Crítica: ¿Quién mató a los puppets? (2018), de Brian Henson

¿Quién mató a los puppets? / The Happytime Murders (Estados Unidos – 2018) 

Dirección: Brian Henson / Guion: Todd Berger / Producción: Melissa McCarthy, Ben Falcone, Brian Henson / Música: Christopher Lennertz / Fotografía: Mitchell Amundsen / Montaje: Brian Scott Olds / Diseño de producción: Chris L. Spellman / Intérpretes: Melissa McCarthy, Elizabeth Banks, Maya Rudolph, Leslie David Baker, Joel McHale, Cynthy Wu / Duración: 91 minutos

EXUBERANCIA DE FELPA

Como si se tratara de una propaganda de los años 40 o 50 de las virtudes del sueño americano, las primeras imágenes de la película intercalan variados momentos cotidianos y transitorios de la supuesta convivencia armónica de los ciudadanos hasta que la lente se afina y la voz en off destruye cualquier ilusión: “la gente de Los Ángeles tiene algo en común que los aúna y es que no son puppets”. Entonces, las mismas escenas de paseos en auto, salidas luego de la escuela, cruces de calle, parejas o la circulación peatonal exhiben que el entrecruzamiento de zapatos de cuero y felpa ya no  se sostiene en la idolatría o ternura, sino en una guerra silenciosa cargada de aislamiento, separación y partes de tela desgarradas. Las marionetas terminan despojadas de su inocencia para encarnar los aspectos más nocivos en un cóctel de favores sexuales, violencia, escatología, caídas en desgracia y excesos de droga azucarada.

En medio de ese universo polarizado se produce un asesinato múltiple en un local de producción y venta de contenido pornográfico. Uno de los cuerpos mutilados pertenece a Mr. Bumblypant, miembro del exitoso show televisivo The Happytime Gang y conocido del ex policía devenido en detective privado Phil Phillps, quien se encontraba en el lugar siguiendo la pista de un caso. A partir del crimen, el pasado empieza a acecharlo con la aparición de su antigua compañera Connie Edwards, situaciones replicadas, fantasmas internos, recuerdos de las salidas con los integrantes de la banda durante el esplendor del programa e indagaciones personales acerca de las muertes a gran escala dentro de las sombras de la ley.

El director Brian Henson se mueve en una reconfiguración del cine negro con guiños y alusiones a personajes emblemáticos, gestos distintivos y filmes clásicos que se combinan con grandes niveles de irreverencia, humor adulto, dosis de sexo salvaje, fluidos, violencia y droga; un combo que si bien tiende a desafiar los límites, desaprovecha la ruptura de esquemas que propone, limita a los personajes humanos y convierte varias veces al sexo en vulgaridad. El encuentro en la oficina de Phillips tiene dos momentos que ejemplifican los extremos: al principio juega el ardor de los cuerpos de tela con lo prohibido y la ironía de una imparable eyaculación emulando a El exorcista; luego, la insistencia de una nueva descarga alrededor del estudio, la mujer apoyada en el vidrio de la puerta, la secretaria junto a los policías sin saber qué hacer hasta que la mujer se va, los hombres ingresan y se topan con los resabios de un prolífico goce.

Si bien existen ciertas reminicencias a ¿Quién engañó a Roger Rabbit? ya que en ambos casos cohabitan humanos con personajes de otras materialidades cuestionados por los primeros y un homicidio fomenta la interacción entre un investigador y una marioneta/caricatura, los tonos, los mundos y las maneras de habitarlos difieren en gran medida. Principalmente porque la película de 1988 utiliza matices sugestivos y se distinguen con claridad los personajes “buenos” y “malos”, mientras que en la actual todo es explícito, exagerado, obsceno en ocasiones y los personajes son ambiguos dentro de un universo corrompido, violento y cínico.

En segundo lugar ¿Quién mató a los puppets? postula un espacio común habitado por los variopintos ciudadanos, cuya línea divisoria resulta imaginaria y hasta de rango social, mientras que en la anterior coexisten Los Ángeles, Toontown y el pasaje constante entre un mundo y el otro. De esta manera, se subraya una separación inherente a cada especie que se difumina cuando suceden hechos importantes en cada lugar. Por último, Henson postula numerosas muertes de títeres y Robert Zemeckis se focaliza en fallecimientos humanos, más allá de que pueda ocurrir la de algún dibujo.

Del sueño americano ligero, armónico y adecuado a los excesos más desorbitantes de encuentros entre personas y marionetas o felpas entre sí, lenguaje obsceno, homicidios en masa de un antiguo éxito comercial y droga no tolerable para el común de los mortales. Los cócteles tientan pero también embriagan, sobre todo, en cantidades violetas, azucaradas, lascivas y de salpicaduras de relleno por doquier.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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