Crítica: No viajaré escondida, el mito de Blanca Luz Brum (2017), de Pablo Zubizarreta

No viajaré escondida: El mito de Blanca Luz Brum (Argentina / Uruguay – 2017)

Dirección: Pablo Zubizarreta / Guion: Pablo Zubizarreta y Juan Pablo Young / Fotografía: Martín Sapia, Enrique Sorkin, Pablo Zubizarreta / Dirección de Arte: Julio Suárez / Sonido: Fabián Olivier / Montaje: Fernando Vega / Música: Pata Kramer / Producción: Maximiliano Dubois, Benjamín Avila, Lorena Muñoz / Elenco: Valeria de Luque, Mercedes Morán (narración en off) / Duración:112 minutos.

El mito es un espejo donde el espíritu humano se observa con una mirada que cala hasta los huesos”. Con esta frase sin autor reconocible y sobre la pantalla negra comienza el documental. El acto de narrar en esta propuesta documental está centrado en organizar el relato alrededor de un mito, con la intención de reconstruir la historia de un sujeto mítico, de un alguien que nos es desconocida, o sea el mito de una incógnita total: Blanca Luz Brum. Y desde allí parte este viaje en el tiempo que es a la vez el rearmado de un mito y la revelación de una figura anónima.

¿Cómo alguien puede ser un mito si ni siquiera sabemos de su existencia?: “Un mito es, simplemente, un espejo de aumento en donde el espíritu humano, como tal, se observa con una mirada que cala hasta los huesos de su propia estructura; es el develador, el presentador, el mediador del espíritu ante sí mismo, aquello que le permite advertir que su estructura interna coincide con la externa y no es más que una con ella”. Este es el texto completo de autor no identificado para enmarcar la frase inicial del filme que por algo elige este texto para reflexionar sobre la percepción emocional de lo que queda mitificado.

La Real Academia Española define como mito en una de sus acepciones “historia ficticia o personaje literario o artístico que encarna algún aspecto universal de la condición humana”. ¿Qué encarnará el mito de Blanca Luz Brum? ¿Que simboliza esta mujer enigmática?

Un mito es algo que perdura en la memoria de los pueblos, de eso no hay más que pruebas históricas en todas las culturas. El tópico esencial y su vez el paradojal atractivo del filme sobre Blanca Luz Brum es que la percepción mitificada de la misma es radicalmente opuesta entre dos testigos que la recuerdan de aquellos viejos tiempos . Uno la citará como “la genial vanguardista de las letras y la política” y en su opuesto habitan las voces que la llaman “la mitómana que no ha hecho mucho más que ser la mujer de otros al menos por unas horas” (para escribirlo con delicadeza).

¿A quién descubriremos al final del camino? ¿A una mentirosa, al colchón de Latinoamérica, a una engañadora, a una femme fatale, a una madre devota, a una periodista aguerrida, a una poetisa sensible, a una audaz artista plástica, a una militante radical de izquierda, a una pinochetista férrea, a una amante y una esposa, a una burquesa, a una rica o a una luchadora proletaria?. A una Latinoamericanista o a una eterna Europeizada, a una Peronista a muerte y a una Pinochetista férrea, a una sincericida y a una mitómana. A todas juntas, a algunas si y a otras no, o a todas un poco al mismo tiempo. A la que seguramente podemos espiar por el recuadro de la pantalla es a Blanca Brum, el zelig femenino de la historia secreta Argentina.

Este es el segundo largometraje documental del realizador Pablo Zubizarreta, que en este caso se zambulle en la búsqueda minuciosa de un mito escondido, justamente en el de alguien que “escondida” no deseaba pasar por este mundo. La película comienza con una llamada telefónica en off que funciona como parte del contrapunto entre lo “verdadero” y lo “falso” que va a aparecer en gran parte de la narración como juego dialéctico con la gran ausente.

Entre lo comprobable y lo intangible entra esta llamada telefónica en la que Zubizarreta habla con alguien (no importa quién) que afirma sin duda alguna lo que Blanca Luz fue “son puras mentiras inventadas, quieren hacer célebre a su mamá, como cambió de tantos hombres si estuvo con Siqueiros, si estuvo con Perón o con el gerente de la Panamerican, si es que usted piensa escribir un libro sobre Blanca Luz Brum y cita a esa familia, el libro se acabó. Blanca Luz es una mierdita, está usted perdiendo el tiempo haciendo una película sobre ese personaje”.

En oposición a esa voz, el mismo director comienza el relato vertebral que busca reconstruir esa figura del pasado “Blanca luz poeta, pintora, periodista, revolucionaria” y así una serie de imágenes fotográficas acompañan sus afirmaciones, imágenes que funcionan como vestigios de una realidad lejana, casi tangible, casi existente.

La voz narradora del director se enlaza a lo largo de toda la película con la de una imaginaria Blanca encarnada en audio por Mercedes Morán, que va leyendo sus textos autobiográficos, presentados en una serie fragmentos de diarios y similares, hechos todos de sus intentos por escribir una biografía completa sobre su vida. Obra a que nunca concluyó.

El relato avanza sobre la vida de Blanca casi con milimétrica cronología desde su infancia inquieta y vivaz a su adolescencia con aspiraciones de salir de aquel pueblo donde se había criado de niña. Así la línea temporal de su vida hasta su muerte traza el camino de quienes intervienen para sumar reflexiones, datos históricos más o menos constatables, opiniones personales y hasta impresiones afectivas sobre Blanca.

Así desfilan desde historiadores, a escritores, artistas , biógrafos conocidos, o conocidos de conocidos, y hasta su propia hija. Todos dando una puntada para hilvanar la trama de la vida de Blanca que parece haber vivido de manera intensa y controversial, sin medias tintas, haciendo sonar sus pasos, aún cuando la historia pareciera querer ocultarla muchas veces.

Fue cuestionada, fue presa, casada y divorciada, amante de grandes y esposa de otros, madre de hijos perdidos por la tragedia y hasta referente de algunos hombres de grandes nombres.

El rompecabezas está hecho de material de archivo fotográfico diverso, entrevistas yuxtapuestas, imágenes que recrean en la penumbra escenas imaginarias de una Blanca Luz fantaseada por el director apenas sugerida entre las sombras. Y las voces en off, la del alter ego de Blanca que suena bucólica o aguerrida junto a la voz cálida del director que con un aire romántico evoca a esa figura que le ha quitado el sueño, esa que lo hace pensar si realmente es posible saber quiénes somos, quienes fuimos y qué dejamos en la memoria de nuestro fantasma que habita aún cuando ya no estamos aquí. Pero ante todo en el mito que construimos sobre la vida los otros, esos otros que también somos un poco nosotros.

Y así seguimos persistiendo en Blanca, un poco, como en todos los mitos.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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