Crítica: Vitalina Varela (2019), de Pedro Costa – Semana de Cine Portugués

Vitalina Varela (Portigal – 2019)

Dirección: Pedro Costa / Guion: Pedro Costa, Vitalina Varela / Fotografía: Leonardo Simöes / Edición: Joäo Dias, Vitor Carvalho / Sonido: Hugo Leitäo / Intérpretes: Vitalina Varela, Ventura / Duración: 124 minutos.

Pedro Costa es el realizador portugués que podríamos definir como uno de los más potentes formalistas del cine contemporáneo. En este filme continúa lo que ya había comenzado su proyecto anterior (Cavalo dinheiro -2014), ahora volcado de manera radical a la historia de Vitalina Varela, una mujer que desde Cabo Verde viaja a Lisboa para volver a ver a su fallecido marido, cuarenta años después. En esa casa que alguna vez fue construida para los dos como un proyecto de vida y hoy es un espacio precario y fantasmal, Vitalina recorre el territorio de la muerte y de su pasado. A través de esas paredes, esos cuartos, esas ventanas, de todo lo que ya no está más, de la ausencia que deja lo que ha muerto, lo que ha muerto hace tres días y lo que ha muerto hace años atrás: el amor, su hombre y su hogar.

Esta historia de trabajadores proletarios inmersos en la miseria y soportando día a día las más básicas carencias retrata a través de los ojos de Vitalina una realidad social y actual. Es por lo tanto una panorámica sociológica construida a través de los primeros planos y la evasión del realismo en el registro visual y la composición sonora. Esta construcción no realista se aleja de toda impronta de la hiper realidad para poetizar este espacio y este tiempo con una imagen pictorialista y una narrativa metafórica.

Desde las sombras más profundas surgen las figuras, así adivinamos a esos hombres de pieles negras enmarcados por la negrura absoluta de un espacio apenas intuido. Es como si se hubiera eternizado una noche de absoluta penumbra, creando una hondura de tal nivel que los objetos y los rostros son más apariciones que presencias. No es un filme de terror, pero desde lo negro de la muerte se atisban solo algunas partes de las cosas, rasgaduras de formas humanas o materiales que atrapamos en medio de una inmensa oscuridad. Por momentos los espacios se aprecian abstractos y hasta parecen distópicos e irreales, donde solo emergen a la luz algunas líneas que dibujan lugares extraños. La poesía se invierte, la vida surge desde la ausencia de luz, desde allí nacen estos seres que deambulan en la oscuridad. Y el relato se constituye tan bello y sublime como pesadillezco. Este tratamiento que constituye a Pedro Costa en un artista plástico de la imagen cinematográfica va de la mano del trabajo excelso de Leonardo Simöes, su Director de Fotografía.

Por otro lado está la fuerza actoral y la potencia del personaje, es a cada plano en el que vemos a Vitalina con su pañuelo negro y sus ropas lúgubres que van deambulando su letanía mientras se funde con el espacio. El blanco de sus ojazos nos indica la emocionalidad en todo momento, en cada reflexión y cada silencio. Vitalina Varela compone al personaje que lleva su nombre con una expresividad sutil pero arrasadora. No son solo sus profundas miradas, sino la forma y el color de su voz, esa voz que habla para sí, esa voz que dialoga imaginariamente con su marido muerto, con el cura del pueblo, con otro indigente que visita su casa. Esa voz profunda que nos revela la vida que ha llevado y los fantasmas que aún la acechan.

La casa funciona como una metáfora de la fallida pareja y de la estructura social que la contiene, o que no la contiene si de desprotección material se trata. Esa casa que parece caerse a pedazos pero de la que Vitalina ya no se quiere ir, porque ha llegado allí para exorcizar la muerte. Y si, seguramente lo va a lograr y la oscuridad deje de ser su única compañera.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

*Publicada originalmente dentro de la cobertura Mar del Plata 2019

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