Crítica: Ramiro (2017), de Manuel Mozos – Semana De Cine Portugués

Ramiro (Portugal – 2017)
MDQFest32: Competencia Internacional

Dirección: Manuel Mozos / Guion: Mariana Ricardo, Telmo Churro / Fotografía: João Ribeiro / Montaje: Pedro Filipe Marques / Arte: Artur Pinheiro / Sonido: Miguel Martins / Producción: Luís Urbano, Sandro Aguilar / Intérpretes: António Mortágua, Madalena Almeida, Fernanda Neves, Vitor Correia, Sofia Marques / Duración: 104 minutos.

Hay historias trágicas que no necesariamente  conducen a la fatalidad. Dicen que la procesión va por dentro y esto es lo que le ocurre a Ramiro, grandiosamente interpretado por Antonio Mortágua. El protagonista es un poeta que tiene su librería en Lisboa. Los libros ya no se venden prácticamente y sus ideas tampoco aparecen. Es un tipo desaliñado que apenas esboza una sonrisa de vez en cuando y se mueve en un entorno oscuro, perfectamente iluminado para connotar su soledad. Mozos no hace de esto un drama, en todo caso repite la fórmula de gran parte del cine contemporáneo que retrata personajes envueltos en universos urbanos con problemas existenciales, es decir, mueve parsimoniosamente la cámara, toma distancia, capta silencios e inserta pequeñas pinceladas de humor. La música que abre y cierra la película instala un horizonte de expectativas más cercano al gag que a exacerbar un tono solemne. Por ello, se percibe un carril paralelo por donde los gestos y los silencios dilatados habilitan el campo para la comedia.

Lo cotidiano se estira como chicle y los detalles hacen avanzar una trama sin sobresaltos. Cuando Ramiro se involucra en la vida de una joven embarazada cuyo padre está preso y de su abuela, su rutina se altera levemente. Al mismo tiempo, parecen ser las musas que necesita para reactivar la escritura. La ciudad apenas se filtra y los espacios son aquellos que la tarjeta postal evade: pequeñas ferias, calles de barrio y bares simpáticos. La vivacidad de los mismos contrasta con la opresiva ambientación en interiores, momentos en que todo discurre melancólicamente, ya sea a través de la soledad del protagonista, como los intentos de los otros por recuperar afectos dañados.

Ramiro no se relaja, no disfruta. Su refugio es la librería y por allí transitan los personajes, a veces espantados por su malhumor. Pese a todo, la curiosidad que siente por el padre de la joven lo devuelve a la vida. Este ha matado a su esposa. Acierta Mozos en no desarrollar ningún aspecto moralizante en torno al caso y solo circunscribirse a dejar que cada uno verbalice su estado existencial. Su forma de enfrentar la desgracia es ayudando a la vida aunque sea torpemente (acompaña a la joven en su proceso de parto y le regala una curiosa cuna de madera, más cercana a un ataúd).

La película se sostiene en su rigurosa puesta en escena, sin embargo, la excesiva duración atenta contra aquellos momentos en los cuales los personajes ganan terreno con ajustada calidez. La mirada contemplativa es concordante con los tiempos del protagonista, con el letargo crítico del estancamiento en el que está inmerso, no obstante, también hay lugar para cierto regodeo formal en la pose que trasuntan algunos encuadres, más forzados que vitales. Pese al pesimismo reinante, el otro costado de la balanza se encuentra en la gracia del protagonista, a quien se consagra el título.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

*Publicada originalmente dentro de la cobertura Mar del Plata 2017

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