Crítica: Spider-Man: De regreso a casa (2017), de Jon Watts

Spider-Man: De regreso a casa / Spiderman: Homecoming (Estados Unidos – 2017)

Dirección: Jon Watts / Guion: J. Goldstein, J. F. Daley, J. Watts, C. Ford, C. McKenna y E.Sommers / Fotografía: S. Totino / Edición: D. Berman y D. Lebental / IntérpretesTom Holland, Michael Keaton, Robert Downey Jr., Marisa Tomei / Duración: 133 minutos.

LA TERCERA ES LA VENCIDA

Las películas de superhéroes se han convertido en uno de los géneros más populares del nuevo siglo, tanto en cantidad de producción (aunque esta sea monopolizada por los Estados Unidos) como en cantidad de entradas vendidas –una va de la mano de la otra, obviamente-. Sin embargo, es cada vez más raro encontrar calidad en esa cantidad. John Ostrander, creador del cómic Suicide Squad, intentó una defensa ante la trasposición cinematográfica de su obra: “Mi problema es que, al menos con algunas reseñas, el crítico está cansado de los superhéroes y, abierta o discretamente, quieren que estos terminen”. Si bien es incomprobable tal acusación, tampoco se puede refutar categóricamente esas críticas negativas. Las películas están ahí, son algo concreto y nuestro papel es analizar algo de lo que se pueda demostrar en el visionado del film.

Spider-Man es un caso llamativo, pues es un superhéroe que pertenece a la aristocracia del género, a la par están solo Batman y Superman. Esto no es un juicio de valor. Para explicarlo podría decir que son los únicos superhéroes que pueden llegar a conocer mis padres, incluso mis abuelos (quizás pueda sumarse Hulk, gracias a la serie televisiva). Los demás ya entran en un segundo nivel (también hay un tercero y hasta un cuarto). Sin embargo, su aparición en la pantalla grande no llegó sino hasta el siglo XXI –hay una película de 1977 a la que hoy se considera el piloto de la serie homónima-. Los otros dos superhéroes han corrido mejor suerte: Superman (1978) es la primera superproducción cuyo antecedente podemos encontrarlo en los “seriales” del cine mudo. La aparición de Star Wars (1977) seguro que ayudó a un lanzamiento a lo grande del hombre de Krypton. El otro mojón importante, cerrando la década del ’80, lo marca la Batman de Tim Burton. Ambas dieron empuje al género (especialmente esta última) aunque los films producto de esta nueva moda fueron fallidos probablemente por no haber contado con los grandes presupuestos de aquellas, ni directores a la altura. En este batallón entran Supergirl (1984), The Toxic Avenger (1986), Dick Tracy (1990) y Captain America (1991) entre otras.

Con Batman, durante la década del ’90, aparece además el concepto del reboot. Relacionado al universo del comic (aunque fue empleado en el cine por James Bond con anterioridad), el término describe la posibilidad de un superhéroe de renovarse, de empezar de cero, como lo explica el propio término. Puede haber cambio de director, de actores, de ambos e incluso de tono e historia. Aquí es donde entra lo llamativo de Spider-Man, que tuvo dos reboots, o sea tres sagas, en apenas 15 años. Esta estrategia permite a las productoras hacer infinito lo finito, seguir explotando un personaje que muestra su temple en la taquilla película a película. Se le pueden sumar a estos los spin-off (tomar un personaje secundario de un film para hacerlo protagonista de otro). De hecho, si nos ponemos estrictos, esta entrega de Spider-Man sería un spin-off de Captain America: Civil War. Los continuos reboots que aquejaron al arácnido evidencian la imposibilidad de dar con el tono y los personajes adecuados. Sin embargo, en esta tercera saga algo cambió y para bien.

Lo más interesante de las películas de superhéroes, lo que las convierten en historias con potencia dramática y que, por ende, nos permiten empatizar con el protagonista, es su conflicto cuando aquel no es ni súper ni héroe; lo que es sin su traje, en la vida diaria. El resto es pura acción que puede estar mejor o peor coreografiada, pero eso no cambia nuestra valoración del film y el modo en que nos sumergirnos en la trama.

Cada superhéroe tiene una particularidad más allá de su traje y poderes, dada por su reverso, su vida cotidiana, aquello que no cambia más allá de las sagas y los autores que los trabajen. Superman siempre va a ser un extraterrestre que, como Clark Kent, será un aburrido y timorato periodista. Batman siempre será el multimillonario huérfano. Y Spider-Man un adolescente (también huérfano) a cargo de la Tía May. Lo que hacen los guionistas con esos elementos es la diferencia entre las Batman de Schumacher y las de Burton o Nolan, por ejemplo. Y esa es la diferencia entre las de Jon Watts, las de Raimi y Webb.

Los cambios se refieren tanto a novedades como a aspectos que finalmente están bien trabajados, y comienzan a darse en la reformulación del personaje de May. La inclusión de Marisa Tomei agrega, con su sensualidad, una buena cantidad de comic relief. Pero lo que sustenta toda la trama es la dramatización y problematización de la vida adolescente de Peter Parker. En las dos entregas anteriores, Peter sólo tenía de adolescente el vivir con su tía y el asistir a la preparatoria. Pero esto se mostraba como cáscara, como un traje tan falso como el rojo y azul. Peter no resignaba nada al tener que convertirse en Spiderman, sólo el amor de Mary Jane (Liz ahora), pero ese no era un conflicto adolescente, pues los superhéroes antes nombrados pasaron por lo mismo.

El gran acierto de Watts es haber construido con solidez el universo estudiantil de Peter. Su amigo Ned lo ancla a la inocencia y al juego, además de aportar trama sustancial. Liz no es sólo su gran amor, sino que es parte de un grupo de amistades que conforman su vida pre adulta. Su grupo de decatlón no es un relleno de la trama, ya que forma parte, con todo lo anterior, de lo que Peter debe resignar, todo aquello a lo que tiene que renunciar. Tan fuerte y tan bien está construido este aspecto que, al final, sino no podemos entender la decisión que toma el protagonista, introduciendo una elipsis sumamente original para este tipo de historias.

Hasta el physique du role del héroe es superior, Tom Holland realmente parece un niño a pesar de sus 20 años. Muy distinta a la imagen de joven adulto de Andrew Garfield (28 y 30 años al momento de rodaje) y el porte ramplón y más bien tonto de Tobby Macguire (27, 28 y 29 años). Hay muchas formas de ser adolescente y Watts eligió la más infantil y, a partir de allí, más creíble.

Como parte del universo Marvel y, desde ahora, de los Avengers, este nuevo Spider-Man crea relaciones más ricas con los demás superhéroes justamente por su diferencia con ellos, lo que implica, también, roles diferentes. El tándem Parker-Stark se vuelve sumamente cómico, cosa que no podría haber pasado anteriormente. Este nuevo Spider-Man seguramente aportará a la calidad de las próximas ediciones de Avengers y, de paso, hace justicia a uno de los superhéroes más importantes de la cultura del cómic.

Por Martín Miguel Pereira
redaccion@cineramaplus.com.ar

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