Crítica: Polina (2016), de Angelin Preljocaj y Valérie Müller

Polina (Polina, danser sa vie, Francia-2016)

Dirección: Angelin Preljocaj y Valérie Müller / Guion: Valérie Müller, según el cómic de Bastien Vivés / Fotografía: Georges Lechaptois / Elenco: Anastasia Shevtsova, Niels Schneider, Juliette Binoche / Duración: 108 minutos

“No quiero ver bailar a una linda bailarina, quiero ver bailar a Polina”. La petición intenta llevar al extremo tanto los sentimientos como las habilidades de la joven rusa para provocar rupturas en la forma de concebir y desarrollar la danza pero, por el contrario, no hace más que acentuar el gran inconveniente de la película: la construcción del personaje principal.

Polina se esfuerza desde la infancia para pertenecer al cuerpo del baile de Bolshoi y, cuando logra ingresar, se da cuenta de que no es lo que ella quería. Entonces se va a París con su novio y descubre la danza contemporánea, práctica que se encuentra en las antípodas del entrenamiento de toda su vida.

Si bien el guión del coreógrafo Aneglin Preljocaj –también director de Polina, danser sa vie– y su esposa Valéry Müller, busca resaltar la vida y los sacrificios de la bailarina desde la danza más que desde lo propiamente narrativo, dicha concepción pierde solidez no porque la protagonista modifique su manera de ver el mundo, sino porque carece de verosimilitud.

En una de las escenas de la niñez, Polina improvisa en un bosque nevado –un lugar que no sólo evidencia la fuerte conexión con su propia esencia, sino que se torna metáfora de sí misma– y parecería que esa libertad contenida durante los ensayos de ballet fuera el germen de su pasión posterior por la danza contemporánea.

No obstante, la joven no termina de desprenderse de la técnica rigurosa o de la falta de emoción cuando realiza las coreografías, ni siquiera después de uno de sus quiebres internos o de los pedidos de los profesores que conoce durante su travesía. Polina, entonces, realiza una danza que implica sensaciones, fluidez e improvisación manteniéndose distante, rígida y, se supone, libre. En contrapartida, se desarrolla un gran trabajo en el registro de la danza, sobre todo, en algunos planos detalle de las zapatillas de ballet o despliegues coreográficos.

“No quiero ver bailar a una linda bailarina, quiero ver bailar a Polina”, le dice Juliette Binoche, pero tanto su pedido como el breve papel que realiza se desdibujan en una improvisación forzada y en una libertad aparente cubiertas por una capa de nieve protectora.

Por Brenda Caletti
@117brenn

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