Crítica: Los Reyes (2018), de Bettina Perut y Iván Osnovikoff

Los Reyes (Chile / Alemania – 2018)
*Disponible gratuitamente hasta el 16 de septiembre en todo latinoamérica en el marco del Festival Frontera Sur.

Dirección y Montaje: Bettina Perut, Iván Osnovikoff / Producción Ejecutiva: Maite Alberdi, Dirk Manthey / Fotografía y Cámara: Pablo Valdés / Sonido Directo: Iván Osnovikoff / Diseño Sonoro: Jannis Grossmann / Duración: 78 minutos.

“Los reyes” del título no son los monarcas de un imperio real lleno de personajes palaciegos, son dos entrañables perros callejeros que habitan en un homónimo parque netamente urbano de Santiago de Chile.

Este documental observacional focaliza su punto de vista de manera innegociable en los hábitos de estos dos canes enormes, de color azabache y actitud pacífica, que reinan en ese espacio determinada por una gran pista de skate y por lo tanto los skaters serán esos personajes que siempre están circulando fuera de campo, a los que escucharemos dialogar a lo largo de todo el documental sin ver de cerca sus rostros.

El orden del relato está determinado por discurrir de los días, la mañana, el sol, la caída de la tarde, la noche y así sucesivamente, como capturando la cronología de una cotidianidad. La lluvia que irrumpe en la historia como un obstáculo, un cambio de circunstancia, hasta un momento de esos donde algo de inquietud por esos animales solitarios nos rodea, aunque el filme no haga hincapié en la idea de lo desolador de sus vidas.

Por el contrario la película acentúa, a través del contenido de los diálogos en off, que lo desolador, lo errático y lo conflictivo está en la vida de esos jóvenes que hablan como fantasmas alrededor de los planos de Los reyes.

Tal vez el documental quiera trazar interpretaciones en este paralelismo de vidas, humanas y animales, pero el hilo queda abierto y la mirada de cada espectador podrá hacer sus asociaciones personales, no precisamente forzadas por el narrador.

Los planos generales de la ciudad nocturna o diurna que se abre lejana e imponente alrededor marcan la idea de esa urbe inmensa que rodea al parque. Hormigón y luces.

Volviendo a los reyes de este mundo pequeño, la dinámica del juego como forma de comunicación y como orden de sus vidas se repite una y otra vez. Si hay un objeto dramático que cobra un valor singular en cada escena es la pelota. La pelota desgastada, la pelota nueva, la pelota de tenis, la pelota como lazo que une a esos dos animales una y otra vez.

Parecen dos espectadores del mundo de los humanos que los rodean. Los vemos allí echados observar, y una intención de metaforizar las miradas de estos dos perros protagónicos queda flotando como posible intención del duo de realizadores. Miran, con sus ojos brillantes y cansinos… nos miran.

El pliegue del final es atractivo, porque le otorga múltiples significados al resto del filme. Ese ritual social, ese momento distinto de la rutina de las ciudades se une con el reflejo de los reyes en el parque que parecen escuchar lo que se murmura en una noche singular.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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