Crítica: Halloween (2018), de David Gordon Green

Halloween (Estados Unidos – 2018)

Dirección: David Gordon Green / Guion: David Gordon Green, Danny McBride, Jeff Fradley / Producción: Malek Akkad, Bill Block, Jason Blum / Producción Ejecutiva: John Carpenter, Jamie Lee Curtis, Zanne Devine, Ryan Freimann, David Gordon Green, Danny McBride, David Thwaites / Música: Cody Carpenter, John Carpenter, Daniel A. Davies / Fotografía: Michael Simmonds / Montaje: Timothy Alverson / Intérpretes: Jamie Lee Curtis, Judy Greer, Andi Matichak, James Jude Courtney, Rhian Rees, Nick Castle, Virginia Gardner / Duración: 106 minutos.

Pasaron cuarenta años, diez películas, nueve directores y aún así, todavía hay alguien que se quedó con ganas de jugar un rato más en la vereda. Michael Myers, ese mal omnipotente pero humano que nació con destino de saga en 1978; regresa a Haddonfield, al barrio que lo vio matar por primera vez como si nada hubiese ocurrido. Dirigida por David Gordon Green y respaldada por la producción de John Carpenter (como para que no se note tanto el olor a refrito) ésta nueva entrega podría resumirse con la secuencia de los títulos introductorios. La calabaza hueca, que en la original se iba acercando lentamente hasta ocupar la mitad de la pantalla, ahora es un inflable que va recuperando de a poco su forma a fuerza de aire, de vacío, de nada, para iluminarse por dentro una vez más. La película pareciera decirnos que ésta vez -ésta onceava vez- sí que es en serio, que estamos ante la verdadera secuela de Halloween. ¿Cómo? Reinaugurando el festín sanguinario del psicópata con el asesinato a sangre fría de dos periodistas recién arribados al pueblo con todas las teorías habidas y por haber bien aprendidas. Descartadas las conjeturas y eliminados los curiosos, Myers vuelve ponerse su máscara de látex blanca y su mameluco de obrero de la muerte para entregar nuevamente su plusvalía en favor de la inmortalidad de la franquicia.

La relación que mantiene el filme con la original versa entre el respeto y el engolosinamiento con -signo de estos tiempos- la nostalgia. No solo volvemos a transitar las calles de Haddonfield con la icónica melodía del piano de fondo, sino también estamos ante escenas, en especial, planos que son prácticamente calcos, eso sí, coloreados con bastante rojo. La sangre no se escatima, se derrocha, lo que produce que el gore y el sadismo gratuito obturen cualquier tipo de gradualismo en cuanto a suspenso. Y si hay algo que diferenció a Halloween de, por ejemplo, La masacre de Texas, fue la creación de atmósferas tensas y esa insinuación constante de que Myers podía estar parado en el jardín delantero de la casa y en el próximo plano, pegado contra la ventana, quieto, como un autómata pronto a activarse. Más allá de esa elección por sumergir parte de la historia en hemoglobina y compensada con ligeras dosis de humor, la ilusoria cercanía con el clásico de los setenta no sería posible sin la reaparición de Jamie Lee Curtis, o la así llamada reina del grito, como Laurie Strode. La ex niñera, convertida en heroína de la saga por el simple hecho de haber sobrevivido a la masacre de aquel 30 de octubre de 1978, lo cual, no es poca cosa, vuelve en forma de abuela, con las canas al aire y una paranoia que le valió además de una exagerada pérdida de dinero entregada a la industria armamentista y una relación disfuncional con su hija.

Hacia el final y en sintonía con la coyuntura actual, el mítico psycho killer encontrará en las tres generaciones de mujeres Strode un contrincante digno con el cual finalizar su caprichosa cacería. Si bien, será su sangre la que quede fresca sobre el filo del cuchillo, esto no quita que siga inquebrantable como siempre. Inquebrantable y por supuesto, mudo. Este último elemento creo que es lo más misterioso de Myers como personaje. Esa extraña afasia duplicada en esa máscara inexpresiva redunda la eliminación de toda humanidad en él, aunque tampoco permite acercarlo a la figura del zombie. Tenemos alguien vivo, con pulmones, que respira y grita si es lastimado El peor de todos. Alguien para el cual el asesinato es un lenguaje, tal vez, su única forma de expresión.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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