Crítica: ¡Madre! (2017), de Darren Aronofsky

¡Madre! / Mother! (Estados Unidos – 2017)

Guion y dirección: Darren Aronofsky / Fotografía: Matthew Libatique / Edición: Andrew Weisblum / Intérpretes: Jennifer Lawrence, Javier Bardem, Ed Harris, Michelle Pfeiffer, Brian y Domhnall Gleeson / Duración: 121 minutos

EL ARTE DE LA ARROGANCIA

Hay cineastas chantas con talento  con los cuales uno va y viene (Lars Von Trier), otros chantas sin talento con los que uno no se amiga nunca (González Iñarritu) y una tercera clase de chantas que calificarían como arrogantes. Darren Aronofsky es uno de ellos, un tipo que más allá de un par de títulos rescatables como Pi o El luchador, se cree siempre por encima de todo lo que filma. ¡Mother! es una ensalada de, por lo menos, diez clásicos de terror con unos bocadillos buñuelescos mal horneados. La asfixiante historia, especie de materialización de esas pesadillas donde uno padece la intrusión de personas a la propia intimidad, se sostiene solo por breves lapsos ante la desmedida voluntad del director por llevar el argumento a terrenos carentes de verosimilitud y someter a una mujer a la tortura infinita. Seguimiento con cámara pegada a la protagonista como para que sepamos que el tipo está presente siempre y una serie de recursos efectistas que saturan a la media hora, son algunos de los adornos ofrecidos.

Toda la primera mitad ya confirma la intención de acumular tópicos recurrentes. El primero que se manifiesta es el del síndrome del escritor ante la página en blanco. El personaje de Bardem (qué feos le sientan estos papeles) parece abrumado pese al idílico lugar que habita junto a su joven mujer (Jennifer Lawrence) dado que no logra plasmar una línea creativa. Luego, el tema de la invasión a la privacidad domina la atención a partir de la llegada de Ed Harris y Michelle Pfeiffer, una excéntrica pareja, dos viejitos simpáticos ante nuestros ojos que encarnan todo lo reprimido en el matrimonio anfitrión. Una vez que se exhibe el juego dramático, el resto es una progresiva cadena de elementos disparatados cuya resolución confirma que Aronofsky nunca supo cerrar la historia y se regodea en el sufrimiento ajeno (señal que había que captar en El cisne negro, otro cocoliche tortuoso) sin un ápice de autenticidad. Lo suyo es la pose capaz de encuadrar con parsimoniosa belleza la situación más desagradable que pueda haber pero desde un lugar falaz.

Como si fuera poco, como si no bastara desperdiciar un ejercicio de género bañado de ampulosidad, incurre en el terreno de la alegoría de manera tan arbitraria que hay un momento en que uno no sabe si reír o putear. La última media hora utiliza la acumulación sin asco, con la mayor dosis de sensacionalismo. Allí surge el otro tópico, caído como un aerolito: el precio de la fama y sus consecuencias. La casa tomada del matrimonio deviene en un infierno dantesco que no tiene retorno del disparate (aclaremos: una cosa es un festival cinéfilo, libre, desprejuiciado, atrevido, políticamente incorrecto y otra cosa esta mediocre fotocopia mal hecha; la diferencia entre Aronofsky y los otros es que éste invita todo el tiempo a las metáforas). A esta altura, la exasperación se cura levantándose o con un calmante. Pocas veces preferí la luz del día antes que la oscuridad de la sala.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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