Crítica: Rojo (2018), de Benjamin Naishtat

Rojo (Argentina / Bélgica / Brasil / Alemania / Francia / Suiza – 2018)

Dirección y Guion: Benjamin Naishtat / Montaje: Andrés Quaranta / Música: Vincent van Warmerdam / Producción: Barbara Sarasola-Day, Federico Eibuszyc / Intérpretes: Dario Grandinetti, Andrea Frigerio, Alfredo Castro, Diego Cremonesi, Raymond E. Lee / Duración: 109 minutos.

MOSTRAR EL TRUCO

A simple vista no es más que una casa común, de grandes dimensiones y aparentemente abandonada pero deja al descubierto un modus operandi: la complicidad social. Una connivencia silenciosa, aceptada, expuesta en diversos grados de violencia tanto privada como pública, exacerbada en la superficialidad de algunos comportamientos y en la manipulación del “deber ser”. La primera escena de la película lo demuestra con un desfile continuo de personas que saquean la propiedad: un señor con tapado, sombrero, zapatos y bastón que camina despacio con un reloj en brazos; una joven lleva bolsas con lo que parece ropa infantil; dos hombres cargan un televisor; una mujer con abrigo y bufanda abraza un espejo y otra señora mayor arrastra una carretilla con diversos objetos y le sonríe a un transeúnte que mira atónito la situación. Éste, una vez solo, se acerca a la puerta, la abre, echa un vistazo adentro y se va. Segundos después retoma sus pasos y, como el resto, ingresa al lugar.

El nivel de agudeza colaborativa se sostiene gracias a la confianza, es decir, a la permanente construcción de pactos tácitos entre los miembros de la comunidad que habilitan el entrecruzamiento de barreras de toda índole para conseguir beneficios propios o justificar actos como los vecinos que irrumpen en la casa bajo la excusa de curosear, los arreglos por fuera de la ley, el sermón que humilla a un desconocido, los secretos familiares o la pasividad frente a las cada vez más usuales ausencias de personas, entre otros. Además, los acuerdos se afianzan mediante las miradas desinteresadas del pueblo que actúan con indiferencia, por ejemplo, con los llamados procedimientos, mantienen las actividades extras como tenis o salidas sociales para satisfacer el status y prolongan la idea del “ya pasó, no fue nada” como sucede después del exabrupto del restaurante o saber y ocultar información.

Benjamín Naishtat articula esos aspectos con un despliegue de los ámbitos privados y públicos para crear una atmósfera cargada de detalles, alusiones, simbolismos, mensajes entre líneas y, en ocasiones, una abundancia de subtemas que dificulta su tratamiento en profundidad. Desde lo íntimo trabaja las cuestiones de pareja y los vínculos familiares como pilares de esa vida social. Por un lado, Claudio y Susana como un matrimonio consolidado, común y de renombre pero en el que se omiten algunas cuestiones; por otro, Paula, la hija de ambos, y Santiago como pareja joven que simula estabilidad pero donde ambos se desconocen. Él se muestra posesivo y apurado por mantener relaciones sexuales, mientras que ella es más reticente y se vincula con el arte, nexo que el joven no puede aprehender. La familia Morán no hace más que cumplir con lo que se espera de ella: comidas afuera, actividades sociales, invitaciones al hogar que redoblan la superficialidad, viajes, etc.

En cambio, lo público abarca la totalidad de Rojo porque tiene que ver con el desarrollo del comportamiento social previo a la dictadura militar ya sea en algunos barrios (acá Granada, el desierto y Río Seco), en el gobierno encarnado en el interventor provincial que destraba un problema internacional con unos vaqueros norteamericanos, critica a un periodista que busca incomodarlo y asiste a la función de danza de una escuela, en la oficina particular de abogado de Claudio con sus dos clientes y hasta en la cultura desglosada en la fiesta popular con ganado y baile, la preparación de la muestra de danza o en la exposición en el museo. Incluso, el director añade dos micro-referencias importantes para la construcción del pensamiento colectivo como lo es la iglesia –a la que una madre asiste para que la ayuden a localizar al hijo– y la mención de las bellas artes y su estudio como algo errado, problemático y clandestino. Todo esto abordado desde dos perspectivas: una más inocente al comienzo y otra con una violencia recrudecida desde el eclipse.

Por último, el director pone especial atención a lo discursivo abordándolo desde diferentes capas. Los diálogos que exaltan lo omitido y lo superfluo, los rumores que intensifican el clima apático, los anuncios de la época como el de Bonafide que refuerzan la individualidad nacional, lo lúdico como el juego TEG que advierte la llegada de la dictadura, la elección de “La cautiva” como obra a representar mediante el movimiento y los gestos en lugar de la palabra, los animales disecados tapados en el museo que se descubren mientras se cuenta una desdicha, el desierto como espacio de sacrificio, el acto de magia como aviso del futuro pero también como pasividad social o la acentuación del fortalecimiento de los lazos con Estados Unidos a través de los vaqueros o de los medios. Un trabajo fino que termina de revelar el encubrimiento directo o furtivo, los beneficios propios, la ceguera del renombre y los silencios que gritan verdades en paredes, objetos rotos y fotos con rostros casi irreconocibles. “¿Quién va a creer que un tercero es el dueño de la casa?”–le pregunta a su aparente amigo–. “¿Quién va a creer lo contario?”.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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