Crítica: No quiero dormir solo (2006), de Tsai Ming-Liang

Nuestro puntaje

9/10

No quiero dormir solo / Hei yan quan (Taiwan / Francia / Austria – 2006)

Dirección y guión: Tsai Ming-liang / Producción: Bruno Persery y Vincent Wang / Fotografía: Liao Pen-jung / Montaje: Chen Sheng-chang / Dirección artística: Lee Tian-jue y Gan Siong-king / Vestuario: Sun Huei-mei / Intérpretes: Lee Kang-sheng (Hsiao-kang), Chen Siang-chyi (Shiang-chyi), Norman Bin Atun (Rawang) / Duración: 118 minutos

El desembarco en Mar del Plata de un film de Tsai Ming-Liang es un autentico acontecimiento cinematográfico, ya que él es uno de los realizadores más respetados de la actualidad. A lo largo de quince años Ming-Liang ha logrado desarrollar un estilo y una trayectoria sorprendentes. No quiero dormir solo, su más reciente realización, es una obra que está a la altura de sus pergaminos y de sus obsesiones.

El filme se inicia mostrando a un hombre en estado de coma en la cama de un hospital, para luego presentarnos al protagonista Hsiao Kang, justo segundos antes de ser atacado por un grupo de malayos. Hsiao Kang, un hombre de origen chino es recogido inconsciente en la calle por otros inmigrantes ilegales de Bangladesh.

A lo largo de la primera hora de película veremos alternativamente los distintos cuidados que recibirán el hombre en coma y Hsiao-kang quien es atendido por Rawang, otro hombre, con quien comparte un colchón mugriento. En más de un momentos se generará tensión erótica entre ambos.

Pero es en la segunda hora cuando Tsai Ming Liang aparece en estado de gracia. La naturaleza se vuelve contra el hombre, esta vez no en forma de lluvia sino como un extraño gas tóxico (es antológica la escena de sexo tosiendo por efecto del gas) y delinearán los vértices de un triángulo pasional que puede llevar a la muerte.

Claro que no todo es sexo, persecución xenófoba, gas tóxico, enfermos y suciedad. El universo de Tsai Ming-Liang está lleno de ludicidad, los espacios toman formas laberínticas y misteriosas llenas de escaleras que comunican o llevan a la perdición. Además la fotografía en este como en todos los filmes de Tsai Ming Liang no solo aporta belleza (la escena de Hsiao-kang “pescando” en una obra en construcción debe ser de las más plásticas de la filmografía del cineasta) sino que además define estados de ánimo y aporta a la fluidez de la narración.

En definitiva, luego de marcar el clima del relato llevando su habitual minimalismo al paroxismo, Tsai Ming-Liang irrumpe en todo su esplendor como el autor referencial que es. No quiero dormir solo es una gran obra de un gran autor, cine en su máxima expresión.

Fausto Nicolás Balbi
fausto@cineramaplus.com.ar

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