoral y abusivo, Destrucción es por demás un filme que se sostiene sobre la moral y que al más mínimo corrimiento de su centro gravitatorio castiga con una vida desdichada, miserable con problemas laborales, sociales y hasta filio-maternales. Por otro lado, circula una pretensión indie de aspirar a la revitalización del cine neo-noir, tal como hizo la directora con The Invitation (2015) al proponer un terror más atmosférico. El guion, desde lo estructural craneado, trabajado y bien pulido, termina siendo también pretencioso al agregar un innecesario plot-twist final a lo David Fincher sin asumir que en el fondo es tan clásico que podría ser parte de alguna temporada de The Law and Order. Destrucción es una tragedia griega hecha y derecha donde cerca del final nos enteramos que un simple capricho, la tentación de jugar para el equipo contrario y probar las mieles de la ilegalidad por un día, fue el verdadero propulsor para este policial que como la detective Bell, pasará y quedará discretamente olvidado, estacionada dentro de un auto, bajo un puente en las afueras de una gran ciudad que no tiene nada más para ofrecerle.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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