Crítica: Soy lo que quise ser (2018), de Betina Casanova y Mariana Scarone

Soy lo que quise ser. Historia de un joven de 90 (Argentina – 2018)

Dirección y Producción: Betina Casanova y Mariana Scarone / Fotografía: Ernesto Samandjian / Música: Manuel Adem, Osvaldo Belmonte / Sonido: Jerónimo Khon / Edición: Eduardo Sierra / Intervienen: Dora Baret, Manuel Antin, Pedro Ingardia, Alejandro Magnone, José A. Martínez Suárez, Fernando Martín Peña, Alejandro Sammaritano, Pablo Moret, Mario Gallino y María F. Martínez Suárez / Duración: 106 minutos.

Hay documentales que se instalan en lo que llamamos su carácter de “documento” articulándose como un testimonio necesario sobre algo o alguien. El cine tiene un nicho propio en ese ejercicio de documentar y es aquel que llamamos “el cine dentro del cine” o la auto documentación de nuestra historia cinematográfica. Festejamos que dentro del cine se haga el ejercicio de rescate de grandes figuras o de grandes momentos, y el sueño ideal sería que un día existiera un relato que abarcara una revisión completa y universal del cine dentro del cine mismo. Pero aún eso no es más que una utopía.

Cada día que pasa en el calendario sufrimos la ausencia de registros documentales de muchos de nuestros grandes cineastas y solo por nombrar dos indocumentados infiero al resto: Adolfo Aristarain o María Luisa Bemberg. Por eso mismo hoy podemos festejar que en la pantalla de una sala de cine se proyecte este documento homenaje al singular y longevo José Martínez Suarez. Este documental narrado por dos jóvenes realizadoras Betina Casanova y Mariana Scarone se propone claramente un rescate, un homenaje y una puesta en presente del pasado de este esencial director de nuestra filmografía nacional.

El “maestro” como se suele llamar aún cuando el mismo Martínez Suárez reniegue de este mote, se presenta con su galante, elegante y humorístico personaje que es parte de su multifacética personalidad. Vivaz y juvenil es el centro de la escena a cada instante, y con perspicacia juega a entregarse a este retrato documental que va develando distintos aspectos de su vida profesional y en parte personal. Él, que se autodefine como un niño cinéfilo, un colado acompañante de sus hermanas actrices “Las Legrand” en los estudios Lumiton hasta llegar a ser un técnico, un mujeriego radical, un timbero número uno, un director de cine que ha dejado piezas memorables y hasta un “guacho tierno” como él mismo dice lo definió uno de sus colaboradores en un filme. Esas aristas que el mismo Suárez disfruta como definición de su persona, la de hoy, la de ayer, la de siempre.

Hay dos claves de su historia y su presente que lo hacen distintivo, una es su pasado de docente independiente, el tipo que reunía con selección cuidada a jóvenes aspirantes a directores y les transmitía todo su saber de cineasta. El mismo que hace años preside el Festival de Cine de Mar del Plata, en el que es recibido con un fervor y una admiración que pocas veces uno ve en vivo y en directo.

Este magnético Josecito es el centro del enamoramiento que ambas realizadoras exponen en este filme. Según lo narrado por ellas fuera de cámara todo el proceso anterior al rodaje y en el rodaje in situ está conversado, compartido y decidido junto al homenajeado. Esta extrema cercanía hacia el protagónico de la narración no nos deja ver los matices más oscuros, o aquellos filones que hacen al personaje un ser no tan impoluto. Esa idea de “oda” al maestro es tal vez el lado más cuestionable de este emotivo filme.

La participación de figuras esenciales en su carrera que hoy pueden dar testimonio de su trayectoria de vida como Fernando Martin Peña el cinéfilo y coleccionista más reconocido de argentina suman muchísimo al retrato de Suárez, lo mismo que la inclusión de su hija, su nieta y el pequeño y cálido encuentro con Dora Baret son algunos de los hallazgos más disfrutables del relato.

La inclusión de una de las realizadoras en escena como si se filmara el detrás de cámara, le da una agilidad y una impronta más actualizada a este paseo por la vida del maestro. La música, ideal para este retrato, se suma al trabajo dinámico del montaje, más la composición clásica de una cámara cuidada y un adecuado uso del material de archivo.

Así este director histórico ya queda en el registro de aquellos documentos que el cine ha creado sobre si mismo, para imortalizarlo en sus palabras, recordarlo en sus obras y hacer de la memoria un ejercicio activo. Entonces “El crack” su magistral filme de los años 60 se hace otra vez un hecho en presente.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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