Crítica: Mi obra maestra (2018), de Gastón Duprat

Mi obra maestra (Argentina / España – 2018)

Dirección y Guion: Gastón Duprat / Producción: Mariano Cohn, Jaume Roures, Fernando Sokolowicz / Música: Alejandro Kauderer, Emilio Kauderer / Fotografía: Rodrigo Pulpeiro / Montaje: Anabella Lattanzio / Diseño de producción: Cristina Nigro / Intérpretes: Guillermo Francella, Luis Brandoni, Raúl Arévalo, Andrea Frigerio / Duración: 100 minutos.

VEO ¿VEO?

Las obras no son representaciones de la realidad, ni deben ser entendidas así; por el contrario, los espectadores se vinculan con ellas a través de las sensaciones. Para lograr ese lazo es necesario dedicarles unos minutos a la pura observación. Prueben ahora. La inmensidad de las montañas jujeñas en contraste con la pequeña sombra del individuo que las mira desaparece de la totalidad de la pantalla y, en su lugar, se presentan una serie de planos detalle de la misma pintura que enfatizan las formas, las materialidades, el uso de los colores, los trazos y los supuestos sentimientos provocados por la cámara subjetiva. El espectador dentro y fuera de la pantalla queda sujeto a las palabras de la voz en off femenina, al cuadro y hasta a los tiempos contemplativos estipulados para luego toparse con la guía, los visitantes del museo y las obras de Renzo Nervi hasta que se muestra al siguiente narrador: su galerista y amigo personal Arturo Silva.

En este primer pasaje se percibe la oscilación constante de Mi obra maestra entre cierto afán por cuestionar el mundo del arte contemporáneo a través de los diferentes actores sociales como las instituciones, los directivos, los compradores, las obras, los artistas, las modas, los críticos, entre otros, y la lealtad entre dos amigos que sobrepasa los límites ético-morales. De hecho, se amalgaman tanto que el título refiere a esa dicotomía: el pronombre “mi” da cuenta de la constitución de Nervi como figura emblemática de los 80 debido tanto a las condiciones artísticas como al apoyo otorgado por el galerista en una reconversión del antiguo mecenas así como también la revalorización de sus trabajos en el mercado internacional.

Si bien Gastón Duprat (en este caso dirige en solitario y Mariano Cohn es productor) trabaja fuertemente el nexo entre ambos y hasta propone algunas acciones inesperadas o íntimas, sobre todo, durante la internación del pintor tras el accidente; no acierta en el tratamiento irónico o de problematización respecto al universo artístico porque en lugar de exponer la superficialidad existente –que sí logra mostrando el alza de los precios, las repentinas muestras internacionales o el afiche de la vía pública con la imagen del multimillonario que “apuesta” al arte– apela a un tono didáctico y estereotipado que aumenta a medida que transcurre el metraje. No sólo la contemplación de la pintura al inicio es arbitraria, sino también los fragamentos seleccionados para mostrar en detalle, la guía que explica cómo debe ser el encuentro entre espectador y obra, el tiempo en que se observan esos recortes y hasta pareciera que las sensaciones particulares de cada individuo.

Claramente, los directores y el público aceptan un pacto implícito en el cual los primeros constituyen los filmes desde su punto de vista y guían a los segundos desde las lógicas narrativas, estéticas y de montaje pero el exceso de lugares comunes convalidados y matices explicativos interfiere con las intenciones satíricas, las mostraciones de la banalidad o de las propias “estafas” que plantea la película. Cuando Nervi pinta el encargo para el empresario, la cámara se sitúa frente al hombre resaltando la mirada del artista hacia su lienzo, la del galerista hacia el proceso creador y los espectadores quedan supeditados a las percepciones de ellos, mientras que al ser sorprendido por Alex la audiencia advierte los trazos sobre un rostro sin rasgos faciales, como si ésta estuviera a la espera de esa guía audiovisual que indique cómo situarse  frente a cada gesto artístico.

Más aún, los personajes refuerzan dicha característica volviéndose, por momentos, monigotes de sí mismos y hasta proponen conversaciones asimétricas que minimizan al compañero de turno. Por ejemplo, cuando huraño pintor describe las supuestas cualidades de los artistas; Silva adivina las profesiones de la gente en el parque por el aspecto, da cátedra sobre las nuevas tendencias o utiliza la obsoleta frase “el artista sólo se expresa a través de su obra”; el crítico visto como un hipster  pedante que sabe más que el resto y no acepta comentarios desfavorables o, incluso, Alex presentado como un honesto inquebrantable que averigua todo y un hippie europeo que considera al hombre como mito viviente. En contrapartida, resultan interesantes los guiños hacia otros artistas de la época o contemporáneos gracias a la alusión o puesta en escena de las obras.

Frente a la nobleza de la amistad, el arte se manifiesta como algo trivial, sin sentido y oscuro determinado por el mercado, los snobs, aquellos que saben adaptarse a las tendencias, los que no saben por qué pintan o explican demasiado para parecer intelectuales y, en último lugar, por quienes son fieles a sí mismos. La obra maestra parece adoptar todas y cada una de estas cuestiones en una mixtura plagada de reconfiguraciones, denuncias, frivolidades, supuestos entendedores de todos los ámbitos y universalidades sin importar cuántos minutos uno se detenga a explorar, si pasa de largo por varias obras, si identifica o no la mirada del autor, si siente algo frente a aquello que contempla o qué recortes elige para detenerse. Veo, veo, ¿qué ves?

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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