Crítica: Marilyn (2018), de Martín Rodríguez Redondo

Marilyn (Argentina / Chile – 2018)

Dirección: Martín Rodríguez Redondo / Guion: Martín Rodríguez Redondo, Mariana Docampo, Mara Pescio / Fotografía: Guillermo Saposnik / Montaje: Felipe Gálvez / Producción: Paula Zyngierman, Martín Rodríguez Redondo, Giancarlo Nasi / Intérpretes: Walter Rodríguez, Catalina Saavedra, Germán de Silva, Ignacio Giménez, Rodolfo García Werner, Andrew Bargsted, Josefina Paredes, Germán Baudino / Duración: 80 minutos.

Este encuentro es “un cara a cara” con el cine nuevo, algo que funciona sin duda como un un motor para los amantes del cine novel, del cine auténtico, del cine puro, del lenguaje en estado creativo.

Marilyn es la ópera prima de Martín Rodríguez Redondo, realizador argentino que da sus primeros pasos en este largometraje de ficción inspirado en una historia real. Vale aclarar que la historia que disparó el filme transcurrió allá por el 2009 en un pueblo cercano a La Plata, y no agrego más datos de contexto periodístico para que en primera instancia nos acerquemos a esta obra sin lecturas previas, sin contrastar los datos reales como si ver el filme fuera chequear el guion con un test. El relato es lo suficientemente solvente para que se convoque al espectador a ver la obra libre de otros pliegos, evitando realizar comparaciones entre los hechos verídicos casi de corte forense con la libertad interpretativa del autor. Pues a la hora de narrar según su perspectiva personal esta historia que lo atrapó, lo envolvió y lo llevó a plasmar un relato va mucho más allá de una serie de hechos reales recopilados en varias notas de un diario.

La historia, que parece breve para describirla pero no menos elaborada para construirla, es la de Marcos, un adolescente que vive con su familia en un pueblo de campo. Es una familia de puesteros instalados en un mundo pequeño, cerrado, conservador y opresivo. Un patrón dominante, un pueblo endogámico y las vidas de todos que parecen discurrir casi como predestinadas para no salirse de ese sistema.

El filme trata sobre la íntima búsqueda de identidad sexual de nuestro protagonista, una misión tan personal e interior que solo la vamos develando progresivamente en algunas escenas con pequeños detalles. Marcos en relación a su madre y al universo de lo llamado “femenino”, la costura, la estética de la mujer o al menos la idea de ello. Marcos y su lugar del hijo que estudia y que parece tener más capacidad para eso que para las rudas tareas del campo. Marcos y su amiga, una joven de su edad con la que deambulan en una motito un poco como pares, sin que de ello se hable y menos aún que Marcos haga de ese vínculo un lugar de confidencias para sus preocupaciones de género.

Por el contrario, su búsqueda identitaria es algo que fluye en todo el filme por debajo de las escenas como un agua que corre intensa pero no siempre visible.

Existen escenas de apuesta más directa como cuando vemos la secuencia del carnaval donde aparece un Marcos envuelto en maquillaje y ropas de mujer deseando ser mirado, elegido o aprobado en el universo de su pueblo oclusivo.

Pero el filme lejos está de ser una película de “salida del closet”, ya que parece más preocupada por proponernos una pregunta más amplia que por darnos una respuesta cerrada sobre la sexualidad como definición del hombre. La piedra fundamental es el interrogante sobre la construcción del camino para la búsqueda por la identidad, en todo el sentido de la palabra, excediendo a esto el tema de la sexualidad como único revés de la trama. La condición de la película como filme sobre la identidad de género es genuina, no es falso el recurso dramático ni el tema está impostado, pero a su vez funciona como una metáfora sobre una identidad total del sujeto, y cómo esta definición puede ser perturbadora para el sistema social.

Ser uno”, “ser diferente a otros”… sea esa diferencia radical por la razón que sea de género o de ideas distintas, la preocupación subtextual en el filme es por una identidad que al emerger no pueda encontrar lugar en el sistema, o no modificar el funcionamiento de la maquinaria social para existir. Esto puede ser un hecho crítico y extremo, algo que el sistema buscará oprimir hasta eliminar o atomizar. Donde también el sujeto de la identidad podría buscar la autodestrucción o destruir a los opresores.

La sociedad que describe el guion de Marilyn es opresiva y rígida, vemos como todo funciona con la dialéctica del amo y el esclavo, leyes que se deben obedecer y son acatadas sin cuestionamiento. Por eso mismo Marcos, sus preguntas y su conflicto laten de manera interna, asfixiados en el pecho del personaje como una bomba a punto de estallar, pero aún así se somete a los mandatos del sistema porque no parece haber otra salida.

Los planteos vinculares en el filme se definen con pequeños y precisos trazos ya desde el guion hasta las actuaciones que cristalizan con la dosis de expresividad necesaria el registro emocional de los personajes. La relación entre el padre de Marcos y su apoyo a ciertas facetas de su hijo como el estudio frente al trabajo de campo o detalles de ese tenor entre ambos son claves para la trama total. La relación entre Marcos y su madre, compleja, ambivalente, y ante todo determinada por el sometimiento ya que es ella la que enarbola la bandera del castigo y la sanción hacia esa identidad que Marcos trata de poner en actos. Es oscura y monstruosa la carga maternal que pone a Marcos que va desde el lugar de la hija mujer que nunca tuvo a la del hijo marginado y no reconocido.

Es muy inquietante la relación entre el hermano de Marcos y la madre, un vínculo en el que pareciera asomar cierta cercanía incestuosa. En un plano breve pero no menos eficaz los vemos reírse juntos mirando la televisión tirados en una cama matrimonial mientras comen a la par, como un acto de complicidad, intimidad y pertenencia que nos incomoda hasta los huesos.

Todo el filme está medido con austeridad pero no menos belleza. El director nos deja observar el mundo visto desde el punto de vista de Marcos, filtrado por su mirada pero sin recargar en ello una sobre expresividad externa o un tipo imágenes muy explícitas o redundantes haciendo del campo y del fuera de campo un trabajo narrativo muy cuidado plano a plano.

Es una ópera prima de impronta Bressoniana en muchos aspectos, casi documental en algunas de sus formas, medida en su expresividad actoral, con una cámara que no danza en preciosismos y con primeros planos cargados de silencios narrativos y de pensamientos no dichos. Un hallazgo narrativo, auténtico cine de autor con un final de contundencia radical.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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